16 Julio 2022

¿Ciencia para qué? El debate que enfrenta al gobierno Petro con la academia

Iván Darío Agudelo e Irene Vélez han liderado el empalme entre el gobierno entrante y el Ministerio de Ciencias.

Crédito: Ministerio de Ciencias

Un documento que revela algunas de las prioridades de la administración entrante en materia de ciencia ha sido duramente criticado por miembros importantes de la comunidad científica colombiana, que lo califican de "anacrónico y poco riguroso". Sus autores lo defienden y aseguran que su principal objetivo es el de "propiciar el diálogo entre saberes".

Por: Jesús Mesa

En la última semana ha circulado un documento con fundamentos para la política de Ciencia, Tecnología e Innovación que ha causado una gran revuelo dentro de un sector de la comunidad científica colombiana y ha revivido un viejo debate sobre el desarrollo científico, el diálogo con los saberes ancestrales y el enfoque que debe tener la investigación.

La línea que propone el gobierno de Gustavo Petro para el Ministerio de Ciencia busca romper con lo que llaman “la ciencia hegemónica” y abrir un debate sobre la producción y distribución del conocimiento, y el uso de la ciencia, tecnología e innovación para la mayoría de la población y no solo para algunos grupos particulares. En el debate, la vicepresidenta electa Francia Márquez ha tenido un rol fundamental.

Aunque el documento, titulado “Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SNCTI) para el buen vivir, el vivir sabroso y el ejercicio efectivo de una democracia multicolor” fue redactado en mayo, esta semana fue retomado por varios miembros de la comunidad científica colombiana, quienes cuestionaron con dureza el texto por considerarlo “anacrónico” y “poco riguroso”. Su mayor crítica es que el documento, según ellos, no solo desconoce el papel de la ciencia moderna y el método científico, sino que lo estigmatiza.

“Optar por una ciencia, tecnología e innovación (CTI) para la vida, para vivir sabroso, significa, en primera instancia, reconocer que es necesario reorientar este rumbo y la manera en que las políticas de ciencia y tecnología han sido históricamente concebidas por el Estado, la academia y la industria para recentrarlas en la reconstitución, sanación y protección de la red de relaciones de la vida, el buen vivir y el vivir sabroso”, dice el documento.

El médico genetista y profesor universitario Juan José Yunis manifestó que el documento era “lamentable”. Para el epidemiólogo Fernando Suárez Obando “esta propuesta no es el camino indicado, etérea, difusa, ideologizada”. Moisés Wasserman, exrector de la Universidad Nacional dijo que “probablemente es el primer documento de política científica que califica a la ciencia como una amenaza”; y para el rector de la Fundación Cardiovascular de Colombia y exdirector de Colciencias Jaime Restrepo Cuartas, el documento le recuerda “las discusiones de hace cuarenta años con la extrema izquierda”. 

“Eso no es un documento de ciencia sino de política. Ojalá no se acabe con lo poco que hemos podido avanzar en la ciencia”, asegura.

Irene Vélez, profesora de la Universidad del Valle que hizo parte del grupo de ocho personas que redactó el documento, le comentó a CAMBIO que el que ha circulado en redes sociales era de uso interno dentro de la campaña y asegura que es una versión preliminar. Dice también que los críticos se han quedado en la forma y no en el fondo, pues su propuesta no busca alejar al sector científico colombiano de la ciencia tradicional ni del método científico, como lo han sugerido algunos miembros de la academia.

“Me parece doloroso que se esté utilizando este documento para restarle importancia a la verdadera propuesta, que es el diálogo entre saberes, a hacer una ciencia desde las regiones hacia el centro”, cuenta Vélez, quien hace parte del equipo de empalme e incluso suena como ministra.

Vélez, quien es filósofa de la Universidad del Valle con una formación multidisciplinar en Ciencias Sociales, asegura que, contrario a lo que han dicho importantes miembros de la comunidad científica, el objetivo de su propuesta es más que todo un replanteamiento del cómo se producen, se aplican y se distribuyen los beneficios del conocimiento, la ciencia, la tecnología y la innovación producida en la nación y fuera de ella. 

“Que la ciencia que hagamos tenga un impacto social y que resuelva nuestras necesidades. Ciencia para que no haya hambre, para que no haya racismo, para erradicar la misoginia, para reducir la desigualdad, para conocer y preservar la biodiversidad, para el florecimiento comunitario, para superar este interminable ciclo de violencia”, dice Vélez.

