
El segundo aire de Álvaro Uribe: la pelea por el control de la derecha es más pareja de lo que se creía
El expresidente Álvaro Uribe Vélez en una reunión reciente con la bancada del Centro Democrático. Foto: Colprensa – Catalina Olaya.
Cuando muchos daban por consumado el ocaso político del expresidente, él reapareció en un escenario inesperado: disputarle el liderazgo de la derecha, cara a cara, al presidente electo Abelardo de la Espriella. Tras arrebatarle la presidencia del Congreso, pasó a la ofensiva y lo acusa de haber intervenido en esa elección y de mantener “ciertos gestos de confrontación” contra el Centro Democrático.
Por: Armando Neira
Horas antes de las elecciones presidenciales, en el cuartel de campaña de Paloma Valencia reinaba la resignación. Algunos estrategas intentaban disimular el pesimismo con humor negro: “Somos como la orquesta del Titanic: seguimos tocando mientras el barco se hunde”.
La frase resumía el estado de ánimo de un uribismo que, apenas unas semanas antes, había celebrado los casi seis millones de votos obtenidos en la Gran Consulta por Colombia. Sin embargo, aquella noche las encuestas advertían que esa fuerza no bastaría para frenar el avance de Abelardo de la Espriella, por la derecha, ni de Iván Cepeda, por la izquierda.
La realidad terminó siendo peor que los pronósticos. De la Espriella y Cepeda avanzaron a segunda vuelta con cerca de diez millones de votos cada uno, mientras Valencia quedó relegada con apenas 1,6 millones. En cuestión de días, el Centro Democrático vio evaporarse más de cuatro millones de votos.
Como ya había ocurrido en 2022, Álvaro Uribe Vélez tuvo que observar la contienda desde la barrera y respaldar a un candidato que no era el suyo. Pero había una diferencia sustancial: Rodolfo Hernández, aunque distante, le guardaba respeto; De la Espriella, en cambio, llegaba acompañado de un ejército digital que insultaba al expresidente como si fuera un político derrotado y sin futuro.
Muchos volvieron a decretar el final de Uribe. A sus 74 años, parecía destinado a ceder el liderazgo de la derecha a un dirigente 26 años menor, con casi 13 millones de votos y una victoria presidencial en el bolsillo.
Las promesas rotas
Según relató el propio Uribe, tras la segunda vuelta del 21 de junio sostuvo una conversación con De la Espriella en la que este le hizo dos promesas: no intervenir en la elección de las mesas directivas del Congreso y no crear un partido propio.
Ninguna de las dos se cumplió. Personas cercanas al presidente electo solicitaron ante el Consejo Nacional Electoral el reconocimiento jurídico de Defensores de la Patria, un movimiento que no alcanzó el umbral exigido en las elecciones legislativas, pero que busca obtener personería alegando el respaldo excepcional conseguido en la elección presidencial.

Al mismo tiempo, De la Espriella se involucró de lleno en la disputa por la presidencia del Senado. “Me toca defender este partido, sobre todo cuando estamos actuando de buena fe”, respondió Uribe, en un tono que mezclaba molestia y advertencia. El desenlace fue un golpe político para el nuevo mandatario. El uribista Honorio Henríquez obtuvo 56 votos, frente a los 45 de Alfredo Deluque, el candidato impulsado por De la Espriella.
La escena fue inédita: un gobierno entrante incapaz de imponer al presidente del Senado en el primer año del mandato, precisamente el momento en el que suele definirse la capacidad de tramitar la agenda legislativa.
Tras la instalación del Congreso, De la Espriella reconoció la derrota con una frase que revelaba tanto sinceridad como inexperiencia: “No soy un político tradicional”, dijo. Luego añadió: “Estoy aquí para hacer la gran política”.
El resultado alteró el ambiente político. Lo que debía ser el inicio triunfal del nuevo gobierno terminó convertido en la primera demostración de que el Congreso no estaba dispuesto a alinearse automáticamente con la Casa de Nariño.
