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Cultura

Para deleitar el ojo: Darío Jaramillo analiza dos libros reportería gráfica y uno de fotografía en Gozar Leyendo con CAMBIO

Carlos Caicedo y Horacio Gil Ochoa, dos leyendas de la reportería gráfica y la fotografía en Colombia, comparten espacio con el destacado poeta español Martín López-Vega.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Carlos Caicedo, La imagen como arte

Carlos Caicedo (Cáqueza, 1929-Bogotá, 2015) es el más notable reportero gráfico colombiano. He aquí cómo se refirió a Caicedo su jefe, Rafael Santos Calderón, el director de El Tiempo: “En el camino de la vida uno se encuentra con muchos maestros, aunque geniales muy pocos. ¿Y qué hacía tan particular a un genial maestro como Carlos Caicedo? Por encima de todo, su condición humana; su humildad y generosidad; su agudo sentido del humor cachaco y su empírico profesionalismo de un gran artista y periodista. Y un poco por debajo de semejante estatura, su mirada magistral, a través de las cámaras de retratar de la vieja guardia, de esa condición humana que tanto lo conmovía; de los acontecimientos que su magnífica composición fotográfica, decidida en unos pocos segundos, lograba convertir en noticia, no pocas veces de primera página”.

De origen humilde, campesino trasladado a la ciudad, formado por sí mismo, el recuento biográfico que hace Natalia Gutiérrez cuenta que, a los 12 años, Carlos Caicedo comenzó a trabajar en un estudio fotográfico como “chino mandadero”. A los 17, en 1946, entró a trabajar como fotógrafo en el estudio de Sady González –estando allí, tomó algunas de las fotos del 9 de abril de 1948–. Después pasó como fotógrafo en El Siglo, en El Espectador, y en las revistas Cromos, Semana y Candilejas. En 1953 “se vinculó al periódico El Tiempo, donde permaneció hasta 1987”.

Mientras lo ejerció, el oficio de reportero gráfico se realizaba con las mismas limitaciones que, entonces, tenía la fotografía: hacer una toma era abrirle paso a la luz para que dejara la imagen en una película que, después, ya en un laboratorio, aplicando químicos, se revelaría el negativo que, en un paso siguiente, serviría de base para imprimirla en papel fotográfico.

El reportero no podía disparar ilimitadamente, como ahora, sino que estaba limitado por la cantidad de negativos que traía la película instalada en la cámara, casi siempre 12, 24 o 36, y muy excepcionalmente 72.

La mayor parte del tiempo que lo ejerció, el oficio de reportero gráfico era muy subvalorado. SOlo hasta mediados del decenio de 1970, muy lentamente, comenzó a considerarse como parte del arte. Al darse este hecho, el acaso más importante fotógrafo colombiano de esa época, Hernán Díaz, en compañía de Rafael Moure, realizó una retrospectiva de la fotografía de Carlos Caicedo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1974. Dice Moure que “el temperamento de Caicedo era modesto y el reconocimiento era algo que él no buscaba. A mí me da la impresión que por la gran humildad que tenía Carlos, él no se consideraba digno de una exposición y de ser notable como fotógrafo, pues él mismo se bajó de categoría o de importancia. Se escondió. Yo pensaba que con la exposición iba a surgir y volverse mucho más activo, pero no”. “A la actividad que se refiere, aclara Natalia Gutiérrez, es a la de su participación en el circuito artístico, en el que hizo algunas apariciones esporádicas”.

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Natalia Gutiérrez hace un recuento de los temas que preponderan en la obra de Caicedo. El primero es el aspecto social, “en el que recoge los múltiples rostros de la infancia, los campesinos y desplazados a las ciudades; hechos de impacto, noticias y acontecimientos; la política con sus campañas y personajes; los contrastes de los territorios urbano y rural; los deportes, en especial el fútbol y el ciclismo; la vida cotidiana; las páginas sociales –las menos interesantes para él– y el invierno, un tema que le apasionaba y que solía retratar desde la altura del edificio de redacción del periódico, en la Avenida Jiménez con Séptima (…). La revisión del archivo fotográfico compuesto por miles de imágenes inéditas muestran otros aspectos distintos a los publicados en El Tiempo”. En el archivo que cuidan sus hijos y un nieto, y que consta de aproximadamente 100.000 negativos, “es notoria su mirada profunda a los aspectos sociales de Colombia, la insistencia fotográfica de destacar al campesino caminador, a los niños trabajadores del campo o de la ciudad, y a los huérfanos que buscan su sustento en las calles. También su fijación por capturar la vida diaria del bogotano en medio de una ciudad fría y gris”.

