
“No hay recurso más valioso para un país que las capacidades de su gente”: Claudia Restrepo, rectora de EAFIT
Colombia dice valorar la educación, pero no siempre la convierte en prioridad. De eso y más se habla en esta entrevista sobre talento joven, movilidad social, inteligencia artificial y el riesgo de que el país desperdicie una generación que todavía está a tiempo de formar.
Para Claudia Restrepo Montoya, rectora de la Universidad EAFIT, Colombia debe dejar de repetir que la educación es importante y empezar a responder, con hechos, para qué sirve. Su respuesta parte de una idea de Martha Nussbaum: educar es desarrollar capacidades, es decir, darle a una persona herramientas para decidir qué puede ser y hacer con su vida.
La paradoja, dice Restrepo, es que los colombianos valoran la educación como una aspiración personal, pero no siempre la convierten en prioridad pública. La Encuesta Mundial de Valores muestra que educarse sigue siendo una de las metas más compartidas por la sociedad, pero también revela brechas de confianza, responsabilidad y convivencia que el sistema educativo debería ayudar a cerrar.
Ese desafío se vuelve más urgente en medio de la transformación tecnológica, y aunque pueda parecer contraintuitivo, la rectora sostiene que mientras más sofisticadas sean las tecnologías emergentes, más necesarias serán las competencias básicas: leer, escribir, razonar con números, pensar críticamente y aprender a aprender. Los jóvenes colombianos, según la Encuesta Mundial de Valores, son los más optimistas frente a la inteligencia artificial, pero ese entusiasmo solo se convertirá en oportunidad si el país fortalece las bases que permiten adaptarse a trabajos, herramientas y oficios que seguirán cambiando.
CAMBIO: En una columna reciente, usted planteó una pregunta: “¿Para qué sirve la educación?”. ¿Cómo respondería hoy esa pregunta en el contexto colombiano?
CLAUDIA RESTREPO MONTOYA: Le respondería con la idea de Martha Nussbaum que más me ha marcado, la de que la educación sirve para desarrollar capacidades, es decir, aquello que una persona puede ser y hacer con su propia vida, y en el contexto colombiano eso significa que un joven tenga las herramientas para decidir su futuro sin importar su origen, para construir un proyecto de vida propio y para pensar en el ser y en el hacer como parte esencial de su existencia, porque la educación es, ante todo, el mecanismo más poderoso que tenemos para ampliar el horizonte de lo posible y para que las personas puedan moverse de un lugar social a otro, aportando al país desde su propio talento, en lugar de ser un valor abstracto que se defiende por sí mismo.
CAMBIO: Usted dice que solemos afirmar que la educación es importante, pero no siempre sabemos explicar para qué sirve. ¿Qué ha perdido Colombia al quedarse tantas veces en esa valoración un poco abstracta?
C.R.M.: La Encuesta Mundial de Valores confirma que educarse es la aspiración personal más alta entre los colombianos, con un 99 por ciento por encima de tener casa propia, trabajo o carro, pero cuando se pregunta cuáles deben ser las prioridades del país para la próxima década, la educación no aparece entre las cinco más mencionadas, mientras que ahí gana el crecimiento económico, con un 50 por ciento y mantener el orden, con un 40 por ciento y ese contraste tiene que ver, en el fondo, con el sentido de urgencia, pues al entenderse la educación como un valor de futuro, algo que rinde frutos a largo plazo, no se prioriza en las acciones del presente, que es donde compiten el crecimiento económico o la seguridad con resultados inmediatos, y por eso Colombia ha perdido continuidad en su acción pública, pagando ese aplazamiento en cobertura estancada, trayectorias rotas y talento que no llega a desarrollarse.
CAMBIO: En esa misma columna usted retoma la idea de Martha Nussbaum de la educación como desarrollo de capacidades, lo que una persona puede ser y hacer con su vida. ¿Qué capacidades debería estar formando hoy el sistema educativo colombiano?
