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En memoria de Gustavo Gallón
La comunidad internacional consideraba a Gustavo uno de sus activos más importantes y recibió todos los merecimientos que había conquistado con su conocimiento y su labor. | Foto: Colprensa
País

En memoria de Gustavo Gallón

El embajador de Colombia ante la ONU en Ginebra, Gustavo Gallón, defensor de derechos humanos, murió este 30 de junio en Suiza. Zheger Hay Harb recuerda su vida: "nos deja habiendo puesto al servicio de su país toda su capacidad y prestigio" dice.

Por: Zheger Hay Harb

Como siempre ocurre cuando alguien a quien queremos se nos va, me reprocho no haberlo visto más, no haber ido a conversar con él y hacerlo reír con mis bromas sobre el lenguaje incluyente usando palabras que aquí no puedo repetir. Cuando eso ocurría en auditorios, la gente acostumbrada a ver su apariencia adusta se sorprendía, pero Gustavo, inteligente más allá de las convenciones, aún de las consideradas intocables por el humor para muchos de quienes compartían sus luchas, pasaba por encima de eso.

Era culto más allá del estricto ámbito del Derecho y el estudio de la dogmática, la historia y las normas del Derecho. Su sensibilidad no se agotaba en los códigos. Cuando la admiración de sus émulos atenuaba, en un ambiente más íntimo, era una delicia compartir con él las reuniones de amigos luego de que, después de unos vinos, sacaba la guitarra y cantaba la Mula revolucionaria y otras canciones de esas infaltables en las tertulias de la izquierda sesentera. Después recuperaba su cara de palo que era un recurso contra la timidez, por la cual despertaba temor reverencial a pesar de su generosidad en la trasmisión de su conocimiento con una paciencia admirable considerando el trabajo que demandaba la Comisión Colombiana de Juristas que dirigía y que hizo escuela en el trabajo por la defensa de los derechos humanos.

Lo conocí tarde a mi pesar, cuando regresé a Colombia, como decía mi maestro de economía en el Externado, el profesor Abel Cruz Santos, “pasado el tiempo, serenadas las pasiones” en los noventa. Si uno participaba en la defensa de derechos humanos -en mi caso desde la burocracia- era imposible no conocer a Gustavo, una autoridad en el tema.

Yo había salido del Externado -excluida, creo que fue la fórmula que se inventó el doctor Hinestrosa- después de una huelga por la llegada de Rockefeller al país, y Gustavo y otras dos personas que no sé si quieran ser nombradas en estos recuerdos habían llegado a esa universidad después, por haber sido expulsadas de la Javeriana mediante una fórmula jesuítica que no incluía la palabra expulsión, pero sí la obligación de irse. Así que fue un enroque que les lavaba la cara a ambas universidades.

Su trabajo por los derechos humanos fue tan eficaz que un bandido como Carlos Castaño vio el peligro que representaba y dio la orden de matarlo. Se salvó Gustavo porque el paraco, inhumano pero inteligente, vio el desgaste en imagen que representaría ese asesinato de alguien totalmente ajeno a las armas después del desgaste que les significó el asesinato de Jaime Garzón.

Cuando tuve indicios ciertos de que yo podía estar en peligro, ahí estuvo Gustavo, presto a la ayuda mientras unos héroes de los derechos humanos muy cercanos a mi trabajo hicieron mutis por el foro. Afortunadamente, tal vez por mi mínima importancia, el asunto pudo resolverse sin publicidad. Y sin justicia.

Su nombramiento en Ginebra fue uno de los aciertos del gobierno Petro para proteger y rendir homenaje a una persona que sin estridencias sirvió a su país sin pedir nunca nada a cambio. La comunidad internacional lo consideraba uno de sus activos más importantes y recibió todos los merecimientos que había conquistado con su conocimiento y su labor. Nos deja habiendo puesto al servicio de su país toda su capacidad y prestigio.

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