
Han Kang, una Nobel que sabe dosificar el erotismo, la violencia y el dolor
Han Kang
Jorge Iván Parra, profesor de literatura, hace un análisis exclusivo para CAMBIO sobre la obra de la nueva Premio Nóbel.
La escritora Han Kang, flamante ganadora del Premio Nobel de Literatura de 2024, hace parte de una camada de novelistas asiáticas, no muy distantes en su estilo, que se vienen consolidando en la narrativa mundial, especialmente en la última década. El tiempo dirá si son un fenómeno de best seller pasajero o no. Queden mencionadas como ejemplo, la coreana Cho Nam – Joo (autora de Kim Ji-young, nacida en 1982)) y las japonesas Hiromi Kawakami (autora de Los amores de Nishino) y Yoko Ogawa (autora de La fórmula preferida del profesor). Siendo justos, ninguna con más pinta para el Nobel que escritoras de mayor fuste como, por ejemplo, Margaret Atwood y Zadie Smith. Se diría que repasando los nombres de los galardonados en los últimos cinco años (Jon Fosse, Annie Ernaux, Abdulrazak Gurnah, Louise Glück, Olga Tocarszuk y Peter Handke) a la coreana se le hubiera podido dar una espera de unos cuantos años más para premiarla. Su carrera como escritora se fue fraguando con un diario que llevaba de adolescente, formato que le permitió cuestionarse sobre el sufrimiento humano y la muerte y, sobre todo, sobre cuál sería su papel en la vida. Cuatro son las novelas por las que se le distingue, pero de dos de ellas, Blanco y Actos humanos, no hay todavía ediciones disponibles en español. Por ahora nos toca columbrar el peso de su escritura con las otras dos, ambas editadas por Random House.
La primera, La clase de griego, publicada apenas hace un año, es una hermosa novela, ubérrima en páginas de tenor poético, el cual se advierte, por ejemplo, en el recurso a símiles y sinestesias (“un silencio todavía más nítido e intenso, como el interior de una tinaja a oscuras”, “tu potente voz como de sirena en la niebla”; “nos recibía un silencio límpido”, “No te puedes imaginar cómo tu voz me acariciaba la cara”) Y es que cuando se cuenta una historia de amor entre una joven que carece del habla y un joven que carece de la vista, tiene que imponerse no sólo el lenguaje poético sino también la imagen poética. En varios capítulos la estructura narrativa es interpelada por estructuras que remiten a poemas: “He terminado de escuchar tu CD / Y ahora la noche es más profunda que hace un rato. / Tu voz ha impregnado la quietud, / Por eso la siento más cálida hoy. / Todavía faltan tres horas para que salga el sol, / Así que será mejor que duerma un poco. / Cuando apague la lámpara, vendrá la oscuridad, / La noche de mis ojos, que es más oscura que la brea, que / Es casi la misma con los ojos abiertos o cerrados”.
Los protagonistas están unidos, tanto por sus carencias como por su presencia en “la clase de griego” que de hecho también la puede tomar el lector, si es que gusta de la filología y de las lenguas clásicas. Además de la mención a Borges al inicio del libro, la novela, en su vocación literaria y en consonancia con su título y su contenido, le hace un delicado guiño a la literatura griega en el capítulo 12, titulado Noche, pues se trata de todo un periplo de menos de un día…una pequeña Odisea.
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