
Colombia, ¿un país religioso?
Alberto Linero reflexiona sobre la religión y la espiritualidad en Colombia y lo que significan para los colombianos. De esto y más habla en este artículo que forma parte del proyecto ‘Lo que somos, cómo nos vemos’, una serie de contenidos que publicamos con el apoyo de la Alcaldía de Bogotá, Comfama, Grupo SURA e Invamer, a partir del capítulo colombiano de la Encuesta Mundial de Valores.
Por: Alberto Linero, escritor y conferencista
Tendría 15 años cuando un predicador, con cara de loco, decía desde el púlpito que la Biblia no era un libro de historia. Que los relatos del Génesis no eran crónicas periodísticas sino testimonios teológicos. Que Teilhard de Chardin, ese jesuita que mezcló la ciencia con la fe como si fueran agua y sal, tenía más preguntas que certezas.
Yo, sentado en esa silla del barrio Olivo de Santa Marta, sentí algo extrañísimo. Ese día, por primera vez, la religión no me aburría. Dejé de sentirla acartonada y solemne.
Digo esto porque nací en la Colombia en la que la religión católica era la oficial, y ese dato, durante mucho tiempo, no me dijo nada. Aunque mi colegio era público, el Francisco de Paula Santander, de la calle de los Estudiantes de Santa Marta, había una tierna profesora de catequesis que, a la par de enseñarnos lo básico de la religión católica, nos hacía participar en las celebraciones litúrgicas con mucho recato. Puedo decir que eso se mezclaba con un ambiente muy pagano, típico del Caribe colombiano: padres parranderos, una abuela con sus propios relatos míticos de la espiritualidad y la religión, y clérigos que hacían esfuerzos por enseñarnos la doctrina religiosa con sus normas morales y sus estrictos ritos, sin mayor éxito. Hasta que ese predicador abrió la boca y me cambió todo.
Mi acercamiento a la religión no pasó por lo dogmático sino por lo experiencial. No fue fruto de los sermones sino del encuentro místico con un ser personal. Luego vino la decisión de ser presbítero, los años de formación en el seminario, 25 años de ejercicio ministerial recorriendo el país y, después, la decisión más importante, hasta ese momento, de mi vida: dejar de ejercer, sin dejar de creer. Esa última decisión me costó el sueño durante meses. Había personas que me querían y que sintieron que les fallaba. Había una identidad entera construida alrededor de un hábito, una función, un rol. Ese momento fue un quiebre y un entendimiento: que la espiritualidad y la religión no son lo mismo, y que confundirlas nos ha costado muy caro como país. Esa es la plataforma existencial desde la que quiero compartir con ustedes cómo veo estas dos realidades en Colombia hoy.
Lo primero es constatar que el hecho religioso ha sido un elemento clave en la construcción histórica de la sociedad colombiana (Cortés Guerrero, 2021). Ha sido una fuerza que estuvo en el centro de todo: las instituciones, la cultura, el poder político, la vida de cada familia. En la Colonia, la Iglesia católica desempeñó un papel central en la organización social, actuando como autoridad moral, educativa y administrativa, en estrecha relación con la Corona española. En este período, la evangelización fue un mecanismo de control cultural sobre las poblaciones indígenas y afrodescendientes, configurando identidades y jerarquías sociales.
En el siglo XIX, tras la independencia, la relación entre Iglesia y Estado se convirtió en un eje de conflicto político entre liberales y conservadores. Mientras los conservadores defendían el papel preponderante de la Iglesia en la vida pública, los liberales impulsaban la secularización del Estado, lo que dio lugar a reformas como la desamortización de bienes eclesiásticos y la educación laica. Estas tensiones desembocaron en conflictos armados, como la Guerra de los Mil Días. Esto me hace pensar que en Colombia el conflicto y la fe siempre han caminado del brazo, con posturas religiosas profundamente entrelazadas con los proyectos políticos.
Durante el siglo XX, la Iglesia continuó influyendo en la vida social y política, especialmente a través de la educación, la moral pública y su papel en procesos de mediación en conflictos. En la Constitución de 1991, Colombia dio un giro hacia el reconocimiento del pluralismo religioso, garantizando la libertad de cultos y reduciendo el carácter confesional del Estado. Crecí justo en esa bisagra. El mundo que conocí ya no era el mismo que le tocó a mi padre. Él fue formado en la Colombia del Concordato, donde la Iglesia y el Estado firmaban juntos las reglas del juego. Yo crecí en la Colombia que empezaba, tímidamente, a preguntarse si había otras formas de creer, o de no creer, de abrirse a múltiples expresiones de espiritualidad y fe, y seguir siendo colombiano.
Y aquí viene el cuestionamiento más fuerte, y que llevo años sin poder responder del todo: ¿cómo es posible que un país tan religioso sea tan violento? Si el cristianismo tiene como centro la no violencia y el amor, ¿qué pasó? Lo que sí sé es que algo falla cuando la fe se vuelve una tradición que no lleva a una transformación interior.
Lo segundo es constatar que hoy la religión sigue influyendo, pero dentro de un escenario plural y menos centralizado. Ya no determina de manera directa la vida social y política, pero sigue presente en los debates más álgidos sobre temas como la familia, la educación sexual, el aborto o la eutanasia. Pero también líderes religiosos y comunidades de fe mantienen presencia en muchas comunidades vulnerables en las que son, todavía, la única red de apoyo emocional real que existe. Eso no es un dato menor.
