
Crónica de la resurrección de dos edificios en ruinas
Realizado por la documentalista colombiana Catalina Santamaría, el largometraje ‘Squatters/ Okupas’ cuenta cómo un grupo de personas, varias de ellas colombianas, convirtieron dos edificios abandonados y en ruinas en mucho más que un hogar y lo lograron a pesar de tenerlo todo en su contra.
Por: Eduardo Arias
En Nueva York, más exactamente en la zona del Lower East Side en la isla de Manhattan, grupos de personas sin un hogar definido decidieron ocupar edificios abandonados y en ruinas. A pesar de la adversidad, la falta de calefacción y servicios básicos y el estado lamentable de estas construcciones, con el paso de los años lograron no solo volver habitables sus apartamentos sino también convertirlos en lugares de reunión y en símbolos de resistencia. Y eso no solo ante los retos, sino también ante la presión de las autoridades que en muchas ocasiones intentaron desalojarlos.
El largometraje documental Squatters/Okupas cuenta la historia de un grupo de personas que se tomaron y revivieron dos edificios abandonados y que, con el paso de los años, los transformaron hasta convertirlos en sus hogares. Catalina Santamaría, su directora, estudió cine y fotografía en Colombia y en 1995 viajó a Nueva York para complementar sus estudios en The New School, donde consolidó su amor por los documentales. Entre 2006 y 2010 trabajó en San Juan de Puerto Rico, y volvió a Nueva York donde vive y trabaja en la actualidad.
Una película que poco a poco tomó forma
Ella recuerda que el documental surgió muy lentamente, de una manera muy orgánica, a lo largo de muchos años. “En agosto de 1995 llegué a Nueva York para estudiar producción de cine en The New School. Poco después conocí, en las calles del East Village, a Ricardo Peña, un poeta colombiano que llevaba varios años viviendo allí. Él me invitó a su apartamento, ubicado en un edificio ocupado por squatters y ese encuentro me abrió las puertas a un mundo que desconocía por completo”.
Ella llevaba poco tiempo viviendo en Nueva York y, como les ocurre a muchos inmigrantes, a veces sentía la soledad de estar lejos de su tierra. “Umbrella House terminó convirtiéndose en una especie de refugio”. El apartamento de Peña tenía para ella una energía muy especial. “Las paredes estaban llenas de escritos que dejaban los visitantes; la música sonaba todo el tiempo –tangos, blues, salsa–, el humo corría por el aire y había una sensación de euforia y libertad. La puerta estaba abierta, todos los del edificio eran bienvenidos también. Era un espacio muy vivo, de encuentro y de creación”.
En ese momento realizó las primeras filmaciones en 16 milímetros y algunas grabaciones de audio, pero todavía no tenía claro qué quería hacer con ese material ni cuándo lo retomaría. Luego vinieron otros proyectos y vivió tres años en San Juan de Puerto Rico. “Cuando regresé a Nueva York, en 2010, Ricardo ya estaba enfermo y murió en 2011. Volví a grabar en su apartamento, un lugar que seguía lleno de vida a través de sus objetos, los escritos en las paredes y las huellas de quienes habían pasado por allí, pero marcado también por el vacío de su ausencia. A partir de ese momento empecé a registrar los testimonios de algunos amigos cercanos, y de ese proceso nació el cortometraje Umbrella House”.
El corto comenzó a proyectarse en muchos lugares y la reacción del público fue muy fuerte. La gente siempre quería saber más sobre esa historia y sobre el movimiento squat en Nueva York. “Recuerdo especialmente una ocasión en la que invité a mi amigo Orlando a ver Umbrella House en mi apartamento. Al terminar estaba profundamente conmovido, casi llorando. Entonces me contó que él también había sido squatter y que, junto con Héctor Quintana, había fundado Puerta 10. Además, durante años habían grabado horas de video sobre el proceso de construcción y transformación del edificio, con la intención de hacer un documental”.

Catalina Santamaría también visitaba con frecuencia Puerta 10. Allí vivía, en el primer piso, el artista colombiano Juan Salazar. “Entrar a su apartamento era como atravesar la puerta hacia otro mundo: un loft enorme, rodeado de pinturas, esculturas y arte en general. Allí se comía arepa, se tomaba chocolate y se hablaba de arte durante horas”. En el quinto piso vivía Isabel, en otro gran loft lleno de telares colgados y materiales de trabajo. “Todo ese ambiente me fascinaba profundamente. Eran espacios muy alejados de cualquier idea convencional de vivienda y, al mismo tiempo, llenos de creatividad y humanidad”.
Como había pasado mucho tiempo, Orlando le entregó ese archivo que había guardado durante décadas a Catalina Santamaría. Ella empezó a transferirlo y a verlo cuidadosamente. “Quedé impactada por la riqueza de esas imágenes y decidí entrevistarlo en 2018. A partir de esa conversación comenzaron a surgir nuevos personajes, nuevas memorias y nuevas conexiones con la historia del movimiento squat en el Lower East Side”.
