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Cali, 24 horas de catástrofe: la ciudad que fue el centro del país dos veces en cuatro días
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Cali, 24 horas de catástrofe: la ciudad que fue el centro del país dos veces en cuatro días

Crédito: Daniela López Orozco.

El 7 de agosto, Cali se convirtió en el centro de Colombia por decisión, con la primera posesión presidencial fuera de Bogotá. Cuatro días después, volvió a serlo por imposición: un sismo de magnitud 7,4 que la dejó sin techo y con cientos de muertos. Esta es la crónica de sus primeras 24 horas

Por: Alejandro Aristizábal

Catalina Estrada, profesora de la Universidad Libre, Seccional Cali, fue una de las pocas que, en la mañana del diez de agosto, recibió la alerta del terremoto en su celular. Bajó tres pisos por las escaleras, mientras sentía que “el piso tenía rodachines”, hasta que llegó a la cancha, donde el pavimento todavía se seguía moviendo. En el momento de angustia, alguien oró y los demás se unieron al rezo, pidiéndole a Dios que parara.

Alrededor de las 8:30 de la mañana, casi una hora después del sismo de magnitud 7.4, pudieron evacuar las instalaciones en el sur de Cali. “Yo vivo hacia el oeste de la ciudad. Me vengo en el carro manejando y, realmente, muy desolador ver todas las afectaciones que hubo en edificios, en casas; la gente estaba en la calle desesperada. Se fue la energía, los semáforos no funcionaban y como siempre los guardas de tránsito brillaron por su ausencia”, dice. Catalina llegó a su apartamento en un cuarto piso, y lo encontró agrietado. Así fue el lunes de ella y de muchos otros caleños.

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Las personas se acercan a ayudar, de distintas maneras, en el barrio Capri y Cañaveralejo | Crédito: Daniela López - CAMBIO

Lo que Catalina vio en el camino fue, según los reportes de la Alcaldía de Cali y de la prensa local, el patrón de toda la emergencia: el golpe más duro cayó sobre el sur y el centro-sur de la ciudad. El alcalde, Alejandro Eder, reportó y confirmó veintiséis estructuras colapsadas en el balance de la tarde y, al día siguiente, ya se rumoraba que más de cincuenta habían caído. Las labores de rescate se concentraron en los barrios Capri, El Limonar, Cañaveralejo, El Lido, La Luna y, sobre todo, en El Refugio y La Alameda. En este último, en la esquina oriental de la galería, pedían silencio para poder escuchar a los sobrevivientes.

La reacción de la ciudad: rescates, escombros y albergues

Algo parecido vivió Daniela López, periodista de CAMBIO, cuando se acercó a cubrir la situación en el barrio Cañaveralejo, donde los vecinos preparaban sus carros ante cualquier emergencia: “Hay que tener cuidado con las réplicas”, decían. En uno de los apartamentos, que no está completamente derruido, la comunidad de vecinos quedó dividida en dos: los que alcanzaron a salir y los que se quedaron atrapados. La parte del parqueadero había colapsado, y los colaboradores y vecinos de afuera querían ingresar porque habían escuchado unas niñas debajo de los escombros. Los de adentro no los querían dejar entrar porque estaban asumiendo que iban a saquear el edificio. En medio de los cruces de improperios, algunas personas pedían silencio para poder escuchar a las niñas y, a pesar de qué se intentó, no hubo calma.

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Dentro de las medidas que impulsó la comunidad, una de ellas fue el abastecimiento de líquido | Crédito: Daniela López - CAMBIO

En algunos puntos, donde el escenario era más caótico, sí había más coordinación con cadenas humanas para retirar escombros de un edificio que había colapsado por completo. Y, en mitad de las nubes de polvo que se levantaban, la gente pedía que se usaran tapabocas para evitar respirar el cemento. La comunidad del sector ya se organizaban para reunir elementos de primera necesidad, como agua. De las personas que se encontraban al margen, había una señora lamentándose. Tal vez por la pérdida de sus bienes, de seres queridoso o ambas. 

En otro punto, a unas cuadras de allí, López observó cómo unas personas no pudieron salir de su apartamento porque el pasillo colapsó. Quedaron mirando al vacío y resolvieron agarrarse de los marcos de las puertas a la espera de que alguien los pudiera socorrer. La periodista se encontraba tomando fotos cuando, de un momento a otro, un hombre le dice que no lo haga. Me dijo: "Respete, no esté acá tomando fotos, ni nos esté grabando". Entonces ella le explicó que era prensa y a lo que el señor le respondió: "Mire, no me importa porque es que a mí se me murió un familiar acá y tengo gente que todavía está allá abajo, entonces no me importa".

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Rescatistas y voluntarios intentas bajar a unos residentes que se sostienen de las puertas | Crédito: Daniela López - CAMBIO

En ese momento, los fallecidos empezaban a convertirse en la herida más profunda de Cali . El secretario de Salud, Germán Escobar, hablaba de 21 fallecidos y 456 heridos, mientras el alcalde Eder daba un corte de quince muertos y trescientos ochenta heridos. A la mañana del 11 de agosto, la cifra ya ascendía a 95. La red hospitalaria que debía absorber esa avalancha fue una de las más castigadas. La ciudad entró en alerta roja con las urgencias al cien por ciento de ocupación, siete grandes instituciones de salud tuvieron que cerrarse y evacuarse, y clínicas como la Clínica Nuestra Cali, la Clínica Dessa y la Clínica Colombia y el Hospital Universitario del Valle Evaristo García quedaron comprometidas. No obstante, para la mañana del miércoles, la red hospitalaria logro estabilizarse.

