
UNAB: siete décadas transformando a Santander desde la educación
La Universidad Autónoma de Bucaramanga ha hecho de la educación una herramienta para transformar a Santander. Hoy, su apuesta combina acceso, innovación y conocimiento con una mirada puesta en el desarrollo de la región hacia 2050.
Hay instituciones que se explican por sus edificios, sus programas académicos o el número de estudiantes que pasan por sus aulas. Y hay otras cuya historia se entiende mejor cuando se mira lo que ocurre alrededor de ellas. La Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) pertenece a las dos categorías.
Su historia comenzó hace más de siete décadas con el Instituto Caldas, cuando algunas de las ideas que hoy son mucho más naturales como una educación mixta, laica y basada en el libre pensamiento, todavía eran novedosas en Bucaramanga. El colegio fue, en palabras del rector Juan Camilo Montoya Bozzi, una respuesta a un vacío que sus fundadores identificaron en la ciudad. En 1952 nació así una institución que buscaba formar desde la autonomía y el pensamiento crítico.
Esa semilla dio lugar a una universidad que ha ampliado el propósito de sus primeros años, en los que la necesidad era que Santander pudiera formar a sus propios administradores, contadores, comunicadores y abogados; sin embargo, con el tiempo la pregunta pasó a ser ¿qué necesita la región para enfrentar los cambios del país y del mundo?

Esa pregunta ha marcado buena parte de la evolución de la UNAB. La institución ha apostado por programas que no eran habituales en el momento de su creación, desde ingenierías como la financiera, de mercados, mecatrónica y energía, hasta artes audiovisuales y gastronomía, y ha incorporado modalidades como la educación virtual y la educación dual.
Esta última cumple ya más de 20 años. El modelo de Administración de Empresas Dual, inspirado en el sistema alemán, combina la formación universitaria con la experiencia directa en empresas. Los estudiantes pasan por distintas áreas de las organizaciones y llegan a la etapa final de su carrera con una exposición temprana al mundo laboral. Para Montoya Bozzi, el resultado es una formación con mayor contexto y madurez profesional, pero también una responsabilidad compartida: las empresas deben asumir un verdadero papel como formadoras y acompañar el proceso de los jóvenes.
La misma lógica explica otra de las apuestas tempranas de la universidad, es decir, la educación virtual. La UNAB comenzó a desarrollar programas bajo esta modalidad alrededor del año 2000 y hoy cuenta con una oferta que incluye pregrados y posgrados virtuales. El rector estima que alrededor de 2.500 estudiantes hacen parte actualmente de sus programas virtuales. La universidad ha optado por crecer de manera gradual, poniendo el énfasis en la calidad y en el acompañamiento de estudiantes que, en muchos casos, ya trabajan y tienen responsabilidades familiares.
La expansión de las modalidades educativas responde, en el fondo, a una misma idea que, en palabras de Montoya, se traduce en que “la educación tiene que adaptarse a las personas y a las transformaciones de la sociedad, y no al contrario”.

Innovar para que nadie se quede por fuera
Una de las grandes barreras para acceder a la educación superior son los costos. La pandemia hizo más evidente esta dificultad cuando las familias comenzaron a tener problemas de flujo de caja. Frente a este contexto, la UNAB decidió pensar en diferentes respuestas que superan la solución de bajar el valor de las matrículas. Así nació la ‘fábrica de soluciones financieras’, con diferentes alternativas para que los recursos económicos no fueran un determinante a la hora de estudiar.
El primer paso fue FlexiCorto, un programa que permitió pagar un semestre en tres cuotas sin intereses. Después llegaron otras alternativas, como Flexi30 y mecanismos de financiación de más largo plazo.
Entre ellos está el Plan Horizontes, dirigido a jóvenes que quieren estudiar en la UNAB, pero que no tienen los recursos para pagar su matrícula. Según explicó el rector Montoya Bozzi, el modelo permite hacer pagos mensuales durante la carrera y diferir el resto para después de la graduación. El estudiante cuenta con un periodo para ubicarse laboralmente y, cuando comienza a generar ingresos, empieza a pagar el valor pendiente. Actualmente puede tener hasta diez años para hacerlo, según las condiciones del plan.
La apuesta es significativa porque cambia el planteamiento. “En lugar de preguntarle a una familia si puede pagar hoy una carrera completa, la universidad busca establecer cómo puede acompañarla durante el momento en que tiene menos capacidad económica y permitir que el pago ocurra cuando el estudiante ya esté generando ingresos”, afirma Montoya.
La UNAB también ha creado mecanismos de emergencia para situaciones inesperadas. Si una familia pierde de manera súbita la fuente de ingresos con la que pagaba la matrícula, puede acudir a un fondo que permite cubrir temporalmente el costo de los estudios.
También está la filantropía. Desde 2021, la universidad viene fortaleciendo una cultura de donaciones destinada a financiar el acceso y la permanencia de estudiantes con talento y dificultades económicas. El Fondo de Becas Rafael Ardila Duarte es uno de los resultados de ese esfuerzo.
En 2025, la campaña de donaciones de la UNAB logró recaudar 1.667 millones de pesos. Estos recursos permitieron financiar 42 nuevas becas de carrera completa y llevar a más de cien beneficiarios del Fondo de Becas Rafael Ardila Duarte desde su creación en 2021. La Universidad reportó que todos ellos permanecen activos y que el fondo registra una deserción de cero por ciento. A esto se sumaron 20 becas de rescate para estudiantes en riesgo de interrumpir sus estudios y 27 apoyos de sostenimiento.
El resultado es la continuación de un esfuerzo que vienen creciendo. En 2024, la campaña de donaciones había recaudado 1.100 millones de pesos, con los que se financiaron 27 becas de carrera completa para estudiantes que ingresaron en 2025. Con esa cohorte, el fondo había alcanzado 60 familias beneficiadas.
Las cifras hablan de una transformación que va más allá de una beca individual. Cada estudiante que permanece en la universidad representa también una familia que puede modificar su trayectoria social y económica.

