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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Energía y transporte para usar biodiversidad

El grupo armado en alguna zona donde trabajamos con organizaciones sociales nos autorizó movilizar frutos de palma en la noche, obvio, avisando de dónde salimos, adónde vamos, lo mismo que el carro, el conductor y otros detalles. Nosotros hemos tenido toda suerte de experiencias con el manejo del fruto: que si la cosecha se da en la época esperada, que si las ‘heladas’ matan la floración, que si los incendios se meten a la ‘mata de monte’, que las pepas sólo se pueden bajar en la madrugada para evitar que la temperatura las ‘oxide’ (es decir que se pudran); que si sacamos pepa, la llevamos en cajones para evitar su deterioro en el viaje; y finalmente, como no tenemos cuarto frío cercano, ni energía para montarlo, nos toca llevar el material hasta donde aparece el soñado cuarto, que es a varias horas de camino desde las zonas de recolección. Por eso, para mitigar los daños de fruta con el calor del día, transportamos la fruta en la noche.

Toda esta odisea es apenas una pequeña parte del reto de genera alternativas económicas en las zonas remotas donde la deforestación y el conflicto usando la biodiversidad de nuestros bosques. Las zonas más cercanas a los centros de mercado, donde hay disponibilidad de energía, maquinaria de transformación, conectividad digital y la institucionalidad de la maraña burocrática, son las que menor oferta de productos del bosque tienen donde solo quedan algunos fragmentos de bosque degradados. Por ello, las zonas de producción hoy se encuentran en los bordes de la frontera agropecuaria, donde hay abundancia de material pero con serias limitaciones de transporte y energía. Largos trayectos, ya sea por trocha o por río, hay que recorrer para llegar a las zonas de producción, en donde los costos de movilidad son enormes, muchas veces inflados por la economía cocalera, minera o del acaparador de tierras.

Para quien moviliza entre 100 y 200 bovinos en un remolcador o en planchones, o saca entre 100 a 150 gramos de oro al día, moverse en los ríos con un precio del combustible que puede estar en un 50 a 100 por ciento más costoso dependiendo de la distancia, puede no ser un inconveniente. Pero, para un pequeño colono o una asociación campesina local, sí es un problema, y muy serio. Por eso, cuando hay cadenas productivas donde le recogen el producto al campesino en la puerta —o puerto— de la finca (en el caso de la leche, la base de coca o el ganado), eso lo hace tremendamente atractivo, y a pesar de que le deja un margen de rentabilidad pequeño, es algo seguro, totalmente diferente a la terrible incertidumbre de mover el producto por ríos y trochas para luego buscar mercado, o en el mejor de los casos llegar a una planta de transformación o acopio.

Igual, cuando el mercado viene de la ciudad al campo, como es el caso del ecoturismo, la movilidad y la energía vuelven a ser un punto crítico: aun los sitios con mayor demanda de visitantes tienen hoy restricciones y condiciones precarias de conectividad terrestre, fluvial, aérea y digital. El mercado nacional y mundial de visitantes exige hoy un estándar de movilidad y conexión que no se logra en la mayoría de sitios con atractivos que el mercado está demandando. El caso de los Parques Nacionales es un perfecto ejemplo del potencial y demanda insatisfecha de una economía que podría ser motor regional, inclusión social y rentabilidad para uno de los activos más importantes de un país aun sin desarrollar para el beneficio local y nacional en estas zonas de la periferia. Reto enorme para los planificadores de la inversión pública, el sector privado y las organizaciones locales que ya piden pista con sus diferentes iniciativas, las cuales, a pesar de las limitaciones, han logrado posicionar muchas regiones del territorio en contra del escepticismo de muchos. Mavicure, Jirijirimo, Cerro Azul, Angosturas, son ejemplos extremos de la demanda mundial de turismo por sitios en increíble estado de conservación y comunidades organizadas.

Uno de los éxitos más importantes de la colonización —armada y campesina— del piedemonte entre el Caguán y La Macarena, fue precisamente la disposición de una enorme red de vías, bien mantenidas, que conectaban tanques de frío por todo el territorio. Recuerdo muy bien cómo hace 20 años, en el interior del Parque Tinigua, en el extremo de las trochas se instalaban tanques de frío, unos sostenidos con paneles solares, otros con plantas eléctricas y, otros, colgados de la red que venía de San Vicente. Un tremendo desarrollo de ganadería doble propósito se logró, incluyendo el manejo de la cadena de frío, el manejo de cercas eléctricas, el mejoramiento genético del ganado y la articulación con el mercado nacional de quesos, leche y carne. Independientemente del terrible costo ambiental que esto ha conllevado, visto desde una perspectiva de la planificación territorial y el desarrollo agropecuario este ejemplo es, probablemente, el mayor éxito de colonización planificada que tiene esta zona del país, y del cual, tristemente, el Estado colombiano poco ha aprendido.

¿Será posible entonces construir y mantener buenas vías terciarias y llevar energía asequible adonde el ordenamiento territorial y la zonificación ambiental lo permiten —incluyendo las vías forestales al interior de la reserva— para promover desarrollos económicos que permitan cerrar la brecha de las economías ilícitas, y cambiar la tendencia de degradación forestal y deforestación? ¿Podremos pasar a ofrecer alternativas sostenibles (usando los criterios de la Ley de Infraestructura Verde) de transporte fluvial, terrestre y aéreo, así como energía de bajo costo para incentivar el uso de la biodiversidad como fuente de desarrollo económico para comunidades locales?

Seguiremos soñando, mientras continuamos con la cosecha de frutos del bosque.

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