
El comienzo o el fin
La elección de Gustavo Petro divide al país en dos mitades casi iguales, entre el júbilo y el pánico. Ninguna de las dos tiene la razón. Les contamos cuáles son los retos y los sacrificios que probablemente tendrá que hacer para superarlos.
La victoria de Gustavo Petro es clara numéricamente. Logró 700.000 votos más que Rodolfo Hernández y nadie discute la legitimidad de su triunfo. Sin embargo, en términos porcentuales, el resultado es mucho más estrecho. Apenas superó a su contendor por el 3 por ciento y eso muestra una Colombia profundamente dividida, casi por mitades. La mitad ganadora piensa que la llegada de Petro al poder tiene un efecto revolucionario que logrará la justicia social, la consolidación de la paz y el cuidado del medio ambiente. En cambio, la otra mitad teme que el nuevo presidente arrase con la democracia, acabe con el capitalismo y revoque las libertades individuales. Ni los unos ni los otros tienen la razón.
La elección de Gustavo Petro es un enorme paso en la vida institucional de Colombia. La mayor prueba de que apostarle a la paz tiene una recompensa. De hecho, en su primer discurso a la nación el presidente electo afirmó: “La paz es que alguien como yo pueda ser presidente”. Y es que, desde la perspectiva democrática, es necesario reconocer que algo funciona bien en el sistema cuando un alzado en armas, que ha cumplido su compromiso con la ley, pueda ser elegido para el más alto cargo de la nación 32 años después de haberse desmovilizado. Esto desde luego tiene un enorme valor simbólico pero también supone grandes retos y es temprano para celebrar lo que todavía no se ha hecho.
Del otro lado, más de 10,5 millones de personas perciben la elección de Petro como una amenaza a la libre empresa y a las garantías democráticas. La verdad es que más allá de la propaganda aterrorizadora de la época electoral, los antecedentes del presidente electo lo muestran como una persona respetuosa de los mecanismos institucionales. Durante su vida política afrontó el mayor reto con la suspensión y destitución, por parte del procurador Alejandro Ordóñez. Petro nunca usó vías distintas a las jurídicas, internas y ante el sistema interamericano de derechos humanos, para defenderse. Acató la decisión que muchos, empezando por él, consideraban arbitraria y procedió en derecho hasta lograr que le dieran la razón.
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