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El lastre de las bonitas (y sustanciosas)
Restaurante Dolores en Bogotá. Crédito: Cortesía.
Gastronomía

El lastre de las bonitas (y sustanciosas)

El prejuicio sobre los restaurantes en grandes casas patrimoniales sirve de punto de partida para revisar dos propuestas bogotanas: Adriano, en Casa República, y Dolores, en Quinta Camacho; donde cocina y arquitectura buscan estar a la misma altura.

Por: Julia Londoño Bozzi

Hace poco en un chat de sibaritas en WhatsApp alguien preguntó por un restaurante italiano nuevo sobre el cual otro contestó: "La casa es divina pero la comida está ok, nada especial".  

Varios comensales se sumaron a la conversación afirmando que la cocina no estaba a la altura de la magnificencia de la casa. Algunos incluso decidieron no ir a conocerlo después de ese veredicto. Yo aún no he ido.

Algunos restaurantes comparten la fortuna, o el lastre, de estar ubicados en una casa grande y con porte. Me parece que los juzgamos por la fachada y los exponemos a cursilerías como referirnos a ellas como “el nuevo de templo” de cualquier cosa. 

Es un prejuicio el que nos hace pensar que esos restaurantes gozan de mejor locación que de cocina, algo parecido a lo que sufren las mujeres jóvenes y muy bonitas: que crean que lo atractivo de la fachada implica escasez de sustancia. Por fortuna todos conocemos a mujeres divinas que además son queridas y brillantes. ¿Con los restaurantes, estamos dispuestos a admitir lo mismo?

Les dejo la reseña de dos experiencias gastronómicas recientes en dos buenos restaurantes, ubicados en casas imponentes, para su fortuna o desdicha.

Adriano, en Casa República

Está ubicado en una casa sofisticada, patrimonial, la casa que perteneció al Club Médico, en la Avenida 85 con séptima, donde algunos todavía recuerdan cada vez que pasan que “ahí se grabó la telenovela Los Reyes”. 

La casa tiene tanta personalidad que a Adriano algunos le dicen Casa República, la locación donde convive, desde hace poco, con el restaurante Tapeo que con ese nombre se explica solo.

Adriano tiene ese aire de mansión (lámpara de revista, escaleras de película, chimenea) que intimida un poco pero no debe distraernos de la propuesta del chef Felipe González, una cocina clásica y bien ejecutada, con ADN español, que resulta confortable y técnica a la vez, como coincidirá cualquiera que haya probado su pastel de rabo de toro, un plato muy sabroso y balanceado que el chef describe como “Braseado en cocción lenta con vino tinto y Jerez y cremoso de patatas gratinado” y logra verse como algo que horneó tu tía un domingo.

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Dolores, en Quinta Camacho

Tal vez sea el nombre, que es el de la abuela del chef Leonardo Millán y era el de mi abuela materna, pero cuando oí hablar de este restaurante sentí que había nacido viejo. Tal vez también sea el hecho de habitar una casa patrimonial. Con una carta clásica que habla del esmero de la escuela francesa, Millán (quien se hizo conocido por liderar la cocina del restaurante Galenos y a quien imagino como alumno sobresaliente en la escuela de cocina) ejecuta impecablemente cada plato de su menú degustación, un menú que sabe como lo imaginaba; a cocina bien hecha. Algunas propuestas sorprenden porque dejan ver más su voz propia, como la lasagna de langostinos. 

También me sorprendió el espacio; Dolores es más moderno, iluminado y prístino de lo que lo esperaba. Detalles cercanos como la foto de la abuela del chef o el delantal de la mamá de Paula Harker, su socia y pastelera, le dan calidez a la propuesta. 

Una serie de cenas con chefs invitados refresca la experiencia y aporta una variedad más amplia de sabores, otro punto para Dolores.

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