
Poder, clases y Estado: ¿qué orden político exige la revolución de la inteligencia artificial?
Los algoritmos pueden explicar sus decisiones, pero no ser revocados, llevados ante los tribunales ni obligados a revisarlas por la presión pública. | Foto: Magnific
El domingo pasado se analizó qué nueva estratificación social y qué orden político e institucional puede favorecer o permitir la cuarta revolución industrial. La triple estratificación de Xiong podría condensarse en un feudalismo digital si la AGI no solo reemplaza a la capa inferior, el Personal, sino que a largo plazo también alcanza a la clase media, los Talentos: una élite de “Figuras” que controla algoritmos, plataformas y todo lo demás. Ahora se trata del mundo real: de personas que diseñan nuevos modelos políticos y de Estados que ya funcionan como experimentos. Y se trata de la pregunta de si la elección entre eficiencia digital y democracia es una inevitabilidad tecnológica o una decisión política. Análisis de Hans Blumenthal.
Por: Hans Blumenthal
La arquitectura ideológica: Thiel, Girard, Yarvin
Peter Thiel nació en Fráncfort del Meno en 1967. Es cofundador de PayPal, primer inversor en Facebook y cofundador de Palantir Technologies, una empresa de análisis de datos que trabaja estrechamente con los servicios de inteligencia estadounidenses. No es un ideólogo en el sentido clásico, sino un organizador de redes y un financiero, alguien que convierte ideas en poder mediante el capital y las conexiones. En su ensayo “The Education of a Libertarian” (2009) escribió abiertamente que consideraba la libertad y la democracia incompatibles. La democracia es demasiado lenta, demasiado propensa a la regulación, demasiado hostil a la innovación. Lo ilustra con el ejemplo de Europa, que él considera un modelo de advertencia de una cultura regulatoria que frena sistemáticamente el progreso tecnológico. Su red se extiende desde J.D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, hasta Elon Musk, Mark Zuckerberg y muchos otros, y llega hasta Curtis Yarvin.
El trasfondo filosófico del escepticismo de Thiel lo proporcionó René Girard, un antropólogo francés nacido en Aviñón en 1923 y fallecido en Stanford en 2015. Girard desarrolló la teoría mimética: el ser humano no desea por iniciativa propia, sino que imita el deseo de los demás. Este principio de imitación genera rivalidad. Cuantas más personas desean lo mismo, más fácil es que surjan conflictos distributivos. Las sociedades se estabilizan históricamente mediante la construcción de un chivo expiatorio, una víctima contra la que puede descargarse la rabia colectiva y restaurar temporalmente la paz social. Thiel trasladó esta idea a los mercados: la mímesis genera competencia de desplazamiento. Si la innovación es el objetivo, formar monopolios sería el mejor camino. Quien crea algo tan único que no conoce competencia puede desde esa posición seguir invirtiendo e innovando. La antropología de Girard también contiene una implicación política: las sociedades de masas en las que todos pueden desear lo mismo son estructuralmente más proclives al conflicto que las sociedades con jerarquías claras. Quien toma en serio esta implicación debe volverse escéptico ante los modelos democráticos igualitarios, no porque rechace la igualdad, sino porque la considera inestable.
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