Orlando conocía muy bien la historia del barrio y del movimiento squat, y cada conversación la llevó a nuevos personajes, nuevas historias y más materiales de archivo: películas en 16 milímetros, videos, fotografías y grabaciones que los mismos protagonistas habían conservado durante décadas.
Así, poco a poco, Umbrella House comenzó a expandirse. El cineasta Luis Ospina, quien fue asesor del proyecto, la animó a convertirlo en un largometraje cuando apenas tenía una versión de 45 minutos. “Fue entonces cuando el documental tomó definitivamente la forma de Squatters”.
Las grabaciones principales del largometraje las realizó entre 2018 y 2020, justo antes de la pandemia. Finalmente, a mediados de 2021 realizó las últimas filmaciones de los dos edificios. “En ese sentido, Squatters fue una película que se construyó a lo largo de más de dos décadas, entre distintos tiempos de mi vida y distintas capas de memoria”.
Si se mira en retrospectiva, Squatters podría verse como un documental de suspenso, cuyo final solo vendría a conocerse cuando se terminó de realizar.

Un futuro incierto
Cuando ella realizó las primeras filmaciones, en 1997, no se sabía qué iba a pasar con Umbrella House y Puerta 10. “Existía una incertidumbre real sobre la supervivencia de esos edificios y de las comunidades que los habitaban. Eran espacios ocupados por squatters y siempre estaba presente la amenaza del desalojo o de la desaparición de esa forma de vida”.
Esta incertidumbre seguía vigente en 2011 cuando retomó el proyecto. “Cuando empecé a entrevistar a varios de los squatters colombianos, todavía persistía la duda sobre si lograrían llegar a acuerdos con la ciudad de Nueva York para poder permanecer en sus apartamentos. De alguna manera, sí había un elemento de suspenso alrededor de la sobrevivencia de esos lugares y de las personas que habían construido allí su hogar y su comunidad".
Una banda sonora de lujo
Otro aspecto destacado del documental es la música original, escrita por Aurelio Caro, un virtuoso pianista a quien se le encomendó reemplazar algunas piezas musicales que había escogido Catalina Santamaría, pero que presentaban problemas por derechos de autor.
“A partir de esas referencias, y respetando tanto los parámetros musicales como las exigencias dramáticas del proyecto, comienzo una búsqueda orientada a encontrar melodías capaces de generar una atmósfera y una empatía similares, integrándose orgánicamente con la imagen”, dice Caro, quien además destaca la gran sensibilidad de la directora. “En minucioso trabajo de edición logra construir una relación precisa entre música e imagen. Su sensibilidad para seleccionar, cortar y ubicar el momento musical exacto permite una sincronización natural y emotiva con cada plano, potenciando la narrativa y la intensidad dramática del documental”, agrega.
La música de Caro combina escalas judías, ritmos de tango, salsa, jazz, latin jazz en piano y otros géneros, lo que aporta un acercamiento más humano a la realidad de los personajes del documental.
Lo que queda en el espíritu
Esta historia le ha dejado a Catalina Santamaría diversas sensaciones. “La principal que me queda hoy es la nostalgia, porque siento que ya no sería posible vivir algo parecido, por lo menos en Nueva York. Eran espacios y formas de comunidad que surgieron en un momento muy particular de la ciudad, y posibilidades de crear modos de vida alternativos. Con la muerte de Ricardo Peña, su apartamento dejó de ser ese gran lugar de encuentro donde siempre había música, conversaciones y puertas abiertas. Poco a poco la gente empezó a dispersarse y hubo un cambio de rumbo en esa comunidad tan cercana que se había formado alrededor de Umbrella House”, dice.
Después vino la legalización de los edificios —advierte ella— y eso fue muy importante para quienes vivían allí porque dejaron de padecer la angustia permanente de perder sus hogares. “En ese sentido fue algo positivo y necesario. Pero al mismo tiempo, para quienes visitábamos esos espacios, algo cambió profundamente. Las puertas de los apartamentos comenzaron a cerrarse y el edificio empezó a transformarse en un lugar más convencional”. Recuerda ella una frase de José Osorio que dice: “Había magia en el edificio. Ahora es un edificio normal; la magia quedó enterrada por ahí o dentro de nosotros mismos”. Una frase que resume muy bien la sensación que permanece hoy en todos ellos, como memoria de una época irrepetible que todavía sigue viva.
Esa experiencia cambió profundamente la vida de Catalina Santamaría. No solo por los momentos memorables que compartió con los habitantes de esos apartamentos, sino porque fue el punto de partida de Squatters. “A través de este documental descubrí otras formas de vida y de habitar la ciudad: maneras en las que un grupo de personas, unidas por un mismo propósito, puede construir comunidad y crear su propio lugar en el mundo”, señala.
Desde el punto de vista profesional le permitió vivir la experiencia de realizar, a lo largo de tantos años, un largometraje documental. “En cierto sentido, el proceso mismo se parecía a la reconstrucción de esos edificios: un trabajo paciente, hecho de capas, de fragmentos de memoria y de tiempo. Mi deseo de contar esta historia me sostuvo durante todo el proceso y me dio perseverancia para seguir adelante. El trabajo constante, especialmente en la edición, fue lo que finalmente hizo posible este sueño”, concluye.
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