
Gozar Leyendo con CAMBIO: Un viaje poético por el Chocó
Una comisión de senadores y parlamentarios de la que formó parte el político y poeta Eduardo Cote Lamus dio como resultado el 'Diario del Alto Sanjuan y del Atrato',una espléndida prosa cargada de emoción poética.
Por Darío Jaramillo Agudelo
Según esta edición, en 1988 alguien que por entonces usurpaba mi nombre, escribió que este diario “alcanza sensibles registros poéticos” y que en él “se descubre un vigor descriptivo y una percepción del paisaje chocoano, que las páginas de este diario se pueden incluir entre las mejores de la prosa colombiana”. Al leer lo anterior, creí que mi tocayo exageraba. Pero no. Se trata de una espléndida prosa cargada de emoción poética.
Para cuando lo escribió, en 1958, Eduardo Cote Lamus (Cúcuta, 1928-1964) tenía 30 años y viajó al Chocó como integrante de una comisión del Congreso. La presente edición del FCE viene con una presentación escrita por Velia Vidal, escritora nacida en el Chocó, que dice casi al terminarla: “Aún en medio de las tragedias de esta tierra, o quizás precisamente por ellas, leer el Diario hoy es como deslizarse suavemente en un chingo, a canalete, sobre el Atrato, mientras la brisa roza la cara. Se siente la fluidez de un texto en el que el autor no oculta los problemas ni ahorra adjetivos para describir la belleza. Contrario a la tendencia de los viajeros de su época, Eduardo Cote Lamus no nos ve como extraños; mira a los ojos, al mismo nivel, y construye una narración para chocoanos y visitantes de cualquier latitud, en la que los primeros nos vemos tratados con justicia y los segundos serán seducidos por un lugar extraordinario”.
De entrada, Cote describe el río San Juan: “El río es el amo de la manigua. Las piedras, los grandes árboles, los numerosos animales son sus fieles servidores. Ahora viene la canoa, da un rodeo; el negro hunde la palanca en el pecho del agua como una tosca espada y la convierte en movimiento. De lejos mira un pájaro salvaje perderse con su canto apresurado entre las copas de los árboles, y más lejos aún: por el firmamento, lo vigila el ojo grande del cielo. Pero ahí, el río no es la mano cordial sino la piel de un abrazo receloso; el agua es pesada, dolorida por la draga; lo único que flota es el agua semejante a los ojos del negro cuando se emborracha, resentido y odiado. El negro, quiero decir, río, sonríe, pero en sus ojos la embriaguez –alcohol u odio o resentimiento– achica su mirada a la anchura para volverse hondo. Si se lanza –pensaba yo– la piedra más pesada, la solidez del mineral flotaría como un pez; y si se vuelve a lanzar tampoco alcanzaría el fondo. Hay que ejecutarlo al conjuro de misteriosas palabras, de pensamientos más verdaderos, con justicia, como pide el negro que se le hable. Entonces hay que preguntar. Saber formular la pregunta, el juicio, el deseo. Hacerla redonda, sin que esté en ella, tácita, la respuesta. De buena fe, desde el hondón del alma y sin retórica. Dile negro ¿cómo entiendes el río. Y el río San Juan no huye sino permanece: es el animal más grande de la selva”.
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