
“La música se va a no ser que esté escrita”: Amparo Ángel
La pianista y compositora colombiana Amparo Ángel completa 44 obras en su haber con su reciente 'Concierto para violonchelo y orquesta', Op.44, que será interpretado en noviembre por el chelista colombiano Santiago Cañón durante el Festival de Música de Morelia, en México. Actualmente, sin pausa, está inmersa en la escritura de su próxima creación.
Por María Elvira Talero
Para Amparo Ángel componer requiere “más transpiración que inspiración”, afirma con su sonrisa de siempre, citando a Brahms y pareciera que este principio se extiende a sus múltiples quehaceres. Dicta clases de música con referencias exactas de grandes compositores y estilos que para mayor comprensión demuestra en uno de sus dos pianos. Organiza recorridos por el mundo aportando previamente un exhaustivo material bibliográfico, y escribe a mano los diarios de viaje, que además ilustra y entrega empastados al grupo. Toca aires populares en el acordeón con versatilidad, además del piano clásico. A esto suma su vida familiar, que comparte con sus tres hijos y nietos, y la actividad social que mantiene en especial con un asiduo grupo de amigas a las que llama “el cuarteto”.
Y es que a sus 82 años esta pianista reconoce que “no ha parado”, pues ella además de diseñar, escribir, ser galerista, pedagoga y componer, hace años produjo y dirigió el programa de televisión infantil La Flauta mágica, enfocado en la enseñanza de la música clásica. Así mismo, ha realizado la curaduría y difusión de la obra de su maestro y esposo, el finado compositor colombiano Luis Antonio Escobar.
En el principio todo fue música
Amparo Ángel aprendió música desde los 5 años, antes de comenzar a leer. Aún recuerda cuando su madre la llevaba al Conservatorio de Música de la Universidad del Cauca, en donde se sentaba a tejer en los asientos traseros mientras ella tomaba clases. En Popayán, su tierra natal, tuvo a Josefina Navia y a Monserrat Rivas de Montón como profesoras de piano y posteriormente se graduó como pianista del Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, bajo la tutela de Eduardo de Heredia.
Pero si bien su exigente formación musical y talento como intérprete del piano iban de la mano, su desarrollo como compositora se fue gestando sin un curso definido. En su juventud compuso algunas obras para voces y escribió canciones infantiles para su programa de televisión La flauta mágica.
A raíz de su convivencia con el músico Luis Antonio Escobar, se fue impregnando del oficio de componer, que profundizó posteriormente bajo las enseñanzas del director de orquesta y compositor colombiano Blas Emilio Atehortúa.
La música es etérea, la música se va a no ser que esté escrita
La obra musical de Amparo Ángel ha tenido repercusión no solo nacional sino internacionalmente. Una de sus primeras obras_, Toccata inconsútil,_ Op.13, fue interpretada por la American Wind Symphony Orchestra. Ella explica que inconsútil quiere decir “sin costuras”, como la túnica de Jesucristo. En 2007 compuso también para esta orquesta el Adagio para corno inglés y orquesta sinfónica de vientos, Op. 29. Para el Conjunto de Cámara de Nancy (Francia) compuso la obra Invitación al baile para sexteto, Op. 30; entre otras.
Aprovechando la trayectoria y gran capacidad pedagógica de esta compositora, profundizamos en su experiencia en el arte de escribir música.
CAMBIO: ¿Cómo aprender a componer?
Amparo Ángel: La composición en sí no se aprende con nadie. Se pueden conocer algunas técnicas de composición, pero la parte compositiva es muy personal. Si se tienen ideas en la mente hay que saberlas escribir y la idea, al quedar plasmada, es interpretada por los músicos. Así se logra esa conexión entre la mente del compositor, la escritura musical y el intérprete que lee lo que escribió el compositor. No sé, yo digo que la composición no se enseña, porque a ti no te pueden enseñar a tener imaginación.
Para escribir música se requiere entrenamiento. Se debe conocer la ciencia de la armonía y del contrapunto para que se vuelva un lenguaje natural. Más que un talento, es trabajo. En mi caso no es que la inspiración me llega, ella se da cuando estoy trabajando. El acorde musical es más bien efímero, así que hay que escribirlo.
CAMBIO: ¿Cómo surgió su primera obra?
A.A.: Mientras tomaba clases con Blas Atehortúa, él nos puso la tarea de hacer una fuga, que es una forma musical contrapuntística que viene desde el Renacimiento, cuando ya la música se había desarrollado bien. Y pues, ni qué decir de las fugas de Bach, que ya son perfectas, las fugas del barroco. Eso es puro contrapunto. Entonces, yo hice mi tarea poniendo en práctica lo que había aprendido tocando los 48 preludios y fugas de Bach.
Cuando Atehortúa escuchó la composición me fue indicando los pasos siguientes: que la orquestara, la empastara y llevara a la orquesta filarmónica. En ese momentico tuve miedo, pero él me dijo, “láncese, llévelo”. Y cuando me dijeron que la orquesta sí la iba a interpretar me puse muy feliz, y todavía más cuando la escuché en el concierto. Supe entonces que tenía facilidad para componer y así nació Preludio y Fuga para orquesta, en 1998.
