
Alguna vez una profesora que admiraba nos hizo una pregunta que parecía sencilla: “¿qué es un héroe?”. Escribí un ensayo de varias páginas en el que caí en todos los lugares comunes haciendo una extensa argumentación de lo obvio. Hablé de las causas nobles, del valor y otras virtudes, de la defensa de los más débiles, del triunfo del bien sobre el mal. La profesora devolvió todos los ensayos del curso con calificaciones tan mediocres como los contenidos, y cerró la sesión dándonos una lección: un héroe es aquel que cambia la historia.
Abelardo de la Espriella exige posesionarse en una guarnición militar para honrar a “los verdaderos héroes de la patria”. Más allá del debate sobre la militarización del poder, los dilemas constitucionales o el costo de movilizar al Congreso fuera de Bogotá para este show de tintes autoritarios, vale la pena cuestionar la efectividad de las Fuerzas Armadas en el conflicto. Deja mucho que desear un ejército que, en más de 70 años y con presupuestos colosales, jamás logró derrotar a su enemigo. Además, resulta profundamente patriarcal hablar de “los héroes” cuando han sido las mujeres quienes históricamente han sostenido a las familias, la economía, la memoria histórica y la búsqueda de justicia.
Creo que este es un buen momento para releer el libro de Diego Otero Prada Gastos de la guerra en Colombia: 179.000 millones de dólares perdidos, publicado por Indepaz en 2016. En esta investigación se analizan los gastos en Defensa y Seguridad (es decir, lo invertido en las Fuerzas Militares, así como en las dependencias relacionadas con la seguridad ciudadana) desde 1964 hasta 2016. El texto demuestra que Colombia ha estado en los primeros lugares de los países con mayor gasto en seguridad sin conseguirla. Durante varios años destinamos el 3,8 por ciento del PIB a la máquina de guerra y, aun así, liderábamos también en crímenes por cada 100.000 habitantes: asesinatos de periodistas, líderes sociales y ambientales, defensores de derechos humanos y activistas de izquierda, además de masacres y violaciones a los derechos humanos.
Durante 52 años se invirtieron 179.000 millones de dólares, una suma exorbitante, solo para terminar perdiendo. Y cuando el autor habla de perder, no se refiere solo a la guerra, sino a la posibilidad de haber destinado todo ese esfuerzo e inversión a otros rubros más constructivos para todos los colombianos, como educación, salud pública, infraestructura, ciencia o desarrollo tecnológico.
Es difícil imaginar cuánto son 179.000 millones de dólares, pero el libro de Otero Prada lo explica claramente en sus conclusiones: Colombia gastó un 70 por ciento más en Defensa y Seguridad de lo invertido por el Plan Marshall para reconstruir 18 países de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Por eso, dice el autor, “es insensato pensar en que el conflicto debe continuar”. Es igual de insensato volver a atizarlo ahora.
Si hubiéramos invertido todos esos millones de manera diferente, hoy tendríamos otro país. Más aún, si se hubiera destinado lo pactado para implementar los Acuerdos de Paz de La Habana firmados en 2016. El conflicto colombiano no se resuelve con más bala.
Abelardo de la Espriella promete honrar en una guarnición a “los héroes de la patria”, pero no debemos olvidar que entre el 80 por ciento y el 90 por ciento de los soldados rasos provienen de estratos 1 y 2, lo cual oculta una realidad incómoda: hay más precariedad que patriotismo. Cuando la única opción de subsistencia es la guerra, no puede hablarse de una decisión libre. Esos jóvenes campesinos, indígenas y afros pagan con mutilaciones, trauma mental o con la vida un conflicto que perpetúa su propia precariedad.
La guerra contra los insurgentes, los contrainsurgentes y el narcotráfico no se ganó en el pasado y no se ganará tampoco ahora. Al menos no usando las mismas estrategias militares que ya se usaron de manera fallida por 70 años. Solo habrá más jóvenes con secuelas físicas y mentales, separados de su entorno y dejando mujeres solas que se verán en la obligación de levantar a sus hijos sin ningún tipo de apoyo familiar o estatal.
De acuerdo con las cifras que manejan la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV), la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y Dejusticia, alrededor del 90 por ciento de las víctimas directas de homicidio y desaparición forzada en Colombia son hombres, con lo cual más del 80 por ciento de las mujeres se convierten en víctimas indirectas que enfrentan solas la jefatura del hogar, la crianza de los hijos y el sostén económico de sus familias.
Más del 50 por ciento de las personas desplazadas en Colombia son mujeres y siguen adelante. El 92,6 por ciento de las víctimas de violencia sexual en el conflicto son mujeres, niñas y adolescentes; pese a las secuelas, no se rinden. El 44 por ciento de las mujeres que lideraron y dieron testimonio para el esclarecimiento de la verdad sufrieron amenazas, persecución o estigmatización para silenciar su labor, pero persisten. El 64 por ciento de las iniciativas comunitarias de memoria, tejido social y reparación simbólica han sido impulsadas por mujeres; no se permiten el olvido. Ellas lideran el 58 por ciento de los procesos de retorno a tierras despojadas sin acompañamiento estatal; se arraigan.
El 73 por ciento de las sobrevivientes asumió en solitario el cuidado del territorio y la memoria, la búsqueda de seres queridos, la atención a familiares lesionados y el sostén económico del hogar. Son las mujeres las verdaderas heroínas de esta guerra porque ellas han sostenido la vida. Si eso no es cambiar la historia, entonces no sé a qué se refería mi profesora.
Ante las mujeres colombianas, especialmente ante las víctimas de la violencia, debería posesionarse el nuevo presidente. Son ellas quienes merecen la promesa de un país diferente: uno en el que dejemos de invertir en la guerra para que los jóvenes tengan proyectos de vida en lugar de destinos de muerte. Un país más coherente, que no esté por encima del promedio mundial en el gasto militar ni destine un porcentaje tan inmenso de su PIB al negocio de la guerra.
En la posesión, Abelardo de la Espriella debería mirar de frente a esas mujeres. Debería intentar imaginar una porción de su sufrimiento. Y, con más honestidad que bravuconería, debería confesar que ni él ni su esposa serían capaces de enviar a sus propios hijos, Salvador y Filippo, a pelear en la guerra donde masacraron, torturaron, mutilaron y desaparecieron a los padres, hermanos, esposos e hijos de esas heroínas.
Yo tampoco lo haría. Si hoy tuviera otro hijo, le enseñaría que tiene una opción contemplada en la Constitución Política de Colombia: la objeción de conciencia. Una alternativa que le permite negarse a empuñar un arma porque la historia ha demostrado que la violencia no es el camino. Le enseñaría que en la guerra nadie gana y, en cambio, puede perder alguna parte de su cuerpo, de su conciencia o de su libertad. Le enseñaría que las órdenes deben cuestionarse porque no siempre son legales ni justas, y que volverse igual de cruel que su enemigo no lo hace más grande ni mejor. Le enseñaría que un héroe no es quien más mata, sino quien más ideas para la vida construye. Si hoy tuviera otro hijo, le enseñaría que las más grandes heroínas de Colombia son las mujeres y que debería desear parecerse a ellas, ojalá sin tener que atravesar el mismo dolor.
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