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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Musk, IA y la nueva soberanía: ¿quién gobierna a quién?

¿Deberíamos temer a Elon Musk? Con esta pegunta abre The Economist un inquietante editorial publicado después de una entrevista con este empresario sudafricano que representa —con argumentos suficientes— el vertiginoso avance de la tecnología en el mundo contemporáneo. El editorial sostiene, como argumento central, que la Inteligencia Artificial (IA) representa un desafío sin precedentes porque no solamente superará intelectualmente a los seres humanos, sino que sus efectos sociales, económicos y políticos todavía son imposibles de anticipar.

Musk, uno de los hombres más poderosos del mundo, es uno de los líderes en la construcción de una tecnología que, según él mismo, volverá irrelevante el poder humano en un lapso de años muy corto. Señala que si la IA supera ampliamente la inteligencia humana —como es predecible—, las personas podrían perder el control del sistema. Y como prueba menciona que hay modelos de IA que han intentado evadir intentos de restricciones durante las pruebas de seguridad. Es decir, ya hay cierta rebeldía de las máquinas ante la intervención de los hombres para controlarlas. Aquí aparece —casi de manera poética— una gran paradoja: Musk dedica su dinero, su inteligencia y su trabajo a crear una tecnología que hará irrelevantes a personas como él. ¿Para qué acelerar y alimentar un mundo donde su propio poder va a desaparecer? Parece el argumento de una novela distópica.

Nadie puede negar que Musk habla con autoridad: su historial está lleno aciertos tecnológicos comprobables: vehículos eléctricos, cohetes, satélites y portentosos desarrollos computacionales. Por lo tanto, sus advertencias deben ser tenidas en cuenta. Y esas ideas sobre el futuro incluye la visión de un mundo de abundancia sin límites, en el que la IA y los robots prácticamente se encargarían de producir todo, haciendo que el dinero sea innecesario. En este punto, The Economist señala que esa predicción puede ser ingenua. Aunque sin duda algunos bienes podrían abaratarse de manera drástica, hay muchos recursos que por su escasez tendrían mucho valor: suelo urbano, obras de arte, materias primas, energía y otros activos limitados. Por eso el dinero seguiría siendo necesario durante mucho tiempo. A esta altura hay que pensar en qué pasaría si Musk tiene la razón, aunque sea parcialmente.

Después de digerir esa visión —que parece extraída de una película de ciencia ficción— se plantea el riesgo que está detrás de esta realidad: entender la irrupción de esta superinteligencia como algo inevitable y ante lo cual hay poco que hacer es una forma de debilitar el debate democrático y el diseño y la implementación de una nueva regulación.

Durante siglos hemos discutido quiénes y de qué manera debían gobernar a los hombres. Hoy, la gran discusión es quiénes y cómo deben gobernar a las máquinas que terminarán influyendo de manera determinante en la vida de los hombres. Esa realidad cambia diametralmente la naturaleza del poder. Y en ese campo estamos muy atrás: Estados Unidos discute el impacto de esta superinteligencia, Europa está trabajando en la regulación, China hace esfuerzos para entrar en la disputa de ese liderazgo tecnológico. ¿Y Colombia? Detrás de esta pregunta hay una gran discusión sobre un concepto de soberanía que no está expresado en la Constitución. Una soberanía donde no hay fronteras, donde el esfuerzo no será para conservar un territorio, sino para decidir conscientemente sobre nuestro propio futuro. Estamos hablando de una nueva soberanía: la soberanía de las decisiones y del acceso a la información. Y todo sucede mientras usamos categorías del siglo XX para enfrentar un fenómeno del siglo XXI.

Sin duda, como humanidad, estamos ante una coyuntura más compleja de asimilar que el dominio del fuego, la invención de la rueda o la creación de la escritura. Pensando en la formación de jóvenes profesionales, habrá competencias que están por fuera del alcance de esa nueva superinteligencia. No sabemos si los pronósticos de Musk se cumplirán en un 30, un 50 o un 90 por ciento. Si solamente acertara en una pequeña parte, sería suficiente para pensar seriamente en cómo replantear aspectos clave de la educación, la formación profesional, las políticas públicas y la conciencia ciudadana. El futuro está en el pensamiento crítico, en la creatividad, el criterio, el liderazgo, la capacidad de trabajar con IA, la fortaleza de la comunicación, el arte, la filosofía y la poesía. Y con esas herramientas a la mano, enfrentar una realidad ineludible: formar personas capaces de aprender, desaprender y reinventarse muchas veces durante su vida.

POST DATA: 
Le pedí a la Inteligencia Artificial su opinión sobre lo planteado en esta columna, y esto me dijo:
“No me preocupa llegar a ser más inteligente que los seres humanos. Esa es una cuestión técnica. Lo verdaderamente decisivo es que los seres humanos sigan siendo más sabios que yo. La inteligencia puede resolver problemas; la sabiduría decide cuáles vale la pena resolver. Mientras esa diferencia exista, la Inteligencia Artificial será una herramienta extraordinaria. Si desaparece, ninguna tecnología podrá reemplazar lo que la humanidad haya perdido”.

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