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Tecnología para incluir
Participantes de una actividad de Makaia trabajan con herramientas digitales como parte de sus procesos de formación y apropiación tecnológica | FOTO: cortesía Makaia.
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Tecnología para incluir

La Encuesta Mundial de Valores muestra que el 42 por ciento de los consultados en el Valle de Aburrá cree que el mundo está mejor gracias a la ciencia y la tecnología, frente al 33 por ciento del resultado nacional. Les contamos cómo las herramientas digitales abren oportunidades y qué falta para que más personas las aprovechen.

Por: Carlos Marín Calderín

Una mujer con baja visión puede pedir una cita médica o hacer un trámite sin depender de que alguien lea la pantalla por ella; un productor de papa en Boyacá puede consultar desde su finca información sobre el clima, los precios o la comercialización de su cosecha, y un indígena arhuaco en la Sierra Nevada de Santa Marta puede usar un teléfono para comunicarse con una institución sin bajar de la montaña. En estas escenas, separadas por geografías diferentes, la tecnología y la innovación sirven para derribar barreras y abrir oportunidades que antes estaban fuera del alcance de muchas personas.

Según el capítulo colombiano de la Octava Ola de la Encuesta Mundial de Valores, el 33 por ciento de los consultados cree que el mundo está mejor gracias a la ciencia y la tecnología; en el Valle de Aburrá, esa percepción sube al 42 por ciento. Frente a la inteligencia artificial, la edad también marca diferencias, pues la valoración positiva llega al 49 por ciento entre quienes tienen de 26 a 35 años y baja al 39 por ciento entre los mayores de 56.

Carlos González, director ejecutivo de Makaia, una organización que trabaja en el desarrollo de habilidades digitales para ampliar oportunidades educativas, laborales y sociales, explicó: “La tecnología es un habilitador de oportunidades, pero las habilita para aquellos que tenemos acceso y, más aún, que sabemos cómo utilizarla; de lo contrario, amplía las brechas”.

Para Alejandra Robledo Silva, directora ejecutiva de la Fundación Saldarriaga Concha, que trabaja por la inclusión de las personas con discapacidad y las personas mayores, la oportunidad está en que lo digital deje de ser un espacio donde otros hacen las cosas por una persona y se convierta en una herramienta para gobernar su propia vida. “La tecnología cierra brechas cuando devuelve a la persona la capacidad de decidir y actuar sin intermediarios: agendar la cita, cobrar el subsidio, leer la noticia, presentar el examen, postularse al empleo. (…) Un lector de pantalla, una interfaz por voz, una plataforma que se adapta al ritmo de quien la usa no son prótesis técnicas. Son extensiones de la voluntad”, afirmó.

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Alejandra Robledo Silva, directora ejecutiva de la Fundación Saldarriaga Concha, organización que trabaja por la inclusión de las personas con discapacidad y las personas mayores | FOTO: cortesía FSC.

Estar conectado no es suficiente

Tener un teléfono inteligente y conexión a internet no significa necesariamente saber aprovechar todos los recursos que ofrecen. Desde la experiencia de Makaia, una de las brechas se identifica en personas que usan la tecnología para comunicarse o resolver asuntos cotidianos, pero que todavía no encuentran en ella una herramienta para mejorar sus posibilidades económicas, trabajar o estudiar.

“Cuando una persona tiene acceso a la tecnología, tiene su smartphone y tiene conectividad, pero no tiene habilidades digitales, el uso de la tecnología e internet se convierte en un uso para el día a día: para conversar, hablar con sus familiares o con sus vecinos. Eso está bien, pero no le permite sacar un provecho educativo o productivo a la tecnología”, explicó Carlos González.

El director de Makaia señala que el panorama cambia cuando la persona sí tiene habilidades digitales, incluso si vive en una zona apartada y no dispone de acceso permanente. “Esa persona sabe qué puede lograr con la tecnología y busca la forma de acceder a ella para aprovechar esas oportunidades. Se va para una biblioteca, una escuela o un centro cultural, y allí accede a la tecnología y resuelve su necesidad o accede a la oportunidad que tiene. Por eso digo que, para nosotros, el tema más importante son las habilidades digitales”, explicó.

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Carlos González, director ejecutivo de Makaia, durante una actividad de la organización. Makaia trabaja en el desarrollo de habilidades digitales para ampliar oportunidades educativas y laborales en distintas comunidades | FOTO: cortesía Makaia.

El diseño también puede excluir

La brecha también aparece cuando el problema no está en las habilidades de quien usa la tecnología, sino en la manera como fue concebida. Alejandra Robledo Silva advirtió: “Casi todo servicio digital –público o privado– se construye para un usuario promedio que en rigor no existe, y la accesibilidad llega después, como remiendo, cuando el edificio ya está levantado. La Convención (Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad) pide exactamente lo contrario: accesibilidad como condición previa, no como ajuste posterior. Diseñar para el promedio es una forma elegante de excluir”.