Gutiérrez dedica algunos párrafos a mostrar las que llama “estrategias planteadas por Caicedo (…). En primera instancia se encuentra el ‘observa-calla’ señalado por su colega Daniel Samper, esa capacidad de observar en silencio aprendida en su niñez, transformada en aliada idónea para un quehacer que, en ocasiones, demanda la presencia invisible de un testigo (…). La segunda estrategia que podemos encontrar en sus composiciones es ‘el ángulo insólito’”, y cita a un colega y discípulo suyo, Francisco Carranza: “el maestro Carlos Caicedo tenía algo muy particular que eran los ángulos. Era muy curioso que podíamos estar diez, doce fotógrafos en un mismo sitio y era él el que sacaba la mejor foto (…). El ‘ángulo insólito’ se enlaza con su habilidad de capturar el ‘momento decisivo’ (…). Para Felipe Caicedo, fotógrafo e hijo de Carlos Caicedo, este es uno de los principales retos de la reportería gráfica, pues es un oficio en el que en una fracción de segundo se puede perder la imagen (…). El momento decisivo está íntimamente ligado a la captura de instantes que parecen imperceptibles para el ojo humano y que ocurren en la milésima de segundo en el que se presiona el obturador de la cámara y se cierra el diafragma. Como resultado de esta habilidad surgen cientos de fotografías que retan a la ley de gravedad: tenistas voladores, automóviles a menos de un metro del suelo antes de ser estrellados, personas flotando sobre los ríos de lluvia en la ciudad, clavadistas girando en el aire”.

Otras “estrategias” de Caicedo son: dice su hijo que “en su fotografía siempre hay un ‘mensaje subliminal’, entendiendo lo subliminal como una información no explícita u oculta (…). Gran parte de su obra surge de la observación de contrastes que dan cuenta de su mirada aguda y crítica”. Además, está esa actitud frente al trabajo que se vuelve concreta mencionando el testimonio de su familia que siempre lo recuerda con la cámara colgada al cuello. “Todas estas características: la contemplación silenciosa, los ángulos insólitos, la maestría del instante decisivo, la postura crítica o satírica que evitaba lo obvio, el trabajo continuo y el compromiso con la vocación, revelan la rigurosidad y el virtuosismo de Caicedo con las que construyó un valioso legado artístico y de memoria gráfica nacional”, resume Natalia Gutiérrez.

El libro, con el estudio de Gutiérrez y la selección hecha por su familia, es simplemente una proeza. Todas, sí, todas, las fotos son excepcionales y con el gozo de quien lo mira se confirma, una vez más, que Caicedo es el mayor clásico entre los reporteros fotógrafos colombianos.

Carlos Caicedo
La imagen como arte
Planeta/ Universidad del Rosario

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Horacio Gil Ochoa, Horacio Gil Ochoa

El libro tiene el título con el nombre del autor, pues presenta una excelente muestra de la obra fotográfica de Horacio Gil Ochoa (Barbosa, Antioquia, 1930- Medellín, 2018), escogida a partir de la colección de alrededor de 37.000 negativos de su obra que están en custodia en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
Cuando estaba a punto de cumplir 30  años, Gil Ochoa decidió retirarse de su trabajo como vendedor de materiales fotográficos de la casa Belga de Medellín para instalarse como trabajador independiente de la fotografía. Con el tiempo hizo fama –absolutamente justificada– con sus fotografías de competencias de ciclismo. Esa sola parte de su obra ya lo coloca entre aquellos reporteros gráficos que convirtieron en arte su oficio fotográfico. Pero hay más; escribe el director de la BPP, Esteban Giraldo: “Él es, claro, nuestro más grande fotógrafo de nuestro más grande deporte. El que más nos ha hecho enorgullecer, por el que hemos estado, sin complejo y habitualmente, de tú a tú con los mejores del mundo. Es, pues, el testigo anticipado, primigenio, de una de las mejores maneras de ser lo mejor que somos. Sin embargo, encasillar su vasta obra en el deporte de las bielas no solo sería una injusticia ramplona, sino una ceguera ignorante. Fue, también, en estas tierras, un fotógrafo comercial muy solvente, un retratista de novias insuperable, un esteta de los registros de obras civiles y un agudo observador de las problemáticas sociales, por sólo mencionar algunos de los otros registros en los que se destacó. Este libro reivindica también esas facetas. Quizás, por primera vez, las hace brillar con la justicia que merecen”.

