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LAS GARRAS DEL TIGRE

LAS GARRAS DEL TIGRE
J. J. Gori Cabrera
Los Danieles

LAS GARRAS DEL TIGRE

Por el año 2022 el presidente Duque y la senadora María Fernanda Cabal se trenzaron en una batalla de latinajos. Duque le recordó la locución “de minimis non curat praetor (de los asuntos intrascendentes no se ocupa el magistrado). La senadora le replicó In praetoriis leones, in castris lepores(en palacio son leones, pero en el campo de batalla son liebres).

Bueno, ahora tenemos al mando al Tigre y ha empezado como un león y a lo grande, como quería la senadora Cabal. De lo grande debe descender a lo pequeño y enseñarnos a escribir su nombre. Gramaticalmente sería Abelardo de la Espriella, no De La Espriella, como aparece. Para aclarar la vaina, doctores tiene la Santa Madre Iglesia; y académicos tiene Los Danieles.

La cuestión está en los detalles. En una reciente reunión en Panamá, Pete Hegseth, secretario de Guerra de Trump, declaró: "A través de… el presidente El Tigre (sic), Colombia ya ha solicitado que el Departamento de Guerra se una a Colombia en su lucha contra el narcoterrorismo, autorizando operaciones militares…".  Ignoró al general Mora, nuestro ministro de Defensa, y en sus narices comprometió al país, agregando que la solicitud ya venía con la autorización de intervenir. Como en las épocas de Hitler.

Aquí cuenta cada palabra, cada expresión, cada modismo. Un ministro no puede tratar a un presidente extranjero con motes.  Tampoco puede concretar un compromiso en nombre de otro país frente al que supuestamente lo contrae. Como cosa curiosa, le asignó a su departamento las operaciones, olvidando a sus propias fuerzas armadas.

El meollo de la cuestión es definir el alcance y la naturaleza de las actividades “conjuntas”. Los servicios de ambos países desarrollan todo tipo de actividades y nunca ha sido claro el marco de inmunidad en que agentes de los Estados Unidos actúan en Colombia. Lo de conjunto es más bien “junto a”. El calificativo de armadas significa participación de personal militar y uso de armas letales. Bajo la vara de Trump, los Estados Unidos olvidaron los principios internacionales para convertirse en un Estado agresor y criminal. Han pulverizado lanchas con toda su tripulación en aguas de nuestro contorno mientras los medios se limitan a divulgar las imágenes de las embarcaciones vaporizadas.

Ahora nuestra política exterior se ha alineado con Israel y Marruecos, desconociendo la regla sagrada de que no es lícito apropiarse a la fuerza de territorios. Nos volvimos mentecatos y simpatizantes del genocida Netanyahu y nos mostramos miserables con los saharauis, que tienen todo el derecho a la autodeterminación. De compadres de tiranos regionales pasamos a cortesanos de criminales internacionales, y por vía de estos nuevos aliados estamos contribuyendo a destruir la Corte Penal Internacional. Por si faltaba algo, parece que ahora seremos xenófobos.

La realidad es que Trump y su camarilla pisotean las normas y han logrado crear la noción de que nunca existió un orden internacional, así fuera precario. El politólogo Francis Fukuyama se hizo famoso por su ensayo “¿El fin de la historia?” (1989), en el que planteaba que la humanidad había llegado al punto final de su evolución ideológica y que la democracia liberal y el capitalismo ya eran la forma definitiva de gobierno y economía. No hubo tal. No fue el final, ni el principio del final ni el final del principio, como dijo Churchill refiriéndose a la batalla de El Alamein. Pues ocurre que Trump quiere ser el final del fin.

En marzo pasado nuestro nuevo protector presidió en Doral, Florida, una reunión de mandatarios de la región (en ejercicio o electos) y proclamó el nacimiento del “Escudo de las Américas”, una coalición con el compromiso de usar fuerza militar letal para combatir los carteles, sea lo que fuere. Si le creemos a Trump que acabó con ocho guerras, como sostuvo ese día, podemos confiar en que esta alianza (Americas Counter-Cartel Coalition) se limitará a compartir información y recursos para desmantelar las organizaciones criminales. Por ahora lo único cierto es que cuando opere se formará un tsunami que arrasará el orden interno de cada país. Los dirigentes fueron convocados como vasallos y tuvieron que esperar parados hasta que en medio de una fanfarria apareció Trump y les dio permiso de sentarse. No dejaría pasar el momento sin ufanarse de haber avalado a muchos para treparlos al poder. La norma internacional que prohíbe la intervención en los asuntos internos de los Estados “no aplica”. Pues en el mundo Trump no se maneja derecho ni ley.

Nuestro presidente no estaba, pero ya se adhirió. Se está comprometiendo al país en acciones militares bajo el comando de los Estados Unidos y ni siquiera sabemos si esto implica que el espacio aéreo y las aguas pueden ser utilizadas para ataques en tierra.  Desde la antigua Grecia y la República romana la función esencial del cuerpo de senadores era controlar al Ejecutivo y dar la autorización para todos los asuntos vitales. Ese mismo papel es el que debe asumir ahora el Congreso. Dios quiera que los legisladores no se enfrasquen en discusiones gramaticales, como la que planteó en 1903 Miguel Antonio Caro en torno a la diferencia entre convenios o convenciones y tratados, cuando se discutía la aprobación del tratado Herrán-Hay sobre el canal de Panamá. El mismo 12 de agosto en que Hegseth nos comprometió militarmente se cumplía otro aniversario del digno rechazo parlamentario al tratado de marras. Parafraseando a Shakira, desde entonces los Estados Unidos facturan, no lloran.

En estas circunstancias no hay que mirar la terminología sino el fondo, y es que están en juego la soberanía y la integridad nacional. No se trata de un caballo de Troya; es un elefante de Trump.

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