Con las viviendas agrietadas y una réplica de magnitud 4,6 registrada a las 8:18 de la mañana que revivió el miedo, la Alcaldía pidió a quien viera daños que saliera de su casa y no volviera a entrar hasta que las autoridades la revisaran, de modo que buena parte de Cali resolvió pasar la noche a la intemperie, con carpas y colchonetas en los parques de barrios como La Flora y otros espacios y albergues delimitados por la Alcaldía.

Para atender la emergencia se habilitó la Plazoleta Jairo Varela como centro de acopio, donde la lista de lo que se necesitaba decía tanto del tamaño del desastre como cualquier cifra, porque junto al agua y las colchonetas se pedían cascos, guantes de construcción y gafas de seguridad, es decir, herramientas para seguir removiendo escombros y buscando vidas. La ciudad quedó a media marcha, con las grandes superficies cerradas, la luz y el internet yendo y viniendo, el pico y placa levantado y una calamidad pública declarada. Y, en un gesto que resumió el ánimo de la jornada, el alcalde suspendió la edición número treinta del Festival Petronio Álvarez, la fiesta con la que Cali se llama a sí misma la Casa Grande del Pacífico.

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Vecinos del barrio Cañaveralejo intentan ingresar al parqueadero | Crédito: Daniela López - CAMBIO

Tres días antes antes de la tragedia

Esa misma ciudad había sido, el viernes 7 de agosto, el centro de una coreografía muy distinta. Abelardo de la Espriella se convirtió allí en el primer presidente que jura el cargo fuera de Bogotá en toda la historia republicana, en un coliseo universitario con capacidad para dos mil quinientas personas y acceso solo por invitación. Y trasladó después su primer discurso al Batallón Pichincha, rodeado de la Fuerza Pública y de la nueva cúpula militar, para anunciar que empezaba "el tiempo de la recuperación del orden, la autoridad y la libertad".

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El sentido político de todo aquello cabía en una palabra que De la Espriella repitió hasta volverla eslogan. La elección de Cali, dijo, era "la primera demostración de que la descentralización deja de ser un discurso", su manera de combatir lo que llamó el “bogocentrismo” y de combinar la autoridad del Estado central con una mayor capacidad de decisión para las regiones. El 'detalle' es que la región escogida para escenificar esa cercanía con el territorio arrastra la peor violencia del país: el Valle del Cauca cerró el primer semestre de 2026 con 1.198 homicidios, la cifra más alta de Colombia, muy por encima de la de Bogotá.

Por eso la ceremonia necesitó blindarse con un operativo sin precedentes, más de once mil integrantes de la Fuerza Pública, cerca de cuatro uniformados por cada invitado, drones, aeronaves y un puesto de mando que cubría cinco municipios vecinos. El telón de fondo fue de guerra: en los días previos hubo combates entre el Ejército y el frente Adán Izquierdo de las disidencias en zona rural de El Cerrito; la inteligencia militar desactivó un plan de bus bomba atribuido al frente Jaime Martínez, del bloque de alias Iván Mordisco, que buscaba atacar instalaciones en Cali durante la jornada; y al día siguiente de la posesión un grupo de disidentes voló con explosivos un peaje en construcción en Santander de Quilichao.

La crisis, la verdadera prueba

Andrés Felipe Ortega, profesor de Descentralización y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana, dice que escoger la sede de una posesión cuenta poco sobre la descentralización real. Lo que de verdad la mide es una emergencia que se despliega por todo el territorio al mismo tiempo. Colombia es, desde la Constitución de 1991, una república unitaria y a la vez descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, y el sistema que responde a los desastres está pensado justamente en capas: la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo (UNGRD) coordina desde arriba, pero quienes primero declaran la calamidad y sostienen la respuesta en la calle son las alcaldías y gobernaciones.

La atención del lunes mostró ese diseño funcionando a medias. La descentralización que ya existe se notó de inmediato cuando las alcaldías de Cali, Manizales y Pereira declararon la calamidad y activaron sus organismos por su cuenta, cuando Bogotá y Medellín despacharon equipos, y cuando el propio Gobierno nacional repartió a sus ministros por territorio. La misma escena dejó ver el límite de esa capacidad instalada: Cali disponía de un solo grupo especializado en rescate de estructuras colapsadas y tuvo que pedir al menos seis más.

Para Ortega, ahí está la lección para el nuevo gobierno. El terremoto le muestra a De la Espriella que la descentralización que importa es la que deja capacidad instalada en el territorio para responder sin esperar a que llegue Bogotá. Si la UNGRD y las entidades territoriales tuvieran más músculo propio, sostiene, una crisis de esta escala se atendería mejor desde el mismo lugar donde golpea. Leída así, la descentralización deja de ser una bandera de campaña o un gesto simbólico y se convierte en un mandato necesario. La declaratoria de desastre que De la Espriella firmó este lunes corre por ese mismo sistema de capas diseñado para no depender de una sola cabeza.

Cali fue el centro del país dos veces en tres días, primero por una decisión de calendario y después por un desastre natural, y entre una y otra, quedó planteada la pregunta que de verdad le importa a la administración que empieza: si la descentralización va a ser la foto de una tarde o la capacidad todavía por construir para que un lugar alejado de la capital pueda levantarse.
 

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