Horacio Gil Ochoa
Horacio Gil Ochoa
Biblioteca Pública Piloto

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Martín López-Vega, Ábrete, sésamo

Martín López-Vega (Poo de Llanes, Asturias, España, 1975) es uno de los más notables poetas españoles de hoy. Así lo muestra Ábrete, sésamo, la antología que hace un recorrido de su obra entre 1994 y 2024. Quizá nadie como él conoce y ha incorporado a nuestra lengua la poesía escrita en otros idiomas en la Europa de hoy. Sus propios versos hacen una simbiosis, en apariencia difícil, y que Luis García Montero, el prologuista de este volumen, describe así: “la poesía de Martín López-Vega a lo largo de sus libros responde a un culturalismo vitalista, se llena de escenas, ciudades, apariciones de otros poetas, pintores, músicos, acontecimientos históricos, monumentos, porque su peregrinar y su búsqueda recorren caminos llenos de huellas, referencias que forman parte de su propia vida. De ahí que su música no suene a culturalista y encubre la habilidad rítmica para albergar las citas en la naturalidad de una conversación o de un monólogo en la propia soledad”.


Un fragmento de prehistoria de Bruno

Las mañanas de tu primer julio
salíamos cuando despertabas,
aún de oscurecida, al jardín
para ver amanecer.
Tú tenías tres meses
y no guardarás ese recuerdo,
pero para eso estamos los historiadores
de tu infancia, para dejar aquí
las cosas que te llamaron la atención:
el vuelo abstraído de una pequeñísima avispa,
la forma de abrirse las flores al amanecer,
la manera en que el viento movía los flotadores
por el agua clorada de la piscina
y cómo el sol se filtraba entre las hojas de los árboles:
sobre todo quería dejar
tu forma de sonreír al ver las hojas de los árboles
doradas por el sol.
Y cuando la mañana
en que nos acercamos a la higuera y descubrimos
que mucho antes de tiempo
un higo minúsculo había madurado:
se lo llevamos a tu madre.
Estaba muy dulce;
ella lo compartió.



Relación de reparaciones efectuadas en la Iglesia del Bom Jesús de Braga en 1853 según consta en la factura del maestro de obras Recolocar una estrella caída.

Un gallo nuevo para San Pedro y pintarle la cresta.
Poner una piedra en la honda de David.
Dorar y poner plumas nuevas en el ala izquierda del Ángel de la guarda.
Pendientes nuevos para la hija de Abraham.
Adornar el Arca de Noé.
Corrección de los diez mandamientos.
Renovar el cielo y lavar la luna.
Retocar el purgatorio y añadirle almas nuevas.
Avivar las llamas del infierno y varios arreglos a los condenados.
Limar las uñas del diablo.
 

Leyendo el periódico en voz alta

A Luis Muñoz

El mundo podría ser solo un gigantesco holograma.
Destituida la directora del museo que expuso una rana crucificada.
Xuxa demanda a una revista que la acusó de pactar con el diablo.
La CIA obtiene información de líderes afganos a cambio de Viagra.

“Sí, hay una generación que folla poco”.
“Cuando podamos crear vida no sabemos cómo evolucionará”.
“No se puede andar siempre con verdis y puccinis”.
“Las vacas serán más tranquilitas que los cadáveres”.
Roger Federer: “ahora soy más hombre”.
El Vaticano afirma que los curas no son pedófilos, sino efebófilos.
Gorbachov saca un disco romántico.
Obama también mata moscas.
Demuestran que la Tierra no está en el centro del universo.
Secuestrado un experto antisecuestros.
“Los torturadores nos ponían discos de Julio Iglesias”.
Maradona: “el agua caliente ya está inventada”.
Científicos estadounidenses confirman la existencia del amor verdadero.
El telescopio Herschel descubre una estrella imposible.
¿Sabe montar en burro Angelina Jolie?
¿De qué están hechas las estrellas?
¿Dónde están los naranjos de Granini?
Encuentran el Paraíso Perdido.
Auschwitz necesita reformas.
Estafa al karma.
Ayutthaya, testigo de una edad dorada.
Árbol desconocido
Dónde estás, árbol desconocido,
dónde tu sombra que habrá de cobijarme
un día lejano que aún no entreveo,
en qué hora, a la orilla de qué camino
que mi esperanza no alcanza a imaginar.
Habrá un segundo que resumirá todos los días,
un intervalo de luz en medio de las sombras,
un arroyo que cruzará la noche
y no será el río que atraviesa el sueño
levándose lejos los despojos de las horas.
Hay un árbol que me espera para darme su sombra,
un segundo de paz al que llegaré para refrescarme,
una corteza en la que estará grabado mi nombre
y ninguna fecha.
¿Quién conoce el camino que lleva a ese instante único?
¿Quién la única sombra que cobija y no amedrenta?
¿Dónde está ese camino? ¿Dónde esa sombra?
Hay un árbol que busco y un árbol que me espera.
Incierto me dirijo hacia ese árbol y esa hora.
Ignoro el destino exacto y el camino.
Pero un día llegaré. Y ese anhelo me salva.


Martín López-Vega
Ábrete, sésamo
Renacimiento

La chispa de la vida.webp



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Recomendado de la quincena: La chispa de la vida de Roberto Ruiz Laverde
 

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