
Del campo a la mesa: la cadena que sostiene la seguridad alimentaria en Colombia
Detrás de los alimentos que llegan a la mesa de los colombianos existe una cadena de personas, conocimientos, tecnología, producción e infraestructura que comienza mucho antes de que un producto llegue a un punto de venta. Fortalecerla es parte del reto de garantizar la seguridad alimentaria en el país.
Por: Valentina Giannini
Cuando una persona entra a una tienda y elige un producto de una nevera, probablemente no piensa en todo lo que tuvo que suceder para que ese alimento estuviera allí: de dónde viene, quiénes participaron en su producción o qué procesos hicieron posible que estuviera disponible.
En el caso de los cárnicos, esa compra es apenas uno de los momentos de un proceso mucho más amplio en el que la tierra, las materias primas, los conocimientos y el trabajo de cientos de personas se articulan para producir, transformar y llevar los alimentos hasta los hogares.
Ese proceso cobra mayor importancia a medida que cambian los hábitos de consumo. En los últimos 15 años, el consumo per cápita de carne de cerdo, por ejemplo, pasó de 4,8 kilogramos en 2010 a 15,8 kilogramos en 2025, un aumento del 229,2 por ciento. Este crecimiento plantea el desafío de fortalecer las capacidades necesarias para producir y abastecer de manera constante a la población.
Una cadena que comienza en el campo
Antes de que un alimento esté listo para el consumo, están los campos y todo lo que ocurre alrededor de ellos. Es allí donde las materias primas, el conocimiento y el trabajo comienzan a convertirse en alimentos. Un ejemplo de esta integración es el modelo de Agropecuaria Aliar S.A., a través de su marca La Fazenda. Su operación articula etapas clave de la cadena productiva: desde la adecuación de los suelos y la producción de materias primas para la alimentación animal, hasta la producción porcina y bovina, la transformación industrial y la comercialización de carne, derivados cárnicos y lácteos para el consumo humano.

Así, asegurando la creación de valor para todos, la empresa produce la base alimentaria destinada a la nutrición del ganado bovino y porcino en sus diferentes etapas de desarrollo. Esto lo hace a través de concentrados producidos in house, aceite de soya, torta de soya y cascarilla. Para sostener esta operación cuenta con cuatro núcleos de producción de maíz y soya que, en conjunto, producen al año más 50.000 toneladas de soya y casi 27.000 toneladas de maíz.
Se trata de garantizar la trazabilidad y el control de cada detalle a lo largo de la cadena, desde la producción de materias primas y la alimentación de los animales hasta la transformación de los productos. Esto permite cuidar la calidad a lo largo del recorrido que hace el alimento antes de llegar al consumidor.
Pero la seguridad alimentaria no se centra únicamente en la capacidad de producir. También requiere un abastecimiento estable y que los alimentos estén disponibles de acuerdo con las necesidades y posibilidades de los consumidores.
Agropecuaria Aliar conecta esa capacidad productiva con el consumo de los hogares a través de La Fazenda. En Colombia, las familias se abastecen mediante una combinación de tiendas de barrio, plazas de mercado, grandes superficies, formatos de hard discount, puntos de venta especializados y plataformas digitales. De este modo se amplían las posibilidades de acceso y se contribuye a democratizar el consumo de la proteína animal mediante distintas alternativas de precio, presentación y conveniencia.
La conexión con el consumidor implica también reconocer que los hogares no compran, cocinan y consumen de la misma manera. Por eso, el desarrollo de productos, porciones, presentaciones y formas de preparación busca responder a diferentes necesidades y momentos de consumo.
El tejido humano y el desarrollo del territorio sostienen el proceso
En este ejercicio de transformación regenerativa del territorio a partir de la producción de alimentos respetuosos, cobra valor el cuidado de la naturaleza y el mantenimiento de climas positivos, con la temperatura, la humedad y la luz óptimas para la producción, así como la construcción de tejidos comunitarios con las comunidades indígenas y campesinas de la región.
Porque la seguridad alimentaria también implica fortalecer las capacidades productivas de la zona donde se origina parte de esa cadena; desde la puesta en marcha del proyecto agroindustrial, se han venido desarrollando y fortaleciendo Tejidos Comunitarios, una iniciativa que se desarrolla hombro a hombro con las comunidades indígenas y las familias campesinas de la región.
Para Antonio Rubio Yepes, líder indígena Sikuani del Resguardo Wacoyo, ubicado en Puerto Gaitán, Meta, una de esas transformaciones comenzó con algo tan concreto como aprender a trabajar las sábanas de la Altillanura. “En la época de antes nosotros no trabajábamos en la sabana porque no teníamos con qué trabajar, no teníamos tractor, mucho menos [conocíamos] el producto que daba”, recuerda.

