
¿Cómo China ha logrado estar bien con Moscú, Kiev y Europa?
Xi Jinping y Vladimir Putin tienen una fuerte alianza, pero al líder chino no le interesa que la confrontación siga escalando.
La guerra entre Rusia y Ucrania podría ser una oportunidad para que China afiance su posición y su imagen, ya que es la única potencia que tiene simultáneamente buenas relaciones con Moscú, Kiev y Europa, no está involucrada en forma directa en las hostilidades y ha conseguido mantener una actitud más o menos equidistante entre las partes contendientes.
El 4 de febrero, veinte días antes del comienzo de la invasión rusa a Ucrania, Xi Jinping y Putin dieron a conocer un comunicado conjunto en el que, aunque no mencionaron la crisis que prevalecía en ese momento entre Moscú y Kiev, declararon que «la amistad entre Rusia y China no tiene límites» y condenaron (Xi lo hizo por primera vez) cualquier intento de ampliación de la OTAN en Europa como una forma de imponer la ideología de la Guerra Fría. De otro lado, los dos líderes proclamaron la política de «una sola China» en la que Beijing sustenta su aspiración de incorporar Taiwán a la República Popular, así como su rechazo a la estrategia geopolítica de Estados Unidos en la región indo-pacífica. (Dos años antes Moscú había respaldado la forma como China sofocó el movimiento democrático en Hong Kong). Se confirmaba la cada vez más estrecha relación –cercana a una alianza— entre las dos grandes potencias, fundamentada en su rivalidad con Washington y las similitudes de su visión política del orden mundial.
Sin embargo, es preciso anotar que China había venido navegando y, como veremos, sigue navegando entre dos aguas en relación con el accionar de Rusia en la escena internacional. Los malabares chinos empezaron en 2008. Ese año, cuando Moscú invadió Georgia, Beijing se abstuvo de rechazar o de aprobar dicha operación. Más adelante, en 2014, si bien no reconoció la anexión de Crimea por parte de los rusos tampoco la condenó, pero firmó un gran acuerdo para la compra de gas procedente de Siberia, que palió las pérdidas de Rusia en los mercados europeos. Algo similar ocurrió a propósito de la secesión de las provincias del este de Ucrania, Donetsk y Lugansk, cuya independencia fue reconocida por el Kremlin el 21 de febrero: no hubo ni apoyo ni condena. Pero no hay que olvidar que previamente China había dado su visto bueno a la intervención limitada de tropas moscovitas en Kazajistán, a comienzos de enero, enviadas para apoyar al régimen prorruso de ese país. En la Conferencia de Seguridad de Munich, celebrada entre el 18 y el 20 de febrero, el canciller chino Wang Yi fue enfático al afirmar que era imprescindible considerar «las razonables preocupaciones de seguridad» de Rusia en torno a Ucrania y la OTAN, pero al mismo tiempo respetar y salvaguardar «la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países», por supuesto, sin mencionar directamente a Ucrania. También condenó las «sanciones unilaterales e ilegales» de Estados Unidos contra Rusia y calificó la conducta de Washington durante la crisis como «irresponsable e inmoral».
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