C.R.M.: El sistema educativo colombiano debería estar formando, en primer lugar, las capacidades de base que son la lectoescritura y el razonamiento matemático, porque sin ellas ningún aprendizaje posterior logra sostenerse, y junto a eso la capacidad de pensar críticamente, de adaptarse y de aprender a aprender, porque el mundo del trabajo y la tecnología van a seguir cambiando más rápido de lo que cambian los currículos, sin dejar de lado la capacidad de agencia, que es sentirse capaz de decidir sobre la propia vida y no solo de recibir instrucciones, ni tampoco la imaginación, que es la capacidad que integra el humanismo y la ciencia y que nos permite pensar futuros distintos a los que ya conocemos. Y, finalmente, las capacidades de convivencia, como la confianza, la responsabilidad y la tolerancia, que son precisamente los valores que la Encuesta Mundial de Valores muestra más débiles en nuestra sociedad.
CAMBIO: Muchos jóvenes no hablan de la educación como un valor abstracto, sino como una posibilidad de moverse, de llegar a lugares a los que sus familias no llegaron, tener opciones, abrirse camino. ¿Sigue siendo la educación una promesa real de movilidad social en Colombia?
C.R.M.: La Encuesta Mundial de Valores muestra que educarse es la aspiración más compartida entre los colombianos, sin distinción de edad, región o estrato, y que los jóvenes la sostienen con la misma fuerza que el resto de la sociedad, lo cual confirma que la educación sigue siendo la promesa de movilidad social más creíble que tenemos, aunque el problema no es que esa promesa haya perdido sentido para la gente sino que el sistema no siempre la cumple, y cuando la trayectoria educativa se rompe a mitad de camino, esa promesa se convierte en frustración, que es el riesgo real que enfrentamos hoy.
CAMBIO: ¿En qué momento se rompe con más frecuencia esa promesa, en la educación básica, en el tránsito hacia la educación superior o en la vida laboral?
C.R.M.: Esa ruptura tiene su origen desde la educación básica, en la que no siempre se logran consolidar las competencias fundamentales, de modo que muchos jóvenes ya llegan a la educación media arrastrando desventajas que el sistema no corrigió a tiempo, y es justamente en la educación media donde, al no ver opciones reales de continuar hacia la educación terciaria, muchos desisten antes incluso de intentarlo, y ese embudo continúa hacia la educación terciaria y la llegada a la vida laboral, porque no se ofrecen trayectorias más flexibles, ni la validación de los tramos de formación que cada quien ya ha recorrido, ni un tránsito fluido entre estudiar y trabajar, y ahí es donde perdemos a quien trabaja mientras estudia, a quien viene de la periferia o a quien llegó tarde por cualquier razón, porque no caben en el molde y muchas veces terminan empezando de cero o no empezando.
CAMBIO: El capítulo colombiano de la Encuesta Mundial de Valores muestra que la educación tiene una valoración muy alta en la sociedad, pero no siempre se convierte en prioridad pública. ¿Por qué cree que ocurre esa distancia entre lo que decimos valorar y lo que realmente priorizamos como sociedad?
C.R.M.: Esa distancia ocurre porque hemos defendido la educación con el argumento equivocado, presentándola como un valor cultural o moral que simplemente es bueno tener, y ese argumento pierde frente a cualquier propuesta que prometa resultados visibles en el corto plazo, como el empleo, la seguridad o el crecimiento económico, mientras que el argumento de las capacidades, el que plantea Nussbaum, es mucho más difícil de sostener en el discurso público porque exige explicar con evidencia qué gana un país cuando invierte en el talento de su gente, y mientras no sepamos hacer ese ejercicio, la educación seguirá siendo importante en el discurso y secundaria en el presupuesto y en la agenda pública.
CAMBIO: ¿Qué nos dice sobre Colombia que la familia, el trabajo y la educación sigan apareciendo como pilares tan fuertes del proyecto de vida de las personas?
C.R.M.: Se trata, en el fondo, de un asunto de agencia, porque la familia, el trabajo y educarse son los tres valores más compartidos por los colombianos, casi todos por encima del 95 por ciento y son también los tres terrenos donde las personas sienten que todavía pueden ejercer control sobre su propia vida, en contraste con la baja confianza que se tiene en el Estado y en los demás, y eso es una base valiosa para construir, pero también una responsabilidad, porque si esos pilares no encuentran instituciones que los acompañen, la sociedad seguirá sosteniéndose casi sola en el esfuerzo individual y familiar.
