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Poder

Colombia bajo amenaza de Trump: no se trata de Petro sino de la soberanía nacional

La euforia por la salida de Maduro del poder en Venezuela fue efímera. El fin de semana que cambió la historia contemporánea de América Latina, y dejó una señal inquietante: cerró con una amenaza directa de Trump a Gustavo Petro que debería ser rechazada por todos los sectores. Esta no es una pelea personal entre dos presidentes, sino una tensión que pone en riesgo a todo un sistema democrático.

Por: Redacción Cambio

Es cierto, Maduro cayó. Se fue de Miraflores esposado para comparecer ante una corte de Nueva York. 

Leer las dos líneas anteriores deberían llenar de júbilo a cualquier desprevenido, colombiano o venezolano, testigo de años de represión y crisis humanitaria. Pero tan rápido como se disiparon las columnas de humo sobre Caracas apareció la incertidumbre en vez de la esperanza. Y aunque nos gustaría unirnos a la celebración, lo cierto es que la euforia le ha dado paso a la zozobra.

La región entró en una nueva era, nebulosa y con un precedente aterrador. Estados Unidos se ha tomado la potestad de entrar a otra nación, forzar la salida de un jefe de Estado, transar con un régimen corrupto y controlar la extracción del petróleo venezolano. Todo a la vista de los organismos multilaterales, pasmados frente a las flagrantes violaciones del derecho internacional. 

La voracidad de Trump ha ido mucho más rápido que las instituciones encargadas de mantener el equilibrio entre las naciones poderosas y débiles. Aun cuando la intervención era inminente, la ONU y la OEA apenas se manifestaron con famélicos comunicados y llamados inocuos a la paz. Antonio Guterres, secretario general de la ONU, ha expresado preocupación, pero también la impotencia de una institución incapaz de contener un hecho inédito. No parece haber a quién acudir, y esa orfandad del orden internacional es, quizá, lo que más debería inquietarnos como colombianos.

Desde que Trump regresó a la Casa Blanca ha puesto sus ojos en Colombia gracias al intenso lobby de republicanos con sangre latina, empezando por el secretario de Estado, Marco Rubio. Pero la presión no ha sido para mejorar las relaciones o enfocar la cooperación. Se ha centrado en inducir acciones temerarias reviviendo la Doctrina Monroe

El presidente estadounidense ha señalado a Gustavo Petro de tener ‘fábricas de cocaína’, de estar enfermo, de negociar con droga, y lo metió en la Lista Clinton junto a su esposa, hijo y Armando Benedetti. Le quitó la visa y ahora, hace unas horas, amenazó sin más con una operación militar.

“Colombia está gobernada por un enfermo, pero no lo va a seguir haciendo por mucho tiempo [....] (una operación militar) suena bien para mi”, dijo Trump en el Air Force One.

Con la resaca de la caída de Maduro muchas preguntas empezaron a aparecer el domingo en la mañana. Entre ellas: ¿Qué pasa si Trump decide que el Gobierno de Colombia también es narcoterrorista? ¿Hay planes de ‘extraer’ a Petro?

La nueva amenaza de Trump ha hecho que estos interrogantes pasen de ser ideas paranoicas a cuestionamientos válidos y esenciales, no solo para el Gobierno Petro sino para cualquier ciudadano colombiano. 

Conviene subrayar que no es necesario coincidir con Petro para rechazar la escalada de amenazas de Trump. Los errores de este Gobierno son numerosos y bien conocidos, entre ellos un manejo diplomático con Estados Unidos marcado por la falta de mesura y la imprudencia. La diplomacia de micrófono —o de megáfono— llevó a Petro incluso a exhortar a soldados estadounidenses a desobedecer a Trump. A estos desaciertos se suman escándalos que han salido a la luz, varios de ellos revelados por CAMBIO. 

La vigilancia de los medios y el control político deberán ejercerse sin concesiones hasta el 7 de agosto. Pero lo esencial es otra cosa: que sea Petro quien entregue la banda presidencial a su sucesor, elegido en las urnas. Esa continuidad democrática, sostenida durante casi setenta años, es lo que está verdaderamente en juego.

Colombia no es Venezuela, y Petro no es Maduro. Hasta ahora no hay una sola prueba de que el presidente de Colombia tenga vínculos con el narcotráfico. Lo más grave es que, aun así, eso parece irrelevante para la decisión de intervenir o no en Colombia. Ya lo vimos con la inclusión en la Lista Clinton. Todo sigue dependiendo de la voluntad de Trump que se atiza con las ideas de Marco Rubio, que se ha erigido como el halcón más fiel del magnate para recuperar la hegemonía de Estados Unidos en la región.

Además, no hay duda de que Petro fue elegido democráticamente, por los votos de más de 11 millones de colombianos y en unas elecciones sin mayores cuestionamientos internos o externos, a diferencia de la espúrea segunda reelección de Maduro. 

Petro, como jefe del Estado, es el primer llamado a reconocer la victoria de quien sea el ganador en el proceso electoral que ya está en marcha y cuyo tema central será inevitablemente la amenaza de intervención de Estados Unidos. 

En un escenario ideal, todos los candidatos deberían rechazar al unísono las amenazas de Trump a la democracia colombiana y no competir por el agrado de un presidente que ya ha dejado claro su desprecio a la soberanía de otros países. Por desgracia, seguimos en el ‘ojalá’. El ‘crudo’ proceso de transición en Venezuela y los nefastos antecedentes de intervenciones de Estados Unidos en América Latina y el mundo deberían bastar para privilegiar la defensa de la democracia colombiana. 

El intervencionismo ha tocado la puerta de Colombia desde antes de la caída de Maduro. Los tripulantes de lanchas en el Caribe ejecutados sin mediar proceso judicial han superado el centenar. No ha habido ningún esfuerzo real de los organismos por detenerlos y el Congreso de Estados Unidos se ha quedado maniatado. Aquel montaje orquestado por Bernie Moreno con Maduro y Petro llevando el traje naranja de convictos es cada vez más premonitorio y menos anecdótico.

Ante la incertidumbre sobre hasta dónde puede llegar la ambición de Trump de poner fin a las guerras librando otras nuevas, el llamado es a una defensa irrestricta de la soberanía nacional. No se trata de intervenir en una disputa personal entre mandatarios, sino de asumir una posición clara en defensa de lo que nos pertenece.

Pero este compromiso también debe ser asumido por el presidente Petro y los responsables de la diplomacia nacional. En momentos donde la línea se hace cada vez más delgada es indispensable un manejo cauteloso, profesional y responsable de las relaciones con Estados Unidos, el primer socio comercial de Colombia. Esto sin renunciar a la dignidad.

Lo importante es que Petro comprenda que los miles de likes que puede recibir en un trino iracundo pueden perturbar el objetivo de mantener la estabilidad en las relaciones o por lo menos evitar secuelas irreversibles.

Por primera vez en la historia, un país extranjero bombardeó una ciudad suramericana. Por el bien de una región con heridas sin cerrar de la influencia estadounidense, deberá ser el último.

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