Una universidad que mira hacia 2050
Montoya Bozzi llegó a la rectoría después de una trayectoria extensa en el sector privado y gremial. Antes de asumir el cargo fue presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Bucaramanga, presidente de Urbanas y gerente de Promisión, entre otros altos cargos. Actualmente, hace parte de la junta directiva de ProSantander y es su presidente para el periodo 2026-2028.
Esa experiencia empresarial ha influido en la manera como entiende el papel de la universidad, es decir, “no como un actor aislado, sino como parte de un ecosistema en el que deben conversar la academia, las empresas, el Estado y la sociedad civil”, señala.
De allí también su participación en la construcción de la Visión Santander 2050, un ejercicio que reunió a diferentes actores de las provincias del departamento para definir una hoja de ruta de largo plazo. La apuesta busca que Santander alcance niveles de ingreso por habitante comparables con los de Portugal y se estructura alrededor de nueve misiones relacionadas con asuntos como energía, innovación y emprendimiento, educación, conexión con mercados globales, productividad rural, agua, ordenamiento territorial e institucionalidad y confianza.
Para el rector, uno de los principales desafíos ahora es conseguir que esa visión tenga continuidad más allá de los cambios políticos. Y eso implica que las instituciones regionales no solamente acompañen el proceso, sino que alineen sus propias agendas. Por eso, su instrucción dentro de la UNAB ha sido que la investigación y la formación de los estudiantes estén cada vez más conectadas con los desafíos planteados en esa hoja de ruta.
La relación entre universidad, empresa y Estado tampoco es nueva. En 2026, ese espacio de articulación llegó a su reunión número 200, después de casi dos décadas de trabajo continuo. Para Montoya Bozzi, esa persistencia es en sí misma un activo. Sentarse durante años a discutir los problemas de la región permite construir confianza y pasar de las conversaciones a proyectos concretos.
La cultura también construye país
Hace 24 años, un grupo de profesores y estudiantes de la UNAB comenzó una pequeña feria del libro dentro del campus. Con los años, Ulibro salió de la universidad, llegó al centro de convenciones Neomundo y terminó convirtiéndose en una feria cultural de Bucaramanga. La pandemia obligó a trasladarla temporalmente al escenario virtual, pero el proyecto sobrevivió.
Hoy, la feria reúne libros y autores, pero también cine, música, gastronomía y actividades para públicos de distintas edades. Es de acceso gratuito y en 2025 alcanzó cerca de 58.000 visitantes, según la institución. La versión 2026 acaba de terminar. Se llevó a cabo del 28 de agosto al 6 de septiembre. Y luego de dos décadas sigue involucrando a cientos de estudiantes como voluntarios y se consolida como un laboratorio para programas como Comunicación Social, Literatura, Gastronomía y Música.

“La historia de Ulibro resume, de alguna manera, la transformación de la UNAB. Es decir, una iniciativa que nació para responder a una necesidad interna terminó convirtiéndose en un proyecto de ciudad”, dice Montoya Bozzi.
Es lo mismo que ocurre con su apuesta por la educación. El Instituto Caldas comenzó llenando un vacío educativo en la Bucaramanga de los años cincuenta. Décadas después, la universidad busca que ningún talento se pierda por falta de recursos, que un estudiante pueda aprender dentro y fuera del aula, que una persona que trabaja pueda acceder a un posgrado virtual y que la formación responda a las necesidades productivas y sociales de la región.
Construir país desde una universidad puede ser menos visible que construir obras, pero más profundo: significa formar durante décadas a las personas que van a tomar las decisiones, crear empresas, investigar, trabajar en los territorios, participar en la vida pública y transformar sus propias familias.
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