
'Cassiani': la Bogotá apocalíptica de Octavio Escobar Giraldo
Octavio Escobar Giraldo
Esta novela describe un escenario distópico en el que Bogotá está dividida en dos mitades que están en guerra desde hace varios años y que, además, sufre una epidemia.
Por Adriana Villegas Botero (*)
Especial para CAMBIO.
El túnel que cruza por debajo de la carrera Séptima a la altura de la calle 42 para ir a la Universidad Javeriana esconde un secreto. En Leo Libros, una librería que funciona en medio de ese pasaje oscuro, hay una rueda amarilla de cinco radios que al girarla permite levantar una pesada puerta metálica. Parece la escotilla de un submarino pero es la entrada a un pasadizo que conduce a una Bogotá subterránea, llena de catacumbas, galerías y corredores que ayudan a ocultarse de los enemigos. ¿Cuáles enemigos? Depende del bando: los que viven de la calle 72 hacia el norte son los Conciliares y los de la 72 hacia el sur son los Bibliotequeros. Ambos grupos llevan varios años en guerra y, como si fuera poco, a Bogotá la ataca un virus mortal que obliga a la gente a vacunarse, pero algunas vacunas producen un efecto secundario en ciertas mujeres: las convierten en niñas sepia que pueden volverse invisibles cuando lo desean.
Esta Bogotá distópica, apocalíptica, llena de armas y de gente que busca pasar inadvertida es la que dibuja el escritor Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) en Cassiani, su más reciente novela. Se trata de un texto visual que se lee como si fuera un comic con un fuerte trasfondo político. La grieta que Doris Salcedo abrió en la galería británica Tate Modern en 2007 se traslada en Cassiani a la Avenida Chile: una brecha que funciona como frontera para separar a los miembros de una misma ciudad. No hay checkpoints como los que creó Héctor Abad Faciolince en su novela Angosta (2004), pero sí hay un entorno de violencia y segregación en el que los extremismos parecen tener el control de una ciudad dominada por las armas, el miedo y la muerte. Una Bogotá de historieta futurista, distinta a la que Miguel Ángel Manrique imaginó en Ellas se están comiendo el gato (2013), aunque guarda en común con esa novela la amenaza constante que obliga a los residentes a esconderse o huir.
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