Uribe vuelve al centro del tablero
Con el resultado, el expresidente reapareció como un actor decisivo. En la mañana de este miércoles, el Centro Democrático difundió un comunicado en el que ofreció apoyar las iniciativas del nuevo gobierno relacionadas con seguridad, empresa privada y reducción del tamaño del Estado, pero expresó preocupación por la “intervención percibida del gobierno entrante” en la elección del Senado y por los “gestos de confrontación” hacia la colectividad.
El mensaje tiene un destinatario claro: De la Espriella. Quienes lo habían dado por acabado se encontraron con un Uribe nuevamente vigoroso, dispuesto a disputar el liderazgo y a recordarle al nuevo presidente que la derecha colombiana todavía no tiene un dueño indiscutido.

Suárez fue el arquitecto de los símbolos más visibles de la campaña: el saludo militar, las canciones, la camiseta de la Selección Colombia y el discurso de “los nunca”. También coordinó la maquinaria publicitaria que impulsó con éxito a De la Espriella. Pero nunca logró ganarse la confianza de Uribe.
En la recta final de la primera vuelta, la confrontación entre ambos se volvió pública. El expresidente lo llamó “bandido” y “solapado”, lo acusó de utilizar videos con inteligencia artificial contra Paloma Valencia y de haber participado años atrás en la coordinación de una visita de Piedad Córdoba e Iván Cepeda a un paramilitar extraditado para buscar testimonios en su contra.
Suárez respondió calificándolo como el líder de una “gavilla” derrotada y un “fósil” de una hegemonía política agotada. Cinco semanas después, esa pelea personal seguía viva y explicaba, más que cualquier cálculo de mayorías, la dureza con la que el uribismo enfrentó al presidente electo en el Congreso.
El origen de un líder
Uribe había comenzado su carrera pública a los 24 años en las Empresas Públicas de Medellín. Hijo de Alberto Uribe Sierra y Laura Vélez, creció entre fincas cafeteras y ganaderas de Antioquia, donde aprendió desde niño la disciplina del trabajo rural.
Estudió derecho en la Universidad de Antioquia y, en paralelo, incursionó en los negocios con el restaurante El Gran Banano, que llegó a tener sedes en Medellín, Cartagena y Santa Marta. Luego fue alcalde de Medellín, senador, gobernador de Antioquia y, finalmente, presidente de la República.
Su ascenso estuvo ligado al colapso de las negociaciones del Caguán y a una promesa simple y contundente: derrotar militarmente a las FARC. En 2002 pasó de un 2 % en las encuestas a ganar la presidencia en primera vuelta con el 54,5 % de los votos.
La política de seguridad democrática redefinió la agenda nacional. Uribe convirtió la lucha contra las FARC en el eje de su gobierno y recorrió el país en consejos comunitarios cada fin de semana. En 2006 fue reelegido con el 62,3 % de los votos, tras una reforma constitucional que permitió la reelección inmediata.
Durante esos años, la guerrilla sufrió golpes decisivos y operaciones como la Operación Jaque, que rescató a Ingrid Betancourt, tres contratistas estadounidenses y once militares secuestrados, consolidaron la imagen de un gobierno eficaz en materia de seguridad.

Pero el poder también dejó sombras profundas. Los falsos positivos, con miles de jóvenes asesinados y presentados como bajas en combate, se convirtieron en una mancha vergonzosa de su administración. A ello se sumaron las interceptaciones ilegales del DAS y la condena de varios de sus exfuncionarios por distintos delitos.
Ningún otro presidente colombiano ha tenido tantos colaboradores cercanos condenados, un dato que contrasta con los niveles de popularidad que llegó a alcanzar.
La ruptura con Santos
Tras ocho años de gobierno, la Corte Constitucional le cerró el camino a un tercer mandato. Uribe impulsó entonces la candidatura de Juan Manuel Santos, quien ganó la presidencia en 2010. La relación duró poco. Cuando Santos abrió negociaciones con las FARC, Uribe rompió con él y se convirtió en el principal opositor del proceso de paz.
