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Cultura

Gozar Leyendo con Cambio: Victor Hugo y Balzac, dos gigantes del siglo XIX en Francia

En esta entrega, Darío Jaramillo Agudelo examina 'Último día de un condenado a muerte', de Victor Hugo, un alegato contra las ejecuciones públicas y contra la pena de muerte en general, y 'El coronel Chabert', de Balzac, una insólita historia en la que un presunto muerto se presenta de nuevo en el mundo de los vivos.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Victor Hugo, Último día de un condenado a muerte

Cuando Victor Hugo (1802-1885) tenía 27 años, asqueado de que la decapitación fuera un espectáculo público, cosa que ocurría desde la Revolución, decidió publicar anónimamente este texto, Último día de un condenado a muerte, que una nota inicial de esta edición presenta como “un alegato contra la pena de muerte, una protesta absoluta y sin fisuras (…). En sus páginas, Victor Hugo nos presenta el sufrimiento de un condenado a la pena capital en sus últimas horas. De él no conocemos ni el nombre, tan sólo esboza su origen social. Se trata de un personaje anónimo y, por tanto, terriblemente cercano. Es alguien que sufre, que tiene miedo, que no quiere morir”.

Tres años después de la primera edición, en 1832, el mismo texto se publicó ya con la firma de su autor y un prólogo del propio Victor Hugo, en el que comienza por decir que “no conocería un fin más elevado, más santo, más augusto que éste: promover la abolición de la pena de muerte”. Y examina los argumentos que la proclaman: “Es necesario que la sociedad se vengue, que la sociedad castigue. Ni lo uno ni lo otro. Vengarse es propio del individuo, castigar, de Dios”. También la defiende afirmando que “¡hay que dar ejemplo! ¡Hay que espantar con el espectáculo de la suerte reservada a los criminales que se vean tentados a imitarlos! (…). Nosotros negamos de entrada que haya aquí ejemplo alguno. Nosotros negamos que el espectáculo de los suplicios produzca el efecto que se espera. Lejos de edificar al pueblo, lo desmoraliza, arruina en él toda sensibilidad y, por tanto, toda virtud (…). Si, a pesar de la experiencia, os obstináis en vuestra teoría del ejemplo, entonces retornadnos al siglo XVI, sed verdaderamente formidables, retornadnos a la variedad de suplicios (…), retornadnos a los torturadores jurados, retornadnos el patíbulo, la rueda, las hogueras, la garrucha, las orejas cortadas, los huesos descoyuntados, la fosa para enterrar a los vivos”.

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