
Comuna 13 de Medellín: el rincón donde Colombia aprendió a confiar de nuevo
¿Es la Comuna 13 un experimento improbable? ¿Una pequeña isla de confianza en un mar de desconfianza? Este es un recorrido por uno de los símbolos de transformación de la capital antioqueña, que pasó de cargar una pesada maleta llena de estigmas a sanar colectivamente sus grietas para recibir al mundo en sus angostas y coloridas calles.
Por: Luis Chía
Beatriz Ibarra, de 50 años, muestra un fólder blanco con sus esquinas deterioradas a los turistas que visitan su negocio. En su interior, dentro de las fundas plásticas hay fotos impresas, algunas desgastadas y otras recientes, que exponen los años más duros de la Comuna 13 (San Javier) de Medellín. Mis ojos se van derecho hacia una de las fotos: en la composición se ven dos niños que miran de frente a la cámara, mientras sostienen un trozo de una vieja tabla de madera como si fuese un arma. “Vea cómo crecían nuestros niños pensando que la violencia era algo normal”, me dice Beatriz, mientras la señala con su dedo.

“Uno guarda estas ‘foticos’ para mostrarle a la gente”, cuenta, al mismo tiempo que sigue hojeando. Se detiene en una de las imágenes: es la icónica fotografía capturada por el maestro Jesús Abad Colorado en la que un encapuchado, con camuflado y rodeado de militares, señala con sus dedos dando una orden. Fue tomada en octubre de 2002 y pertenece al archivo de la Operación Orión, la acción armada más grande ejecutada por la Fuerza Pública en un territorio urbano. Dicha operación militar dejó una huella imborrable, áspera, en los barrios y casas de la Comuna 13; sin embargo, Beatriz, esbozando una sonrisa, me relata cómo cambió, para bien, la vida de los habitantes del sector.

Está vestida con una blusa negra y un pantalón beige. Mientras se acomoda sus gafas habla, entusiasmada, de la transformación de San Javier y sobre cómo nació La Chiva de la Comuna 13, un mirador famoso por tener en su techo una réplica del tradicional bus colombiano. “La gente se pregunta: ¿Cómo un barrio que vivió tanta violencia se convirtió en lo que es hoy?”, dice.
Entre 2001 y 2003, las estrechas calles de la Comuna 13 fueron el epicentro de enfrentamientos entre guerrillas, paramilitares y la Fuerza Pública. Las secuelas de ese régimen de terror permanecen casi intactas entre los sobrevivientes; sin embargo, han sabido transformar el sufrimiento en afectos, solidaridad y, sobre todo, en confianza por la otredad.
En Beatriz veo esa confianza. Después de contarme cómo, durante Orion, cuando apenas tenía 26 años, a ella y a su hermana les tocó esconderse tras escuchar el ruido de las primeras balas, habla sobre las seis ‘escalas’ —las escaleras eléctricas construidas en 2011— como el ápice de la transformación de la Comuna.

“Esas escaleras, al principio, eran para mejorar nuestros traslados. Nos tocaba subir para coger el bus, llevar a los niños al colegio y sacar a nuestros enfermos caminando hasta el centro de salud. Nadie pensó que esto terminaría convertido en un atractivo de turismo. ¿Vos te imaginás nosotros debajo de una cama, en medio de una balacera, pensando en cuándo el barrio sería turístico? Eso no lo pensó nadie”, recuerda con franqueza.
Con las escaleras también vinieron los primeros murales. Relata cómo gracias a los jóvenes grafiteros, las paredes empezaron a contar nuevas historias: “Esos pelados eran buenos, pero estoy segura de que ellos ni siquiera lo sabían”. Chota 13 y Mario de Barrio fueron algunos de los primeros artistas que intervinieron los muros, postes y hasta el asfalto de la 13. Hoy ese arte es quizás uno de los mayores atractivos turísticos con el Graffiti Tour, vitoreado por los cientos de visitantes que llegan diariamente a la Comuna.

