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País

100 días de Petro: ni catástrofe ni edén

Nunca, en la historia reciente de Colombia, la llegada de un presidente había generado tanta zozobra, expectativa, miedo, esperanza, división, ilusión e incertidumbre semejantes a las que produjo Gustavo Petro.

La llegada al poder de Petro, enarbolando las banderas del “cambio”, estuvo cargada de simbolismos y de “primeras veces”: el primer hombre de izquierda progresista elegido presidente, el primer exguerrillero, la primera vicepresidenta afrodescendiente y, tal vez, la primera revolución democrática popular exitosa que logró doblegar a la clase política tradicional. En su discurso surgían con frecuencia palabras que aterran al establecimiento: redistribución del ingreso, democratización de la tierra, paz total, transición energética, adiós al petróleo y al fracking, fin del glifosato, Acuerdo de Escazú, legalización de las drogas, perdón social, reforma agraria, renegociación de los TLC, emisión de moneda, nuevos impuestos, reclamos “antiimperialistas”; y apretones tributarios a la banca privada y a las grandes corporaciones, así como promesas de reformas estructurales a la fuerza pública, al esquema laboral, al régimen de pensiones y al sistema de salud.

Con semejante inventario, fue apenas normal que el comienzo de la era Petro tuviera con los pelos de punta a esa mitad de Colombia que, no solo no lo apoyó, sino que le tiene pavor. Hay que decir que a Gustavo Petro, el candidato, y también al presidente, se le notó la cancha que adquirió en su trasegar por una vida pública de más de 30 años invertidos en tres campañas. Al principio de la contienda logró posicionarse como el aspirante del pueblo, como el hombre que llegaba a cambiar las costumbres políticas y a enfrentarse a los gamonales electoreros. Sin embargo, al final de la carrera, y ante el proceder errático de Rodolfo Hernández, su contrincante, pudo consolidarse como la opción institucional y segura que, poco a poco, fue montando en su barco a casi toda la clase política.

Una vez elegido, el presidente tenía dos caminos para materializar su promesa de cambio: 1) armar un gabinete compuesto solamente por ministros de su misma línea y abrir un frente de confrontación permanente con sus antiguos rivales; y 2) moderar el discurso, tender puentes, buscar un balance entre la eficacia y la militancia, jugar con las reglas establecidas y ganarse el apoyo de quienes antes no lo bajaban de castrochavista. El presidente se fue por la segunda opción.

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