Respaldó a Óscar Iván Zuluaga en 2014 y estuvo cerca de recuperar el poder. Dos años después lideró el triunfo del No en el plebiscito sobre el acuerdo con las FARC, una victoria que sorprendió al país y demostró que el uribismo conservaba una capacidad de movilización que muchos subestimaban.
En 2018 impulsó a Iván Duque, a quien había traído desde Washington, y volvió a ganar la presidencia. Sin embargo, el estallido social, la pandemia y el desgaste del gobierno dejaron al uribismo en una posición mucho más débil de cara a 2022.
La contienda terminó definida entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, mientras el Centro Democrático perdía protagonismo en el Congreso.
Uribe quedó entonces sin un heredero claro. Con Duque distanciado, Zuluaga enfrentando problemas judiciales y las figuras femeninas del partido compitiendo entre sí, apostó por proyectar a Miguel Uribe Turbay. El asesinato del joven senador durante un acto de campaña frustró ese plan y dejó a la colectividad sumida en la incertidumbre.
El proceso judicial
En paralelo él se enfrentaba a una batalla aún más difícil: la judicial. Todo comenzó en 2014, cuando Uribe denunció al entonces senador Iván Cepeda por presunta manipulación de testigos. En 2018 la Corte Suprema archivó la investigación contra Cepeda y abrió una contra el expresidente.
El episodio alcanzó su punto más dramático en agosto de 2025, cuando la jueza Sandra Liliana Heredia lo condenó a doce años de prisión domiciliaria por soborno en actuación penal y fraude procesal, convirtiéndolo en el primer expresidente colombiano declarado culpable en un juicio penal. Hasta aquí llegó Uribe, se volvió a decir.
La condena fue revocada por el Tribunal Superior de Bogotá en octubre de ese mismo año. La Fiscalía y las víctimas apelaron ante la Corte Suprema, y el caso sigue pendiente de una decisión definitiva.
Preso, libre, condenado o absuelto, Uribe ha conservado una característica que sus adversarios reconocen a regañadientes: su disciplina política. Se levanta antes del amanecer, llama a dirigentes regionales, revisa encuestas, compara cifras y fija posiciones durante todo el día. Su esposa, Lina Moreno, contó alguna vez que, cuando él decidió buscar la reelección, tuvo un presentimiento: “Algún día te van a meter preso”.
La condena de 2025 pareció darle la razón por unas semanas, pero la absolución posterior le devolvió la libertad y la posibilidad de seguir en la primera línea.
Un regreso inesperado
El uribismo llega a esta nueva etapa con fracturas internas, una imagen erosionada por los escándalos y la ausencia de un heredero claro. Sin embargo, también intenta reconstruir una narrativa de resistencia: la del líder perseguido que se niega a abandonar el escenario.
Mientras la Corte Suprema decide el futuro del proceso judicial, Uribe sigue recibiendo dirigentes y empresarios en su casa y comentando cada movimiento político en su cuenta de X.
Esta semana publicó la imagen de una abeja azul junto a un corazón rojo y un mensaje que parecía resumir su estado de ánimo: “Colmena democrática, mano firme y corazón grande”. La referencia es obvia: si “El Tigre”, como se autodenomina De la Espriella, pretende imponer su ley y rugir contra el Centro Democrático —y especialmente contra Uribe—, tendrá enfrente un enjambre de abejas dispuesto a defender su colmena. Y ya se sabe cómo suelen terminar estos duelos en la naturaleza.
Hace apenas un mes, muchos creían que el expresidente había entrado definitivamente al museo de la política colombiana. La derrota del presidente electo en la elección del Senado mostró otra cosa: Álvaro Uribe Vélez todavía tiene fuerza para alterar el tablero.
Y en una política colombiana acostumbrada a enterrar prematuramente a sus protagonistas, el antiguo presidente parece decidido a demostrar que, una vez más, sigue vivo en el combate.
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