“A la gente le empezó a cambiar la mentalidad. Nuestro tesoro aquí son los turistas”, destaca Beatriz, y apunta con su mano hacia la entrada de su negocio, al que se refiere como uno de los tantos milagros de la Comuna. Trabajó como comerciante con su esposo en el sector El Hueco, en el centro de Medellín, y desde finales de 2024 comenzó a construir su local. Cuenta que uno de sus dos hijos ha sido una pieza importante para mejorar la experiencia de los visitantes en el mirador: “Nosotros tenemos la fuerza de haber vivido algo tan difícil, pero los pelados de ahora tienen algo maravilloso y es la creatividad”.
Antes de despedirnos le pido una fotografía. Aunque su respuesta fue negativa porque dice que no le gustan las cámaras, sí aprovecha para contarme que la confianza es su mayor riqueza, en especial, porque se siente segura al llegar a su casa, la misma que décadas atrás estaba en la mitad del fuego cruzado. “Esto es algo que nosotros tenemos como en la sangre, creo que esa energía resiliente se contagia entre la gente”, destaca mientras me dice que mire hacia la cancha de la Independencia 1, donde hay varios niños jugando. “Antes, eso era un tierrero y hoy hasta Ryan Castro viene a grabar su videos musicales ahí”, remata.

Subo al segundo piso de La Chiva, donde está uno de sus hijos atendiendo a extranjeros. Desde el mirador se alcanzan a ver las casas de la Comuna, teñidas de un naranja intenso por el sol de las cuatro de la tarde. Me quiero tomar una foto para capturar, en al menos una fracción, la inmensidad de San Javier. Durante mi intento fallido una extranjera que estaba a escasos metros me preguntó si necesitaba ayuda. Le digo que sí.
Su nombre es Elizabeth Brown, una estudiante de Sociología de California (Estados Unidos). Le agradezco por la foto y, con un español algo torpe, pero sin titubeos, me dice: “El arte aquí es hermoso. A pesar de sus historias de violencia, las personas de aquí han querido cambiar este lugar. Los paisas son muy respetuosos, amables y hospitalarios”.
La Comuna 13 alberga cualidades mágicas. Entre sus angostos pasadizos, algunos llenos de murales y otros con carteles impresos en los que se leen palabras como “unión, justicia y dignidad”, parece residir un pacto amoroso, de respeto y de confianza por el otro.

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¿Es la Comuna 13 un experimento improbable de confianza? La herida de la confrontación armada es catastrófica y perdura, por años o para toda la vida, en la mente de los sobrevivientes. No deja de sorprender cómo las personas que viven en la Comuna, todas con sus propios dolores, historias y padecimientos, abren las puertas de sus hogares a desconocidos, turistas que, intrigados por los años más violentos, terminan, como me dijo Beatriz, amañados.
Esta es una proeza en un país como Colombia con mínimos históricos en la confianza por los demás. La octava medición de la Encuesta Mundial de Valores (2018-2024) arroja datos que confirman que cultivar la confianza es uno de los grandes desafíos del país. Apenas el 4 por ciento de las personas considera que puede confiar en la gente. Un amplio 96 por ciento cree que “es muy necesario ser cuidadoso al tratar a la gente”.
Asimismo, según estos datos, la desconfianza se acentúa en estratos 3 y 4, en la población femenina, en la juventud y en la región de Antioquia y el Eje Cafetero. Ahora, un dato relevante: las personas de estratos 5 y 6 son quienes más confían en los extranjeros con un 36 por ciento, mientras que, los que menos, están en los estratos 1 y 2 con un 28 por ciento.
Lo anterior deja ver, con todas sus complejidades, que la Comuna 13 es una de las pocas islas de confianza que existen en Colombia. Un escenario de guerra urbana, que en uno de los países con menos confianza interpersonal, logró reconstruir su tejido social, precisamente, confiando en el otro.

Para David Escobar, director de la Caja de Compensación Familiar de Antioquia (Comfama), una de las organizaciones que participó de la medición de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia, Antioquia y el país tienen similitudes en los niveles de desconfianza; no obstante, al detenerse en ciertos territorios o instituciones “uno se encuentra con islas de confianza en mares de desconfianza”. Es el caso de la Comuna 13: “Es un territorio ejemplar, donde después de un momento de miedo y dolor emergió una comunidad más fuerte. Cosas parecidas encontramos en relación con las universidades, cajas de compensación y con las empresas. Antioquía es un territorio donde hay muchas islas de confianza que, además, están conectadas entre sí”, explica.
Para Escobar, el principio de esa confianza social está en aprender a hacerlo a pesar de la incertidumbre. Allí está inscrita la hazaña de los habitantes de la Comuna 13, un territorio que volvió del horror, de la destrucción física y moral de la guerra, para darse la bella posibilidad de enunciarse y habitar la confianza.
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Era miércoles, y ni el aguacero que acababa de caer desanimaba a los cientos de turistas que transitaban por las escaleras eléctricas de la Comuna 13. En uno de los primeros tramos está el Patio de Sara, una pequeña cafetería en la que los visitantes, la mayoría extranjeros, se detienen a admirar y capturar fotografías de las casas que se mezclan con las montañas del occidente de Medellín.

