
Juan Carlos Garay: un habitante de la noche
‘Seis nocturnos’, el nuevo libro de Juan Carlos Garay, es un viaje por la música y su relación con la noche, dos temas que desde siempre lo han obsesionado.
Por: Eduardo Arias
A Juan Carlos Garay se le conoce como periodista cultural experto en música con una amplia trayectoria en medios escritos y en la radio. También es el autor de varias novelas (en las que la música y la noche han sido protagonistas) e incursionó en el ensayo con su libro Seis nocturnos.
En los textos que compone esta obra Garay se vale de la música, y de su eterna cómplice, la noche, para reflexionar también sobre la condición humana y los estados de ánimo mientras da cuenta de sus conocimientos en música, otras artes y también en astronomía.
Un año atrás había reflexionado sobre Kind of blue, el mítico álbum del trompetista Miles Davis, en un pequeño libro que lleva ese nombre.
Como novelista ha publicado La nostalgia del melómano (2005), La canción de la luna (2011), Balsa de fuego (2016) y _Boreali_s (2022).
Ha ganado dos veces el Premio de Periodismo Simón Bolívar. En la actualidad presenta el programa La vuelta al mundo en la emisora HJUT, colabora con la Radio Nacional de Colombia y dirige el club de lectura El corazón es un músico solitario de la revista El Malpensante. CAMBIO habló con él sobre la música y la noche, dos de sus grandes pasiones.
CAMBIO: ¿Por qué se decidió por el ensayo en lugar de la crónica periodística o la ficción?
Juan Carlos Garay: Yo acababa de terminar una novela de casi 200 páginas y me dispuse a hacer lo de siempre en esos casos: dejar de escribir por una temporada y dedicarme más bien a leer, como una forma de cambiarle la actividad a la mente. Estaba en esa etapa de leer por simple gusto y creo que ya asomaba la idea de ensayar a escribir algo que no fuera ficción, cuando me topé con un libro llamado La noche del ensayista Al Alvarez. Me encantó. Recuerdo que pensé: “Yo podría escribir mis propias reflexiones sobre la noche”. Al final, el libro de Alvarez no se parece nada al mío, pero fue un detonante. Y, desde el punto de vista del trabajo mental, fue muy agradable cambiar de género: no pensar en construir una novela, que para mí es casi como hacer arquitectura, una cosa muy estructural, sino una colección de seis ensayos que son un poco como ríos que van fluyendo de maneras diferentes para desembocar en el mismo mar.
CAMBIO: ¿A qué se debe su interés, su gusto, su atracción por la noche?
J. C. G.: Siempre he sido noctámbulo, y justamente cuando empecé a investigar para este libro encontré las razones: los noctámbulos tenemos una alteración en el hipotálamo, que la neurogenética llama “síndrome de sueño retrasado”. Quiere decir que somos más funcionales, más lúcidos, más despiertos, cuando el resto de la gente ya está descansando. De hecho, para mí la noche ha sido siempre el momento de la escritura creativa. De día lo pragmático, de noche lo imaginativo.
CAMBIO: Desde su perspectiva, ¿por qué la noche está tan ligada a la música, a sus rituales?
J. C. G.: La noche trae consigo un recogimiento, un descenso del nivel de ruido, que favorece lo que yo llamaría “actitud musical”. Quiere decir que tanto los músicos como los oyentes estamos más dispuestos a que la música aflore cuando nos rodean la oscuridad y el silencio. Sucede que los inventos del tocadiscos y la radio alteraron esos ritos originales y hoy día podemos escuchar música en cualquier momento del día, pero hay textos de hace 100 años que sugieren que encender el tocadiscos en horas de la mañana era casi indecente. Por lo menos era disruptivo.

CAMBIO: ¿Cómo combinar literatura, música y astronomía? Aunque se refieran a la noche, en apariencia lo hacen desde lugares muy diferentes. ¿Cómo lo ve usted?
J. C. G.: Cuando pensé en la estructura del libro, en estos seis ensayos que van mostrando aspectos diferentes, efectivamente los temas estaban muy separados. Pero luego, durante la escritura, descubrí que se entrecruzaban. Es como cuando uno conversa con los amigos. Uno no dice: “Este va a ser el marco teórico de nuestra charla”, uno simplemente fluye. En este libro me pasó eso. Por ejemplo, estaba hablando de Kepler y su teoría de la música de las esferas; la idea de que el sistema solar es una especie de partitura porque cada planeta emite una vibración tonal. Y bueno, para mí se volvía inevitable conectar esa información con la obra sinfónica Los planetas de Gustav Holst, aunque haya sido escrita tres siglos después. Son conexiones para mí muy naturales y la idea fue permitir esa naturalidad en los textos.
CAMBIO: Su interés por la noche está presente en varias de sus novelas. ¿Podría decirse que ha sido un motor en su carrera como comunicador, escritor y su melomanía?
J. C. G.: Sí. El caso más claro es el de mi segunda novela, que se llamó La canción de la luna y que fue escrita con plena conciencia de cuáles eran las fases de la luna a medida que avanzaba la historia. Si mal no recuerdo, la historia transcurre en un lapso de tres meses, es decir tres lunas, y todo el tiempo apliqué ese calendario lunar porque el hecho de que fuera cuarto menguante, o luna llena, o lo que estuviera pasando en el cielo, afectaba a los personajes. Cuando terminé de escribir esa novela, pensé que ya había agotado el tema, pero mire lo curioso: el tercer ensayo de Seis Nocturnos se llama, justamente, La luna.
CAMBIO: ¿Tiene algún tema musical relacionado con la noche que lo atraiga especialmente o tenga un significado fuerte para usted?
J. C. G.: Desde que descubrí que existe un género musical llamado nocturno me propuse buscar el mayor número de ejemplos. Por supuesto, uno comienza con los Nocturnos para piano de Chopin, que son una de las cumbres del género. Pero luego uno va descubriendo que el título “nocturno”, en el contexto de una música instrumental, es más de sugerencias que de reglas. Y a pesar de que tuvo su auge en el siglo XIX, se siguen componiendo nocturnos. Recientemente descubrí los del compositor escocés Craig Armstrong, que son para dos pianos y los escribió durante la pandemia: como estaba encerrado, grabó él mismo los dos pianos y luego los mezcló en su estudio de grabación casero. Son muy evocadores.
Y aparte, para hablar del contexto latinoamericano, no puedo dejar de mencionar una joyita del bolero, que se llama Nocturnal y lo grabó Pedro Infante hacia 1955. Es una belleza. La letra habla de la luna, de los encuentros románticos y de los sueños. O sea, están todos los aspectos de la noche ahí recogidos.
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