En mi ejercicio presbiteral entendí que la experiencia religiosa no puede asumirse como un tutor moral de cada individuo, porque esto le hace perder la libertad y la conciencia que se requieren para que cada persona pueda realizarse como ser humano. Se requiere que la experiencia religiosa posibilite que cada ser humano se haga dueño de su proyecto de existencia con autonomía y responsabilidad. A mí me impresiona mucho que el modo de vida que propone Jesús (Hechos de los apóstoles 5,20) no está centrado en indicarle a las personas qué tienen que hacer, sino en proponerles principios de vida que les permitan orientarse hacia su propósito. Un amigo decía que el cristianismo no es como el Waze sino como una brújula, lo cual supone siempre la inteligencia y la decisión del individuo.
Lo tercero es cómo creo que debiera ser ese rol de la religión en Colombia. Es fundamental entender que religión y espiritualidad no son lo mismo. La espiritualidad se entiende como esa manera en que una persona busca sentido, conexión y trascendencia en su vida. Es la conciencia de que hay algo más grande que uno y que se requiere ir más allá de lo inmediato, lo material, lo útil, para encontrarle sentido a lo que hacemos. La espiritualidad puede entenderse como una experiencia accesible a todos los seres humanos, independientemente de su afiliación religiosa o de ser agnósticos o ateos, ya que constituye “una alegría sublime que cualquier humano puede experimentar” (Linero, 2024).
La religión es una manera de concretar la espiritualidad: es un sistema organizado (normas, ritos y dogmas). Aquí están todos los credos institucionalizados que se presentan como ofertas seguras para los colombianos. Esto me hace pensar que hay mucha gente religiosa no espiritual y muchos espirituales no religiosos. No tiene sentido ser religioso si no se es espiritual, porque es muy posible que terminemos sometidos a márgenes estrechos que desembocan en el fanatismo.

Soy un hombre religioso, pero desde la espiritualidad. Eso me permite entender que mi verdad no es absoluta y que mi forma de entender lo trascendente no es la única. Si logramos desarrollar propuestas religiosas nacidas en la espiritualidad, seguro podremos ir más allá de los simplismos de la realidad humana que siempre terminan en fanatismos y dogmatismos violentos.
Esto implica que los colombianos podamos construir una triple experiencia personal y comunitaria: capacidad de vivir conscientemente el presente. Esto implica saberse detener y salir de la rutina mecánica en la que las dinámicas diarias nos llevan. Saber que somos mucho más que todo lo que hacemos. Tener claro el propósito de vida para poder cuestionarnos constantemente el porqué y para qué de lo que hacemos. Sin esta experiencia, toda manifestación religiosa tiende a adormecernos en la bruma de quien se siente seguro de lo que vive. Esto permitirá que los colombianos entendamos que la vida se realiza hoy, sin los rencores del pasado ni las ansiedades de un futuro que todavía no llega.
Concentrarnos en el presente nos hará entender que no somos el pasado de guerra y dolor, ni el futuro tétrico que algunos plantean con los peores auspicios. Eso nos hará más responsables con nuestras actuaciones.
Capacidad de agradecer por todo. El agradecimiento es la constatación constante de que la existencia es un regalo, de que no es fruto de ningún esfuerzo sino de la generosidad de Dios o de la vida misma, según sea tu creencia. Es ir más allá del merecimiento, que termina generando la sensación de que todos tienen una deuda con nosotros porque lo recibido es poco en relación con el esfuerzo realizado. El que cree que merece todo termina amargado en la batalla por conquistar lo que no siempre está cerca de la mano. No somos mejores que nadie, ni aunque una religión lo diga. Somos humanos buscando sentido en medio de muchos dones y conquistas que tenemos. Si logramos vivir esto, tendremos una actitud capaz de no discriminar a nadie por ninguna razón: ni la visión de Estado, ni la forma de trascender, ni la manera de tener placer, ni la forma de vivir ocasiona alguna jerarquización humana.
Capacidad de celebrar la vida. Aunque haya dolores y heridas profundas que van cicatrizando, la vida es una fiesta y tenemos que celebrarla. Para ello son los ritos, ya nos lo enseñó El principito en su diálogo con el zorro. Hay que anclar en ritos trascendentes, existenciales y emocionantes lo que vamos descubriendo y viviendo diariamente. Es la liturgia que nos hace humanos como seres simbólicos, es decir, como seres capaces de ir más allá de lo gramatical y codificado. Es la conexión con el espíritu o con eso que Frankl llama dimensión noética. Esto nos hace salir de los corsés problemáticos que algunas instituciones nos imponen.
Así entiendo la espiritualidad y la religión en esta Colombia tan polarizada, que se resiste a aprender de su pasado y quiere siempre iniciar un nuevo ciclo de violencia. Una religión que ya no pretenda gobernar a los colombianos como autómatas, sino que les permita recorrer el camino infinito de la existencia como una posibilidad de felicidad.
*Este contenido hace parte de 'Lo que somos, cómo nos vemos. Los valores que mueven a los colombianos hoy', una alianza de CAMBIO, la Alcaldía de Bogotá, Comfama, Invamer y SURA, a partir de la Octava Ola de la Encuesta Mundial de Valores (2018–2024).
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