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La famosa casa del abuelo de García Márquez
En sus memorias, la historia personal de García Márquez parte con la frase: “Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa” | Foto: Colprensa
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La famosa casa del abuelo de García Márquez

El autor, Jerómino Carranza, nieto de Eduardo, el poeta, en un hallazgo casual, encontró en la Notaría de Ciénaga la escritura de compra, por parte del Coronel Nicolás Márquez, de la casa que dio origen a Cien Años de Soledad. En este texto, Carranza reconstruye el origen documental de esa casa de los abuelos de Gabo, escenario fundamental de la memoria y del universo literario de nuestro Nobel.

Por: Jerónimo Carranza Barés

A unas cuadras de mi destino está la estación. Los buses se hacen frente al monumento del cotero de banano, figura estilizada que los empuja para atrás, con el machete en alto. Ambiente caluroso, al ras del suelo sube el remolino de la hojarasca con bolsas de agua que levantan las flotas que vienen de Santa Marta. Dejan a los pasajeros en los triciclos de cabina y motocarros que los conducirán en menos de cinco minutos al hospital, al cementerio o a la notaría, escenario donde antepasados transaron las herencias de su destino.

Dadas sus relaciones históricas, un periplo usual de la gente de Santa Marta y Barranquilla es asistir a la Notaría de Ciénaga. La casona tiene dos pisos de estilo Art Nouveau, con una escalera circular que da a la terraza, donde vive una tina bajo el destello de las hojas del almendro. Asomado en el balcón, veo la copa de este árbol. De estatura mediana y tronco compacto, sus semillas duras alimentan murciélagos que giran a su alrededor. La hoja soporta la ausencia sempiterna de agua durante todo el año, hasta que lleguen las lluvias.

El encuentro se ha dado en esta casa de una belleza extendida hasta la Sierra Nevada. Por fuera está llena de curvas y por dentro es majestuosa, poblada de oquedades donde duermen los libros de la fe pública de la ciudad y sus alrededores. Con el auspicio del Programa de Archivos en Peligro (EAP) de la Biblioteca Británica de Londres, se hizo la digitalización de estos tomos dando cuenta del reparto de latifundios, frascos de colonia, peinetas y pantalones. Herencia vendida en hojas cerradas hace un siglo, muchas se han podrido por la humedad o han sido carcomidas por la rata y el comején, en trasegares de una casa a otra. 

 

Con el auspicio del Programa de Archivos en Peligro (EAP) de la Biblioteca Británica de Londres, se hizo la digitalización de estos tomos

Entre pactos y juramentos, están las huellas de los dominios de la United Fruit Company, en el epicentro de la zona de mayor riqueza en Colombia durante las primeras décadas del Siglo XX. Resguardada en sus anaqueles, se conserva la documentación de la economía de enclave de las bananeras bajo el régimen de la mamá unita, como le decían al emporio bostoniano exportador de la fruta. Un poder administrado localmente desde la Zona, nombre dado a los condominios donde vivían las familias de los ejecutivos de la empresa.

En respuesta a los reclamos de los trabajadores por las condiciones laborales, fuerzas oficiales y encubiertas cometieron asesinatos selectivos y arrestos sin orden judicial en Ciénaga y los pueblos alrededor. Fue un preludio de la masacre en la estación, el 6 de diciembre de 1928. Los jóvenes de hoy no responden al recuerdo de la masacre de las bananeras, o al menos de esa remota, de tantas que ha habido. Mejor es que pase la historia, como el tren.

Ceñido con un pantalón corto, el hombre del machete de la estación de buses actual es el Prometeo Encadenado, obra de Rodrigo Arenas Betancur en recuerdo de los labriegos sacrificados. Se yergue en la pequeña galería de la plaza de la antigua estación de trenes, lugar que marca una cicatriz abierta en la historia y que se dilata en la cuestión ignominiosa sobre si fueron 14, tres mil o trescientos muertos; algo que nunca pasó o si ocurrió, pues ni modo, que ya pasó. Hay quienes celebran que haya pasado. Las ametralladoras situadas en la estación antigua siguen grabadas en la literatura, pero su ruido no vibra en la parada de los buses. La presencia muda de los caídos se halla en el Prometeo que va para adelante con el machete. Vuelvo a la Notaría.

A las 3 de la tarde, hay que impedir las filtraciones del sol a través de la cartulina que cubre las puertas de las terrazas. Las luces artificiales se inclinan y el documento se encuadra entre las márgenes del visor, a la vez que un cable transmite su imagen a la pantalla. Disparamos una y otra vez. Trescientos, cuatrocientos disparos, de acuerdo a las condiciones del libro. De pronto, algo me toca la espalda y el movimiento descuadra el libro. Con risa, dicen los ayudantes que me tocó la mala hora, leyenda que cunde entre las apariciones de la región.