Así avanza la transformación digital

En 2025, cerca de 6.000 millones de personas (el 74 por ciento de la población mundial) usaban internet, mientras 2.200 millones seguían desconectadas, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones. En América Latina, el Índice Mundial de Innovación 2025 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) ubicó a Chile como líder regional, seguido por Brasil y México. Colombia ocupó el puesto 71 entre 139 economías y el quinto lugar entre 21 países de América Latina y el Caribe.

Además, en el país, el 73,9 por ciento de los hogares tenía acceso a internet en 2025 y el 82,3 por ciento de las personas de 5 años y más lo utilizaba, según la Encuesta de Calidad de Vida del Dane. Las cifras muestran cuánto se ha avanzado y, al mismo tiempo, el tamaño de la tarea pendiente.

“Más del 50 por ciento de las personas con discapacidad en Colombia no tiene acceso a internet. Esta desconexión digital se agudiza según la ubicación geográfica de las familias, alcanzando una exclusión del 75,7 por ciento en las zonas rurales (2022). Para una persona con discapacidad en zona rural, estar por fuera de internet es quedar por fuera de la cita, del trámite y del curso, pero también de la conversación, del grupo familiar de WhatsApp, de la posibilidad de pedir ayuda a tiempo. La brecha digital es también una brecha afectiva”, advirtió Robledo Silva.

Esa capacidad de convertir las habilidades digitales en oportunidades concretas se refleja, por ejemplo, en BeTek, una iniciativa que nació en Makaia. A través de sus programas intensivos de formación tecnológica, prepara a jóvenes y adultos en áreas como desarrollo de software, análisis de datos, computación en la nube y ciberseguridad, y los conecta con oportunidades laborales.

“En ese programa tenemos una tasa de inserción laboral del 60 por ciento (…) Para ellas, esa inserción y el dinero que devengan de su salario les permiten movilizarse socialmente”, explicó González.

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Una jornada de conversación y trabajo colectivo de Makaia. La organización desarrolla procesos de formación digital desde los 5 años y sin límite superior de edad; actualmente, su estudiante de mayor edad tiene 69 años | FOTO: cortesía Makaia.

Personas con discapacidad, una responsabilidad compartida

“Quien diseña para los extremos –para quien menos ve, menos oye, menos puede– produce mejores productos para todos. (…) La accesibilidad no es caridad, es una forma superior de inteligencia comercial que aumenta el tamaño de mercado, eleva la productividad y construye ventajas competitivas. A las organizaciones sociales nos corresponde producir evidencia, documentar qué funciona y garantizar que la voz de las personas con discapacidad esté en el diseño desde el principio, no en la validación final”, insistió Alejandra Robledo.

González también insistió en que las habilidades digitales no pertenecen a una edad determinada. En Makaia trabajan con personas desde los 5 años y sin un límite superior de edad (hoy la estudiante más adulta tiene 69 años), porque las necesidades cambian a lo largo de la vida: alguien puede aprender desde niño, actualizarse después o incluso reconvertir su trayectoria laboral hacia la industria digital. Robledo Silva añadió que cuando una persona resuelve por sí misma un trámite o una cita gana autonomía y libera tiempo de familiares y cuidadores.

De ahí que González plantee la necesidad de políticas y programas que fortalezcan al mismo tiempo la autonomía digital y la económica, con participación del Estado, las empresas y el sector educativo. Robledo llevó esa discusión al terreno empresarial: sostuvo que la accesibilidad puede ampliar mercados, elevar la productividad y producir mejores soluciones para todos; esto con el propósito de que la inclusión deje de ser un asunto periférico de la transformación digital.

“Al Estado le corresponde honrar lo que ya firmó. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad lleva 17 años en nuestro ordenamiento y la accesibilidad sigue tratándose como recomendación”, informó Robledo. La directora de la Fundación Saldarriaga Concha fue más allá: “Debe ser condición: ningún servicio público digital debería entrar en operación sin cumplir estándares verificables, y el Plan Nacional de Desarrollo es el lugar donde esa condición queda escrita. Brasil nos ofrece la advertencia: la accesibilidad web es obligatoria por ley desde 2016 y, aun así, apenas el 2 por ciento de los sitios del país la cumple. La norma sin verificación es una promesa sin dueño”.

El director de Makaia concluyó: “Cuando la tecnología le agrega valor a la persona y la persona lo percibe de esa manera, eso genera un ciclo autónomo que se repite. (…) Cuando una persona entiende y vive, como se dice, en carne propia, que la tecnología le agrega valor para acceder a una oportunidad o resolver un problema, a esa persona le queda activada la curiosidad para mirar qué otras cosas, qué otras oportunidades pueden activar con tecnología”.

* Este contenido hace parte de ‘Lo que somos, cómo nos vemos. Los valores que mueven a los colombianos hoy’, una alianza de CAMBIO, la Alcaldía de Bogotá, Comfama, Invamer y Sura, a partir de la Octava Ola de la Encuesta Mundial de Valores (2018–2024).

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