CAMBIO: ¿Qué papel pueden cumplir las instituciones educativas en la reconstrucción de confianza en un país tan fragmentado?
C.R.M.: Las instituciones educativas pueden cumplir un papel central, porque ya cuentan con algo escaso en Colombia, que es la legitimidad, ya que la Encuesta Mundial de Valores muestra que las universidades están entre las instituciones en las que más confían los colombianos, y esa confianza es un activo que debemos honrar. Si las instituciones educativas actúan con coherencia se convierten en un terreno de práctica para esa confianza que después se traslada a la vida pública.
CAMBIO: Usted ha advertido que Colombia tiene una ventana de tiempo limitada para no perder una generación de talento. ¿Qué significaría, en términos concretos, perder ese talento joven?
C.R.M.: Concretamente significa desperdiciar la última ventana amplia de bono demográfico que tendrá el país, porque, según el Dane, entre 2025 y 2035, la población en edad de asistir a la educación superior, entre los 17 y los 21 años, se reducirá en apenas 88.000 jóvenes, mientras que entre 2035 y 2045 esa caída será de medio millón, de modo que después de esta década entraremos en una era de impuesto demográfico, con dos dependientes por cada tres personas en edad productiva, y ese talento que hoy tenemos y no formamos no va a estar disponible después para sostener la economía ni el desarrollo social y humano del país; un riesgo que ya se refleja en que la cobertura en educación superior se desaceleró de forma notable, al pasar de 42,3 por ciento a 52,8 por ciento entre 2012 y 2017, pero llegando apenas a 55,4 por ciento en 2023, todavía muy lejos del promedio de 75 por ciento de los países de la Ocde, y cada año adicional de escolaridad que no logramos sumar se traduce en ingresos per cápita que podrían ser entre 30 por ciento y 40 por ciento más altos.
CAMBIO: ¿Qué decisiones debería tomar el país desde la educación básica para no seguir construyendo el futuro sobre bases débiles?
C.R.M.: La decisión más urgente es actuar temprano en el ciclo educativo, porque la evidencia muestra que los rezagos en lectura y matemáticas no aparecen de golpe en noveno o en once, sino que empiezan pequeños en los primeros años de primaria y se acumulan como una bola de nieve, encareciéndose cada vez más a medida que avanza la trayectoria, hasta el punto de que cada punto porcentual adicional de estudiantes que no logra las competencias básicas le cuesta a la región cerca de 50.000 millones de dólares al año. Así que lo primero es un plan nacional de recuperación temprana en lenguaje y matemáticas, focalizado en las instituciones con mayor concentración de estudiantes rezagados, con priorización curricular de lo esencial, refuerzo en grupos pequeños y acompañamiento pedagógico estructurado. Lo segundo es fortalecer la capacidad institucional de las escuelas con mayores brechas, que hoy son precisamente las que menos herramientas tienen para cerrarlas, atrayendo y reteniendo allí a los docentes de mejor desempeño. Y lo tercero es consolidar un sistema nacional de información educativa continuo y comparable, que garantice la continuidad de pruebas como Saber y permita ajustar las decisiones con evidencia en lugar de reaccionar tarde, cuando el rezago ya es mucho más costoso de corregir.
CAMBIO: En su columna señala que el sistema expulsa silenciosamente a quienes más necesita retener, el que trabaja mientras estudia, el que viene de la periferia, entre otros. ¿Cómo debería cambiar la educación para que eso no suceda?
C.R.M.: Tiene que dejar de exigirle al estudiante que se adapte a un diseño rígido y empezar a diseñarse a partir de las trayectorias reales de los jóvenes, lo que significa rutas de acceso más diversas a la educación terciaria que reconozcan la experiencia laboral y no obliguen a empezar de cero en cada etapa, horarios y modalidades que convivan con el trabajo, mecanismos de alerta temprana que detecten a quien está a punto de desertar antes de que eso suceda, y un trabajo mucho más sólido por el acceso de los jóvenes talentosos que hoy se quedan por fuera simplemente por su origen, porque hoy la cobertura se estanca y los programas se regulan por su propio diseño y no por la flexibilidad que la vida de los estudiantes exige, y esa es, exactamente, la lógica que hay que invertir.