Su dueña es Natalia Escudero, una paisa de mechitas rojas que se extienden por su cabello castaño, de labial también rojizo y una sonrisa tímida que esconde sus brackets. Nació y se crió en Manrique, otra de las muchas comunas de Medellín tocadas por lo más cruento del conflicto armado.
En 2023, junto a su esposo, maravillada con la llegada de turistas, no dudó en, por fin, construir su propio negocio. Al abrir el Patio de Sara —nombre en honor a su hija de siete años— se permitió también la posibilidad, valerosa, de abrir las puertas de su casa a los desconocidos. Sentado junto a ella en una de las sillas de plástico de su negocio, le pregunto si se siente confiada, y, sin vacilaciones, responde: “Tengo confianza de la gente porque aquí hace mucho tiempo no se ve ningún tipo de violencia. No se ven amenazas desde hace muchos años”.
En el Patio de Sara también está la argentina Florencia Riveras con su novio suizo. Les ayudo a tomarse una fotografía. En el plano se alcanzan a ver varios miradores y esculturas: La Pachamama; el Cristo Redentor paisa, vestido de poncho y carriel; y un letrero en el que se lee: “Medellín es una chimba”. Florencia me cuenta que tiene 25 años, que es su primera vez visitando Antioquia y que, aunque se siente acogida por la hospitalidad paisa, viaja con cautela por ser mujer. A pesar de todo, también confía.

“No sabía mucho de la Comuna 13. En el Uber nos venían contando un poco de lo que fue la guerra acá con el narcotráfico. Ser mujer en Colombia, como en Argentina, es bastante complicado, pero es un poco confiar y darse la posibilidad de conocer la cultura de Medellín. Me gusta que los residentes conviven e interactúan con el turista. De alguna forma, somos todos iguales en un mismo espacio. En países como Brasil, por ejemplo, pasa que las favelas están en un lado y los turistas en el otro”, asegura.
Me despido de ambos y sigo subiendo por las escaleras. El pavimento se ilumina más con los rayos del sol que se reflejan sobre algunos de los charcos que dejó el aguacero. Casi al final del recorrido se vislumbra un pequeño negocio instalado sobre una de las aceras. Es de bolsas de tela estampadas. “Medellín, mañana será bonito”, “Dios renueva mis fuerzas”, “Se cierra una puerta y se abre un vinito” y “Medellín power” son algunas de las frases que se leen en ellas.
Me recibe una mujer de 36 años, piel morena y cabellos rizados, casi dorados por los rayos de sol que iluminan su frente. Viste una blusa azul, un pantalón negro y un canguro también de color azul que reposa sobre sus piernas. Su nombre es Janeth Lopera y vive desde hace 18 años en Medellín y recuerda cómo sus papás le hablaban de las “fronteras invisibles” que no podía cruzar entre los barrios. Admite que creció con pánico, pero reconoce que reconstruyó su confianza no solo en los demás, sino en ella misma para crear su negocio.

“Ver que viene gente de todas partes, ver el turismo tan activo me hizo creer que sí tenía una oportunidad de progreso. Me siento con toda la confianza para estar aquí. La Comuna ya no tiene absolutamente nada que ver con lo que fue hace décadas. Y eso, claro, también lo notan los turistas. Ojalá más gente se anime a visitarnos, porque ha sido duro desprenderse de ese estigma del conflicto".
Empieza a caer el sol. El reguetón —en su cuna— que se escucha en todos los locales se confunde con el bullicio de los turistas que les abren paso a algunas personas que transitan las estrechas calles de la Comuna en moto. El pavimento sigue aún mojado. Decido bajar por las escaleras de cemento e ir por una de las recomendaciones locales: los helados de doña Consuelo, un puesto ubicado al inicio del recorrido. Mientras bajo, admiro la intensidad, la hibridez de sonidos, los colores, el transitar de la gente. Pienso en la conversación con doña Beatriz al comienzo de la tarde: “Esa energía resiliente se contagia, esa confianza es contagiosa”. Me permito confiar.

*Este contenido hace parte de 'Lo que somos, cómo nos vemos. Los valores que mueven a los colombianos hoy', una alianza de CAMBIO, la Alcaldía de Bogotá, Comfama, Invamer y SURA, a partir de la Octava Ola de la Encuesta Mundial de Valores (2018–2024).
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