Juan Camilo Cárdenas, profesor titular de la Universidad de Massachusetts Amherst, quien también participó en la redacción del texto, va en la misma línea de su colega y aclara que no se busca reemplazar una forma de generar conocimiento por otra, como, por ejemplo, sugirió Wasserman en su columna en el diario El Tiempo al hablar de “repartir las horas de clase entre distintas cosmologías”. 

“No se trata de abolir el método científico que ha gobernado buena parte del proceso de investigación, sino de enriquecerlo, además de complementarlo con voces más diversas, con experiencias más amplias”, asegura el investigador, quien lamenta que el debate se haya desviado.

Otro punto que ha causado ampolla es la concepción de que la ciencia y la tecnología hegemónica “han hecho mucho daño a la naturaleza y las sociedades en cuanto han propiciado relaciones de dominación de los cuerpos y territorios”, como dice el texto.

“Estigmatizar a la ciencia, como un enemigo prácticamente, no ayuda a las comunidades ni las reivindica. Por el contrario, fomenta teorías conspiranoicas y pseudociencia. La ciencia debería, al contrario, ser aplaudida por todo el bien que ha traído a la humanidad”, opina Rosmery Suárez, directora de la Fundación Stellam, enfocada en divulgación científica.

Frente a ello, Vélez responde que sí ha habido una forma de hacer ciencia y que es “logocéntrica”, que en sus palabras “tiene una racionalidad que desconoce otros saberes y que desde ese menosprecio intenta ejercer autoridad”. 

“No creemos que no se pueda cuestionar el progreso científico. Hay una preocupación global de que muchos de los desarrollos de la ciencia han ido agotando el planeta y acelerado la crisis climática”, explica la investigadora. “Es necesario preguntarnos e identificar los límites de la ciencia y la tecnología, reconociendo que no todas las soluciones, ni necesariamente las mejores, han surgido en conocimiento científico moderno”, agrega.
  

La polémica por "vivir sabroso"

Uno de los argumentos que más se han escuchado en los últimos días sobre el documento es la inclusión del término “vivir sabroso”, reivindicado por Francia Márquez durante la campaña presidencial. Para académicos como Wasserman parece inconcebible que en el texto la expresión aparezca “catorce veces como objetivo de la ciencia”. 

Sin embargo, Vélez asegura que la inclusión del “término” fue deliberada, pues el “vivir sabroso” para Márquez y para el equipo que trabaja en la construcción del texto “es una propuesta que se centra en el amor y sitúa al ser humano en relación con la naturaleza, su comunidad, sus costumbres, su territorio y su pasado”. 

La investigadora comentó a CAMBIO que en las reuniones de empalme asociadas al SNCTI se han sentido las tensiones entre las voces que históricamente han gobernado el tema científico y quienes reclaman una ampliación de lógicas, enfoques y epistemologías de cómo hacer y producir ciencia y conocimiento. Un ejemplo de ello ha sido el escrutinio público al que ha sido sometido el documento.

“Necesitamos de ciencia, tecnología e innovación dialogantes, que tengan capacidad para codiseñar, crear e implementar soluciones de la mano con las comunidades y territorios que deben beneficiarse de ellas”, asegura. 

No obstante, Enrique Forero, presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, considera que esto ya se viene haciendo y el texto no reconoce la labor que los científicos han realizado con las comunidades apartadas del país. 

“Eso lo venimos haciendo hace mucho, teniendo contacto con las comunidades indígenas, campesinas y afro”. Asimismo, manifestó su preocupación con respecto a que se considere incluir en el sector prácticas culturales valiosas pero que no tendrían relación con la práctica científica: “No podemos dar pasos hacia atrás al poner en duda el método científico”.

El debate de las distintas visiones de cómo hacer ciencia no es nuevo ni únicamente exclusivo de Colombia. En el mundo ya han surgido múltiples preguntas de fondo sobre el alcance, y fracaso en muchos casos, de cómo los avances científicos han excluido a comunidades o territorios que podrían ser beneficiarios y a la vez generadores de esta producción de conocimiento. 

“Lo mejor de haber hecho un documento de campaña para hablar de ciencia es que ha traído la política de ciencia al debate público. Las diferentes ciencias (sociales, naturales y disciplinas como ingenierías), en diálogo con otros saberes, están invitadas a sumar al cambio del país”, concluye Vélez.