CAMBIO: La tecnología y los cambios en el mundo del trabajo están transformando lo que significa formarse. ¿Cómo preparar a los jóvenes para ese futuro sin reducir la educación a una simple capacitación laboral?
C.R.M.: Aquí es clave destacar algo que parece contraintuitivo, y es que entre más sofisticación exige la apropiación de tecnologías emergentes, más se necesita de lo más básico, que es la lectoescritura y el razonamiento matemático, porque son esas competencias las que desarrollan el pensamiento crítico, la capacidad de aprender a aprender, de hacer las preguntas correctas y de resolver problemas, que son precisamente las competencias esenciales para adaptarse a los cambios del mundo del trabajo. En ese sentido, la Encuesta Mundial de Valores muestra un punto de partida valioso, porque los jóvenes colombianos son quienes más confían en que la inteligencia artificial es positiva para la humanidad, muy por encima de las generaciones mayores, pero ese optimismo solo se traduce en oportunidad real si viene acompañado de esas bases, y no de herramientas específicas que van a quedar obsoletas, porque la educación tiene que preparar personas capaces de aprender durante toda la vida y no solo trabajadores capacitados para un puesto que quizás no exista en diez años, que es justamente la diferencia entre formar y simplemente capacitar.
CAMBIO: ¿Qué alianzas deberían construirse entre universidades, Estado, empresas, cajas de compensación y organizaciones sociales para ampliar oportunidades educativas?
C.R.M.: Deberían construirse alianzas con dos propósitos distintos: mejorar la calidad en la educación básica y ampliar el acceso en la educación terciaria, combinando lo que cada actor sabe hacer mejor; las universidades con formación y evidencia, el Estado con escala y política pública; las empresas y las cajas de compensación con financiamiento, becas y rutas hacia el primer empleo, y las organizaciones sociales con cercanía territorial y confianza. La clave está en que estas alianzas se sostengan en el tiempo y no dependan de un solo gobierno, porque los resultados en educación se ven a diez o quince años.
CAMBIO: EAFIT es una universidad nacida en una región con una fuerte tradición empresarial, social y cultural. ¿Qué puede aportar Antioquia a la conversación nacional sobre educación, talento y futuro?
C.R.M.: Antioquia puede aportar su experiencia de articular educación, empresa y sociedad civil como pocos territorios en el país lo han hecho, con una cultura de emprendimiento y de innovación que ya es parte de su identidad, mecanismos de articulación entre universidades, empresas y organizaciones sociales que llevan años funcionando, y proyectos compartidos como el Fondo Futuro que muestran cómo se puede movilizar recursos y voluntades hacia el talento joven; los datos de la propia Encuesta Mundial de Valores lo confirman, porque es una región con una fuerte tradición de trabajo y de empresa, y esa base es un punto de partida valioso para aportarle a la conversación nacional sobre educación y talento.
CAMBIO: Si pudiera compartirle una sola idea al país sobre la educación, como tarea urgente, ¿cuál sería?
C.R.M.: La idea sería que dejemos de preguntarnos si la educación es importante y empecemos a responder, con hechos, para qué sirve, porque Colombia tiene hasta 2035 para no perder una generación de talento. Ese talento se nos está yendo no porque los jóvenes no quieran aprender, sino porque el sistema que construimos para recibirlos sigue atrapado en esa pregunta más básica, cuando no hay recurso más valioso para un país que las capacidades de su gente, y no habrá mejor momento que este para decidir que ese talento no puede seguir esperando.
*Este contenido hace parte de 'Lo que somos, cómo nos vemos. Los valores que mueven a los colombianos hoy', una alianza de CAMBIO, la Alcaldía de Bogotá, Comfama, Invamer y SURA, a partir de la Octava Ola de la Encuesta Mundial de Valores (2018–2024)
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