La llegada de nuevas herramientas y conocimientos abrió otras posibilidades productivas. “Hoy en día nosotros trabajamos con la empresa. (...) Hoy producimos yuca, maíz, plátano, arroz”, cuenta Rubio. El acompañamiento también ha incluido insumos para fortalecer la producción de la comunidad, como un abono orgánico que, según explica, ha contribuido a los cultivos y al “buen vivir” de las comunidades indígenas.
En este marco de cooperación, la comunidad hace parte del proyecto como socio estratégico, lo que ha permitido fortalecer la participación de indígenas en la producción, mejorando la nutrición y la calidad de vida de los integrantes del resguardo a través de los beneficios económicos que obtienen con la venta de excedentes e sus productos.
Para la comunidad, esos ingresos se han traducido en mejoras en la vivienda y mayores oportunidades de educación para los jóvenes. También han encontrado nuevas formas de producir alimentos y de relacionarse con los recursos del territorio, mantenido su cosmovisión y sus saberes ancestrales. “Lo que hemos cambiado es el tema de ir a cazar, a matar los animalitos, pues ya tenemos el criadero de pescado [y de] otros animales como el conejo, el cuy”, cuenta Rubio.
Cultivar oportunidades para las mujeres
En este sentido, la experiencia de María Ninfa San Cano, habitante de la finca Las Leonas, muestra cómo el fortalecimiento de las capacidades productivas ha ido transformando la relación de la comunidad con su territorio.
Cuando llegó a la vereda en 2005, 126 familias habían recibido una finca ganadera con poca infraestructura para producir. Con el tiempo, algunas familias decidieron irse. Quienes permanecieron buscaron nuevas maneras de hacer productiva la tierra. Con el acompañamiento de otros actores de la región, experimentamos con materia orgánica, compostaje y bioinsumos, y se ampliaron los cultivos de plátano, yuca, hortalizas, pimentón y otros productos. Para Ninfa, este proceso abrió nuevas oportunidades económicas para las mujeres: “Cuando nosotras ya vemos que podemos producir (...) es una plata que nos llega a las mujeres (...) y de verdad que eso es valiosísimo porque nos da autonomía y muchas cosas más”.
Los esfuerzos que permiten abastecer y nutrir
Las experiencias del resguardo Wacoyo y las familias campesinas de Las Leonas ocurren en contextos diferentes, pero ambas muestran que producir alimentos implica desarrollar capacidades, incorporar conocimientos, aprovechar los recursos y construir condiciones que permitan sostener la producción en el tiempo.
Con esto, el impacto en la transformación social y económica de las comunidades de la altillanura ha sido grandísimo. En primer lugar se ha venido asegurando la soberanía alimentaria de las comunidades. Se han venido atendiendo los problemas nutricionales de los más vulnerables: madres y mujeres campesinas, niños lactantes e infantes en especial y se ha hecho un frente común contra la pobreza extrema.

Modelo de economía circular
Este modelo de desarrollo también incluye el aprovechamiento de los recursos dentro de la propia cadena. En un trabajo conjunto con expertos, que no ha estado libre de desafíos, se han establecido formas de trabajo para proteger las fuentes de agua, los humedales naturales y el paisaje mediante prácticas de producción sostenible y conservación. En esa línea, la porquinaza es tratada en biodigestores: el biogás se aprovecha para generar energía, los componentes sólidos se utilizan como fertilizantes y los líquidos se emplean para irrigar y nutrir las pasturas destinadas a la producción ganadera.
Así, lo que resulta de un proceso puede convertirse en insumo para otro. Una semilla se transforma en alimento para los animales y posteriormente en alimento para las personas, mientras parte de los residuos vuelve al sistema en forma de energía o nutrientes. Más que iniciativas aisladas, estas acciones responden a otro desafío de la seguridad alimentaria: aumentar la producción de alimentos sin incrementar en la misma proporción el consumo de recursos y la generación de residuos.
La nutrición es la esencia de la seguridad alimentaria
Pero no se trata solo de la producción de alimentos, si no de la nutrición. La proteína cumple un papel fundamental en la alimentación al contribuir al crecimiento, desarrollo y mantenimiento del organismo a lo largo de toda la vida. Al mismo tiempo, una alimentación adecuada no depende de un solo nutriente o alimento, sino de una dieta diversa y equilibrada.

Por eso, el reto no consiste únicamente en aumentar la cantidad de alimentos disponibles, sino en lograr que esa capacidad productiva se traduzca en opciones de calidad, accesibles y adecuadas para las necesidades de los consumidores.
Para Agropecuaria Aliar–La Fazenda, esta visión se conecta con su propósito Nutriendo el mañana: producir de manera responsable, fortalecer el abastecimiento y ampliar el acceso, manteniendo la conexión entre el campo y la mesa de los colombianos.
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