CAMBIO: ¿Cómo se cataloga su género musical?
A.A.: Mi género musical está muy definido. Mi música es neoclásica. Yo soy conservadora de la forma musical del clasicismo y de las armonías basadas en las escalas. La música tiene unos parámetros numéricos en una tonalidad y esos mismos parámetros exactos se trasladan a otra tonalidad. Es que la música es matemática, ¡la música es rarísima! Y mi obra es también neorromántica porque ya en el romanticismo, que llega luego del clasicismo, se le dio a la música mucha más expresividad, más libertad de expresión. En el siglo XX entra el estilo contemporáneo que a mí no me llama la atención. Lo respeto muchísimo y hay compositores contemporáneos excelentes, pero no es lo que me gusta. Y en composición quiero ser honesta conmigo misma. Yo no voy a hacer una música para que me aplaudan.
CAMBIO: ¿Cuál es su rutina para componer?
A.A.: Hay ciertas enseñanzas de grandes compositores que yo he asumido como propias, y es la disciplina, el trabajo. Un gran compositor posromántico, de quien amo su música totalmente, es Brahms y fue él quien dijo que la música era 5 por ciento inspiración y 95 por ciento transpiración.
Por lo general escribo por las noches porque el día lo tengo copado. Puede ser que te sientes a componer sin tener ninguna idea en la cabeza, pero hay un instrumento que es básico e importantísimo para el compositor que es el piano. Así, tocas en el piano una melodía y tienes un papel en blanco y un lápiz y escribes esa melodía. Porque si dejas pasar un ratico se te olvidó esa melodía.
La música es etérea, la música se va, a no ser que esté escrita. Entonces el compositor escribe esa idea y de pronto se levanta a tomarse un café y vuelve, y al hacerlo puede leer la idea porque ya está escrita. La idea primaria es la melodía que cuando ya está escrita la armonizas. Le pones las notas correspondientes a los acordes que debe llevar esa melodía. Se trata de armar, armar algo lentamente, poco a poco y a conciencia. Componer es una delicia.

CAMBIO: ¿Qué influencias tiene al momento de componer?
A.A.: Todos los compositores me han traído enseñanzas ¡todos! Pero no tengo influencia de algún compositor en concreto. Hace poco compuse una serie de preludios para piano que dediqué a Frédéric Chopin, pero no quiere decir que sea el estilo de Chopin, sino que amo la figura de Chopin, su vida, todo lo que él hizo y quise hacerle un homenaje.
CAMBIO: ¿Qué siente al escuchar sus propias composiciones?
A.A.: Luego de enviar la obra escrita queda una gran incertidumbre porque uno no sabe cómo va a sonar una vez la interpreten. Hay cierta desconfianza, digamos, no porque no la vayan a tocar bien, sino porque no me guste alguna cosa que compuse. Los compositores tenemos que ser honestos y saber si la obra compuesta es buena o es mala.
Mira que Beethoven compuso muchas obras que no le gustaron y las escondía para que nadie las tocara. Escuchar la obra es materializarla. Por ejemplo, el Preludio número 3 para Chopin que compuse me lo mandó un gran concertista español que se llama Luis del Valle en un video divino y cada vez que lo oigo pienso “¡Qué lindo, me encanta!” Y no parece que yo lo hubiera escrito, es que uno no se acuerda después de qué fue lo que escribió.
CAMBIO: ¿Tiene alguna composición favorita?
A.A.: Sí, la obra más grande que he compuesto para orquesta y coros, Cantata de Navidad Parvulus Filius. Tiene una duración de más o menos 45 minutos. La letra la compuse en latín para que se toque en cualquier parte del mundo y es parte de la liturgia de la misa. Joe Broderick me ayudó a escoger las letras, porque él fue clérigo. Es una obra que me gusta muchísimo.

CAMBIO: ¿Que recomienda a las nuevas generaciones que quieren componer?
A A.: Lo mismo que a las viejas generaciones. Aprender el arte de la música, de la escritura musical. Porque la música se escribe con una cantidad de noticas, de valores de esas notas, de tiempos, de signos, como si fueran de puntuación.
Hay respiraciones, hay silencios. La grafía musical es bastante compleja y las nuevas generaciones tienen que saber escribir la música. Es así. No dejarle todo al computador porque, aunque hay programas muy serios y buenos, este se debe usar para pasar la obra del manuscrito a digital.
CAMBIO: En resumen, ¿cuál cree que es la finalidad de su vida?
A.A.: En la vida no hay finalidad. Yo no creo. No creo tampoco que hay un más allá, no creo en nada de esas cosas. Lo que tenemos es este momento, esta oportunidad de vivir, ¿no? Y ser una buena persona, ayudar a los que no saben, a los que no tienen, a los que necesitan aprender. Retribuir a otros con servicio por lo que uno ha tenido. Que la suerte que se ha tenido contribuya a que otros la puedan tener.
Es eso, esa es la finalidad de mi vida, no más.
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