
Salvando obras: el Labouré, el orgullo de Santa Rosa de Cabal
Aunque estuvo a punto de desaparecer por el abandono de la construcción de su nueva estructura, el tradicional colegio Labouré de Risaralda cumplió 90 años de existencia. Y ahora atiende a mil alumnos en Santa Rosa de Cabal.
Al principio fue una estructura de bahareque, de tapias anchas, de fachadas generosas y de ventanas realmente amplias. Pero, fueron pasando los años hasta completar casi ocho décadas en pie. Ya no era posible seguir así. Entonces vinieron los nuevos vientos, al menos, los intentos de cambiar las viejas instalaciones por algo moderno, funcional y seguro. “Se hizo un proceso con el consorcio constructor y tuvimos la oportunidad de sensibilizar el proyecto. Así se logró que en las fachadas existieran elementos flotantes que evocaran características de lo que es el paisaje cultural cafetero”, contó el docente Erickson Cifuentes, quien además es arquitecto y fue parte activa de la comunidad en este largo proceso de construcción del nuevo colegio.
Porque la historia de la Institución Educativa Labouré también comenzó con buenas intenciones, aunque incluyó periodos de desidia, de muchos problemas, de evidentes abandonos, y continuó con la lucha de la comunidad y la intervención de la Contraloría General de la República. Hasta que —por fortuna— terminó con final feliz. Así lo confirmó la feliz rectora del Labouré, Nubia Bedoya: “Este fue un trabajo a varios manos, empezando con la sociedad civil y continunando con los organismos de control, como la Contraloría General, aquí tuvimos muchísimo apoyo para que se firmaran las actas de inicio, para que se hicieran los trabajos correspondientes y que el colegio se hiciera en tiempo récord”.
El Labouré queda en pleno centro de Santa Rosa de Cabal, en el departamento de Risaralda y propios y extraños terminan gratamente sorprendidos con lo bonita, funcional y bien hecha que quedó la nueva edificación, que pasó de ser una de las tantas obras inconclusas que aún hay por todo el territorio nacional a convertirse en otra obra salvada por el organismo de control, una tremendamente funcional con 30 salones de clase, biblioteca, aula de bilingüismo, laboratorio integrado, aula de tecnología, aula polivalente, aula múltiple, baños suficientes, cocina, comedor y patio nuevo, entre otras nuevas funcionalidades a disposición de los casi mil estudiantes que allí asisten a diario.

“Tenemos aulas iluminadas, buena conectividad, espacios adecuados para el encuentro, laboratorios, biblioteca y todo aquello que contribuye al proceso formativo”, concluye el docente y doctor en Ciencias de la Educación Halet Liascos, justo antes de ir a uno de los salones del nuevo Labouré de 4.681 metros cuadrados, que costó 18.500 millones y que desde diciembre de 2023 engalana la señorial Santa Rosa de Cabal.
Y desde esa inolvidable fecha, por fin todos, absolutamente todos reunidos en en un sólo espacio. “Del infierno al cielo, definitivamente, porque antes trabajábamos de una manera terrible, teníamos jornada especial, teníamos periodos de 50 minutos, trabajábamos en varias sedes, los docentes tenían que correr, ir, venir”, cuenta Bedoya, la feliz rectora.
Además, casi todos los que allí trabajan comparten un muy agradable sentimiento de pertenencia y de gusto por la labor que cada uno de ellos desempeña, comenzando por la rectora, a quien prácticamente le brillan los ojos cuando responde si está a gusto con su trabajo o no: “Desde que abro mis ojos hasta que los cierro estoy pensando en colegio Labouré, colegio Labouré, colegio Labouré”. Más enfática, imposible.
La rectora no es la única que confiesa ese intenso gusto por asistir cada mañana a las nuevas instalaciones de la emblemática institución educativa de Risaralda. El profesor Cifuentes siente algo parecido acerca de su cotidianidad laboral. “No ha existido el primer día que yo me levante sin ganas de venir al colegio a trabajar”, afirma sin lugar a dudas.
Otro de los más felices es un exprofesor de Educación Física y después veedor ciudadano, que sudó la gota gorda tocando puertas, insistiendo, yendo y viniendo durante varios y largos años. Hasta que don José María Hincapié encontró aliados. “El colegio era un colegio viejo, antiguo, que se mantenía ahí como se pudiera, ya ver uno esta institución tan bella, es un cambio diferente muy grande y es una alegría para todos, yo creo que estos niños son alegres. ¡Cómo estaré yo!”.

Aunque no siempre fue así. La pelea por rescatar del abandono al Labouré comenzó también hace tiempo. “Cada que había una reunión, más o menos mensual, cada dos meses, con la Contraloría se veía qué faltaba por construir; y para el próximo mes que nos reuníamos, ya decía: bueno, se hizo o no se hizo y por qué no se hizo, fue demasiado importante”, dice el licenciado Hincapié.
Los funcionarios de la Contraloría gestionaron nada menos que 23 mesas de diálogo, donde sentaron al Ministerio de Educación, la Gobernación de Risaralda, la Alcaldía de Santa Rosa de Cabal, el Fondo de Financiamiento de las Infraestructura Educativa, los contratistas, los veedores ciudadanos y los directivos del colegio para tratar de ponerlos de acuerdo en que el único y el mejor camino para todos era el de hacer acuerdos realizables y cumplir cada uno de los compromisos. Pues bien, la estrategia funcionó.
Ahora, el reto es la excelencia, como bien lo plantea el doctor Liascos, “para ser un colegio top 10 se requieren dos elementos sustanciales: el primero tiene que ver con la excelencia académica, que solamente es posible a través —primero— de la alta formación y compromiso de los docentes, que es algo que brilla por sí solo en la institución educativa; y lo segundo tiene que ver con las instalaciones, que permiten que las actividades de aprendizaje se desarrollen”, punto que también ya quedó resuelto.

Después de los días difíciles, por fortuna, ahora están en los gloriosos. Así lo reconoce Camila Sánchez, una de las afortunadas estudiantes del Labouré: “Hoy en día tenemos nuestra propia sede y como pueden ver es muy hermosa y tenemos que cuidarla”. Cómo no cuidarla si estuvo tantos años abandonada, si costó sudor y lágrimas, si casi fue trasladada, cómo no querer al Labouré, que está listo para educar a los santarrosanos por otros noventa años y noventa años más.
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