Concentrado en la tarea, contemplo las rúbricas de los declarantes. Son nombres familiares de tanto pasar las hojas. Una firma me hace inclinar sobre el libro. Es una R. de caligrafía enrevesada: Nicolás R. Márquez. “Papalelo”, le decía Gabito a su abuelo, el Coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Solicita al inspector del corregimiento de Aracataca la cesión de un terreno de la municipalidad de Ciénaga. Dos años después suscribe la escritura de compraventa de la casa en el corregimiento Aracataca, construida en bahareque y techo de palma, en una transacción por veinte mil pesos en moneda corriente, protocolizada el 14 de febrero de 1912, tras pagar los derechos del registro público de la compra hecha a Agapito Soto, vendedor de la casa representado por el abogado José Escorcia. El Notario deja constancia:

“…Agapito Soto, vecino de Aracataca i (sic) de tránsito como el vendedor en esta ciudad, vende a este (Nicolás Márquez) una casa de palma, bahareque, situada en el corregimiento de Aracataca y construida en un solar que mide quince metros de frente; de cola doce metros; del fondo del lado norte, veinte metros; del lado  sur, treinta i medio metros; alinderado así: Por el este, calle en medio, con casa de Rosalía Pertúz; por el Oeste, de ella con el de Isidoro Peña, por el norte, casa de Gregorio Robledo; y por el sur, casa de Pablo Orozco. Declara el vendedor que la casa que vende la hubo por compra que de ella hizo el día diecisiete de junio de 1908, al señor Pedro Fandiño, como así consta por documento privado que exhibió y tengo a la vista en el que figuran como testigos presenciales de esa negociación los señores Hermógenes Lozano y Francisco Revollo, vecinos de aquel corregimiento. Que la casa a que se refiere no la tiene vendida, enajenada ni empeñada a otra persona, que está libre de todo gravamen, censo e hipoteca."

Una firma me hace inclinar sobre el libro. Es una R. de caligrafía enrevesada: Nicolás R. Márquez. “Papalelo”, le decía Gabito a su abuelo, el Coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía

En sus memorias, la historia personal de García Márquez parte con la frase: “Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa” y a continuación, recuerda el trayecto que hicieran desde Barranquilla hasta Aracataca, para describirla con una vaga rememoración:

La original, según le oí a mi abuela con su modo despectivo, era un rancho de indios. La segunda, construida por los abuelos, era de bahareque y techos de palma amarga, con una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían los chivos en comunidad pacífica con los cerdos y las gallinas. Según la versión más frecuente, ésta fue reducida a cenizas por un cohete que cayó en la techumbre de palma durante las celebraciones de un 20 de julio, día de la Independencia de quién sabe cuál año de tantas guerras. Lo único que quedó de ella fueron los pisos de cemento y el bloque de dos piezas con una puerta hacia la calle, donde estuvieron las oficinas en las varias veces en que Papalelo fue funcionario público. Sobre los escombros todavía calientes construyó la familia su refugio definitivo.

El maestro no precisa en qué momento sus abuelos habrían adquirido el rancho de indios en el que se instaló el matrimonio de Nicolás Márquez y Úrsula Iguarán, ni de qué manera erigieron los cimientos de la nueva casa fundada sobre las cenizas del incendio de aquél. Con la hipótesis de “la versión más frecuente”, la propiedad adquirida en 1912 habría sido ese mismo rancho, construido también con techo de palma y paredes de bahareque, pero arrasado por un cohete en la conmemoración del grito de Independencia del 20 de julio de 1810, en Bogotá.

El documento revela que el vendedor la había comprado en 1908 a Pedro Fandiño. ¿Las familias de Agapito Soto o de Pedro Fandiño eran los indios de los que habla el maestro en su descripción del hogaño? ¿Los Buendía de Cien Años de Soledad? El precio por el cual Agapito vendió la casa al Coronel fue de veinte mil pesos. En su época, un valor modesto, al contrario de lo que hubiese valido si la venta se hubiera hecho en pesos oro. Las variaciones inflacionarias condujeron a una depreciación del dinero. No es el capital de un burgués con hábitos de pobreza. García Márquez lo aclara. La posibilidad de viajar en la segunda clase del tren era reservada para alguna ocasión especial del coronel Márquez:

“Mi abuelo había sido alcalde dos veces y además tenía una noción alegre del dinero, pero sólo viajaba en segunda si iba con alguna mujer de la familia. Y cuando le preguntaban por qué viajaba en tercera, contestaba: «Porque no hay cuarta».”

En diciembre, la llovizna despierta el olor de la tierra aferrada al almendro y el palo da sombra a los bicitaxis. La acera se vería igual a la que vivió el niño de Aracataca, recreada por el tiempo de las novelas. En la distancia de los cuarenta minutos entre Ciénaga y ese municipio, hoy no queda rastro de la mamá unita, pero miles de hectáreas de banano inundan la sabana del dulce verde, desde la Sierra Nevada hasta las planicies del Río Magdalena. Llegado al lugar de la casa del Coronel, el Museo de Aracataca huele a los caserones de los pueblos del Caribe. Pervive el tamarindo centenario y cantan los gallos. Las niñas recitan en memoria de García Márquez los versos de un poeta local:

- Gabo no ha muerto, no, no, no.

Sueño en la cabina y en mi mente surge Agapito Soto, un chimila con talentos en la Sierra. El hombre de una historia larga, como la del coronel Nicolás Márquez Mejía.


 

Bibliografía

Colmenares Guerra, Santiago. Entrevista sobre el programa de archivos de peligro (Endangered Archives Program) de la Biblioteca Británica de Londres, Universidad de Norte, octubre de 2023.

García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla. Editorial Norma.

García Márquez, G. (2022). Cien años de soledad. Penguin Random House Grupo Editorial.

Pernett Cañas, Nicolás. (2013) La Recurrente Masacre de las Bananeras. En: Razón Pública. 02 de diciembre de 2013. https://razonpublica.com/la-recurrente-masacre-de-las-bananeras

 

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