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«EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO»

«EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO»
Enrique Santos Calderón
Los Danieles

«EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO»

Hace 25 años me encontraba en un hotel en Nueva York cuando escuché que una columna de humo salía de una de las Torres Gemelas, en el corazón del distrito financiero de Wall Street. Extraña noticia. Prendí la televisión y ahí me quedé clavado durante tres horas, inmóvil y atónito, presenciando lo que sería el más devastador atentado terrorista imaginable.  

El desplome de una torre, y luego de la otra, las escenas de pánico colectivo, los gritos de angustia, la lluvia de ceniza y la nube de polvo que cubrieron la ciudad, el acre olor a plástico quemado que todo lo permeaba me acompañarán para siempre. ¿Quién podría olvidar semejante barbaridad?   

Cuando salí a la calle, neoyorquinos con el rostro transfigurado, cubiertos de ceniza, deambulaban como zombis sin entender qué había pasado ni qué iba a pasar. Pocos imaginaron que ese acto brutal de estrellar dos aviones repletos de pasajeros contra las Torres desataría una guerra frontal contra el fundamentalismo islámico que cambió el curso de la política mundial. Guerra que aún no concluye del todo y que le ha costado mucho al adalid de la cruzada antiterrorista global, Estados Unidos, que no logra encontrarle una salida que parezca victoriosa.  

Las lecciones olvidadas o no asimiladas del 9/11 —«el día que cambió el mundo»— son un tema pertinente en estos 25 años. Pienso que Washington pagó duro su desconocimiento de lo que representaban Al Qaeda o Bin Laden. Y que fue un error de George W. Bush haberles declarado la guerra a Irak y a Saddam Hussein por el cuento de las armas de destrucción masiva que nunca existieron. Una falla de inteligencia que aún atormenta al FBI, a la CIA y a los presuntos expertos del Pentágono. 

En la decisión pesaron mucho los lobbies de la industria militar y, sobre todo, influyentes asesores cercanos a los intereses petroleros, como el vicepresidente Dick Cheney. Porque no nos equivoquemos: en el fondo y también en la superficie de estos procesos está siempre el oro negro.   

El tema se debate hoy en Estados Unidos al calor de las recientes revelaciones de que en los años subsiguientes han muerto más personas por el aire que respiraron en esa zona que las tres mil víctimas directas que causó el atentado. Y, sobre todo, por la documentada confirmación de que no se le advirtió a la gente sobre el peligro real de los alarmantes niveles de toxicidad en esa área de Manhattan. 

La histórica desclasificación de más de 170.000 documentos oficiales ha confirmado que las autoridades neoyorquinas —bajo la alcaldía de Giuliani— ocultaron los riesgos para la salud pública y priorizaron reabrir la bolsa de Wall Street. El debate está que arde y basta imaginar la mano de demandas, compensaciones y pleitos tardíos que esto ya está produciendo. 

No olvidar, de paso, que hace más de 30 años, en marzo del 93, hubo en Nueva York otro atentado contra ese mismo símbolo del capitalismo, que marcó la brutal introducción de Estados Unidos a un terrorismo que por primera vez lo atacaba en su entraña. Lo que algunos llamaron «el fin de la inocencia» de la nación más poderosa sobre su invulnerabilidad.  

El desconcierto tras el 9/11 fue enorme. Recuerdo al anonadado y balbuciente George W. cuando le informaron del ataque. Nunca antes EE. UU. había sufrido un atentado doméstico de esta magnitud y la forma como reaccionó marcó la pauta de lo que vendría: las «guerritas» de Irak, Irán, Siria, Líbano y Yemen y la agresiva ola de islamofobia que se apoderó de ese país. 
Pero 25 años después la capital del mundo eligió como alcalde a un musulmán, Zohran Mamdani. Una muestra de cómo cambian con el tiempo pasiones y convicciones.

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Comenté en pasada columna que el gobierno de Abelardo había tenido un arranque sólido y me llovieron rayos y centellas. La mayoría de lectores opinadores no me bajaron de gobiernista, oportunista y faltón. 

Me sorprendió, debo decirlo, porque supuse que a un presidente que no ha entrado en su segundo mes hay que darle un mínimo compás de espera. Pero parece que muchos colombianos no están en ese plan. Por lo menos, los que leen esta columna, que también es posible que no representen para nada a la opinión general. 

Sabía que me tildarían de abelardista pese a los reparos que he formulado a su estilo y personalidad. Pero lo que importa no son calificativos ni prevenciones, sino actos de gobierno y los efectos que estos produzcan. Juicios de valor sobre una gestión que apenas comienza son tan prematuros como superfluos. 

Deben hablar los hechos y, si estos demuestran que lo está haciendo bien, habría que tragarse entonces prejuicios y prevenciones. Por ahora le recomendaría proyectarse más como estadista que como guerrerista y, tal vez, un cambio de look en materia de vestimenta.

P. S. 1: Y a todas estas, Álvaro Uribe enredado aún en sus embrollos judiciales. Cruel paradoja que el líder político más popular de los últimos tiempos se la pase hoy de tribunal en tribunal. Dura lex, sed lex, se dirá, pero no deja de conmoverme el desgaste personal, familiar y anímico que este calvario legal le ha ocasionado. Gajes del oficio del poder, del cual no se ha desprendido. 

P. S. 2: Los resultados de las pruebas PISA sobre el nivel educativo de los jóvenes colombianos son tan tristes como preocupantes. Estamos generando una juventud mal preparada para los retos complejos que en matemáticas, ciencia y tecnología plantea el mundo de hoy. 

Entre tanta discutidera sobre asuntos electoreros o ideológicos, ¿por qué el debate público no se concentra más en un tema como este? ¿Qué ciudadanos estamos formando?

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