Un misterio llamado Steely Dan
Los nueve álbumes en estudio de Steely Dan, recientemente remasterizados y mejorados en su mezcla y sonido, ofrecen varias respuestas sobre la grandeza incuestionable de una de las bandas más enigmáticas del rock.

Por Jacobo Celnik
Cuando salió al mercado Can´t buy a thrill en noviembre de 1972, álbum debut de Steely Dan, la prensa no entendió de qué se trataba. Y me refiero, particularmente, a la dificultad que tuvieron los medios para encontrar el adjetivo perfecto que definiera la música de la banda. El problema estaba en que no era un álbum de hard rock, rock and roll, jazz rock, ni de rock progresivo, pese a ciertos arreglos sofisticados que daban la impresión de ello. Tampoco eran exponentes del pop, el soul o del soft rock, muy popular en aquellos años en Estados Unidos gracias a bandas como Bread, America, los Doobie Brothers, Blood Sweat & Tears y Seals & Crofts, entre otros. Y aunque tres canciones de ese álbum debut funcionaron bajo el paraguas del pop rock, había algo en la forma como estuvo concebida la música que generó algunas dudas. ¿Qué era, entonces, Steely Dan y por qué cambiaron el curso del rock? Si se oye con atención las mediáticas Only a fool would say, Dirty work y Do it again (la más exitosa y luminosa del álbum, número 6 en las listas de éxitos de la revista Billboard) por un instante parece que nos estábamos enfrentando a la evolución del Santana más experimental de Caravanserai con lo más pop y digerible del segundo álbum de Chicago. Sin embargo, había algo mucho mas complejo que hacía de la música de Steely Dan fascinante: los arreglos imperceptibles del jazz. Y es que las canciones más sonadas del álbum debut se nutrieron del latin Jazz tan de moda en Nueva York en aquellos años.
A inicios de la década de los setenta, cuando el guitarrista y bajista Walter Becker y el teclista y cantante Donald Fagen formaron el grupo en Nueva York, con la premisa de crear música inteligente, cerebral, arriesgada, sofisticada, con intensas conexiones al jazz de Miles Davis, John Coltrane, Charles Mingus y Herbie Hancock, pero sin alejarse de las posibilidades que ofrecía el rock experimental, establecieron una marca que fue complicada de comprender para una crítica que necesitaba todo masticado y masticable para que el oyente y el lector asimilaran pronto el sentido de su música. Algo similar a los problemas que enfrentaron los artistas que transitaron por estilos como la psicodelia o el rock sinfónico a finales de los sesenta y cuyo arte en más de una oportunidad fue complicado de describir. No me imagino lo que sintió el redactor de NME cuando recibió el álbum debut de King Crimson. ¿Cómo se describe esa amalgama de estilos y sonidos cuando quien escribe no sabe de teoría musical?
Había algo mucho mas complejo que hacía de la música de Steely Dan fascinante: los arreglos imperceptibles del jazz. Y es que las canciones más sonadas del álbum debut se nutrieron del latín Jazz tan de moda en Nueva York en aquellos años.
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