
“¿Para dónde?”: seis días después del terremoto, Quibdó sigue sostenido por sus vecinos
Una semana después del terremoto, Danny todavía no ha podido regresar a su apartamento en Quibdó. Las paredes fracturadas, las esquirlas de vidrio y los escombros que quedaron en el edificio recuerdan la fuerza con la que la tierra se movió aquel 10 de agosto. Pero el miedo no terminó cuando cesó el temblor: ahora la pregunta es otra, ¿para dónde ir?
Por: Carol Tatiana Gómez
Eran las siete y media de la mañana del lunes 10 de agosto y Danny Castro, gestora cultural en Quibdó, peinaba a su hija en el tercer piso de su casa. La alistaba para llevarla al jardín. En ese momento fue cuando la tierra empezó a moverse con una fuerza que nunca había sentido: “Nunca antes lo habíamos sentido aquí en el territorio. Desde que yo tengo uso de razón y estoy con vida, no lo había sentido”.
Abajo del edificio, las paredes de los dos primeros pisos que funcionaban como una bodega, comenzaron a desplomarse. Su vista se nubló de polvo y mientras intentaba calcular, en medio de la angustia, el punto exacto en el marco de la puerta del cuarto para proteger a su hija y a su madre de la tercera edad, la invadió la desesperanza. "Cuando ya empecé a ver el polvo de los escombros, empecé a sentir que caían escombros. Dije: no, pues acá caímos. Y lo que está arriba de nosotros, pues también nos cayó encima", contó.

El terremoto pasó, y Danny, su hija y su mamá lograron mover algunos escombros de las escaleras para poder salir a la calle. Afuera, todo estaba hecho un caos. Los vecinos que lograron evacuar, lloraban frente a sus casas y otros como pudieron se montaron en sus motos para ir hacia los colegios donde acababan de dejar a sus hijos. En ese momento aún no se había ido la señal, y los reportes ya hablaban de derrumbes en los colegios. “Entonces todo era un caos, una desesperación”, recordó Danny.
Los vecinos: quienes sostuvieron a Quibdó
Ese mismo pánico lo estaban viviendo en buena parte del departamento del Chocó, que según uno de los informes más recientes de la Gobernación, registra 13 personas fallecidas, 310 heridas, 3.128 viviendas destruidas y 19.137 averiadas, con 25.222 personas afectadas.
No había camillas suficientes, ni medicamentos para atender a los heridos, los hospitales estaban colapsados, según las noticias que le llegaban a Danny mientras Quibdó intentaba asimilar qué era lo que acababa de pasar. ”No hay medicamentos en la ciudad, los hospitales colapsados, no hay atención médica, pero digamos que entre red de vecindad, hemos podido apoyarnos todos”.
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Ese último apoyo del que habla, el de los vecinos, ha sido hasta ahora la respuesta más inmediata que ha tenido Quibdó.
En distintos puntos de la ciudad empezaron a surgir las ollas comunitarias, armadas con lo que cada familia tenía a la mano, ya sea una libra de arroz, un paquete de pasta, lo que hubiera quedado en la alacena después del temblor.
Danny, que también es fundadora de una una escuela de formación de artes vivas en Quibdó, ha sido parte de toda esa solidaridad comunitaria. “Hay ollas comunitarias en varias partes, personas que se unieron para preparar juntas los alimentos. Las personas han traído lo que tienen en su casa: ‘venga, nosotros ponemos esto, nosotros ponemos aquello’, contó.

Más de 130 réplicas y la pregunta sin respuesta
El miedo a las réplicas hacía parte también del miedo colectivo y contagioso que se esparcía por las calles de Quibdó. El Servicio Geológico Colombiano registró más de 130 movimientos telúricos en los días siguientes al terremoto, y la gente no quería arriesgarse a volver a sus casas con las paredes fracturadas y sin saber si aguantarían un nuevo temblor.
En el edificio de Danny, los expertos que revisaron la estructura le dijeron a la comunidad que los cimientos estaban bien. Pero eso no bastó para que decidieran volver a entrar y prefirieron esperar a que pasara el riesgo de una nueva réplica antes de arriesgarse. "Yo no he podido ingresar al lugar porque me da mucho temor. Entramos a sacar algunas provisiones (...) pero hay muchas personas durmiendo afuera, más que todo por la incertidumbre de la réplica".
Ese sentimiento de no saber lo que va a pasar y el trauma que cargan consigo después de haber vivido un temblor tenían a parte de la comunidad durmiendo fuera de sus casas. "Había personas en los andenes, y ellos decían: 'nosotros vamos a dormir acá, por si cualquier cosa, salimos corriendo'". El problema era que ni esperar ni evacuar eran opciones fáciles: no había a dónde ir.
"Realmente hoy pensábamos cómo empezar a evacuar, pero decíamos '¿para dónde?'", contó Danny. Esa misma pregunta se repetía entre los vecinos que tampoco sabían qué hacer con lo poco que habían logrado sacar de sus casas. Algunos armaron cambuches en canchas y utilizaron carpas para cubrirse del sol.

Recursos por definir
En lo que Danny y su comunidad se organizaban con lo que tenían a mano, la magnitud de los recursos que se necesitarían para reconstruir comenzaban a tomar forma en cifras. Una primera estimación del banco de inversión BTG Pactual, el más grande de América Latina, calculó que la reconstrucción del país costaría cerca de 20 billones, equivalentes a 1 por ciento del PIB. El Gobierno se comprometió a ajustar el presupuesto nacional y presentarlo nuevamente al congreso el 26 de agosto, explicando de dónde saldrán los recursos para atender la emergencia.

Superada la fase de búsqueda y rescate en Chocó, la atención oficial entró en una etapa centrada en reconexión de servicios públicos, alimentación y reconstrucción. El presidente Abelardo de la Espriella, en su segunda visita a Quibdó, anunció que designaría un gerente especial de la Nación para articular con el Gobierno las necesidades del departamento, un cargo que hasta el momento, no tiene nombre ni fecha definida.
Seis días después, la misma pregunta
Una semana después del temblor, Danny todavía no ha vuelto a entrar a su apartamento, aunque los expertos ya evaluaron el edificio y le dijeron que la estructura general está en buen estado. Varias paredes de su apartamento tienen fracturas y deben cambiarse por completo y aunque la inmobiliaria les dijo que ya podían habitarlo, ella se niega.
Por ahora, la red que armaron entre todos los vecinos sigue sosteniendo a la comunidad. Ya comenzó a llegarles ayuda externa, como artículos de higiene menstrual, aseo y alimentos. Danny cuenta que están tratando de identificar a quienes más lo necesitan para repartir mejor los recursos, en zonas que están aún más afectadas. “Muchas personas todavía siguen en albergues, muchas personas están sin casa", dijo.
Entre ellas, dos niños de su propia organización, que se mueven cada día entre distintos lugares en busca de un techo. “Pero aquí estamos todavía, sosteniéndonos, haciendo ollas comunitarias, y ayudando a movilizar los apoyos”.

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