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Uribismo y Pacto en una coincidencia inesperada: la pesadilla del nuevo gobierno
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Uribismo y Pacto en una coincidencia inesperada: la pesadilla del nuevo gobierno

Es improbable que el Pacto Histórico y el Centro Democrático se unan en la votación del 20 de julio. Lo cierto, sin embargo, es que ambas bancadas quieren atravesarse en los planes del gobierno de De la Espriella. Los próximos inquilinos de la Casa de Nariño juegan con fuego, pues a un expresidente opositor (Petro) podrían sumar otro distante (Uribe). Todo, sin siquiera haberse posesionado.

Por: Mateo Muñoz

Quien mejor ha resumido la telenovela de turno es el ministro del Interior designado, Rodrigo Lara. El exsenador se ha mostrado sorprendido no solo por la actitud del Centro Democrático, sino por el bautizo de fuego que le tocó sin siquiera haber tomado posesión de su oficina y en lo que se suponía era la luna de miel con el Legislativo.

“Me resisto a creer que eso sea posible”, dijo Lara sobre el escenario —cada vez más probable— en que el lunes sobre las 3:00 p.m todavía sea una incógnita quién será el presidente del Congreso.

Lara ha intentado persuadir al uribismo de declinar la idea, casi kamikaze, de ir hasta el final con Henríquez, a tal punto que los ha señalado de hacerle un favor al petrismo con esa estrategia.

Por eso, si hay una ganadora extraoficial hasta ahora es la desconfianza. En el Grand Hyatt de Bogotá los compromisarios se cruzan a diario ajustando cuentas que no cierran. El nombre más comentado es el de Alfredo Deluque, senador guajiro del Partido de la U, amigo de vieja data del presidente electo, que tiene ya los votos de La U, Cambio Radical, Conservadores, Salvación Nacional y Verdes, pero que aun así no le alcanza para ganar, especialmente si no tiene, y no tendrá, la bendición de Álvaro Uribe.

Esta elección, que en cualquier otro comienzo de gobierno pasaría por un simple trámite con algún ruido puntual, se está convirtiendo en la primera crisis política del abelardismo. No solo porque el Centro Democrático se resiste a votar por Deluque, sino porque insiste en su propio candidato y ha convertido esa obstinación en una batería de críticas contra el senador de La U por su pasado cercano al gobierno de Juan Manuel Santos y, más incómodo todavía para el nuevo inquilino de la Casa de Nariño, por su comportamiento poco opositor durante el gobierno Petro. Deluque votó reformas, votó la ley de paz total, y aunque él mismo lo llama "oposición racional", Uribe no lo tiene en su llavero.

La primera prueba de fuego

El estómago más apretado por estos días es el de Rodrigo Lara. El ministro entrante ha repetido en las últimas reuniones que se resiste a creer que el Centro Democrático vaya a ir a "voto limpio" el 20 de julio. Su argumento es sencillo: la forma más directa para que el uribismo consiga los votos que le faltan es buscando al Pacto Histórico, la bancada más numerosa del Senado con 26 curules. Esa hipótesis, que desde afuera se ve “conspiranoica”, para el Gobierno electo suena a pesadilla no muy distante de la realidad.

El ‘coco’ que asusta —o debería asustar—al abelardismo es un posible distanciamiento simultáneo. Si el Centro Democrático se siente despreciado por el nuevo gobierno desde la primera votación, el resultado más probable no es que se declare en oposición abierta y se alinee con el Pacto, algo que además no le conviene, sino una opción más incómoda de manejar: que se refugie en la independencia a pesar de seguir siendo de gobierno en el papel. Eso dejaría al gobierno de De la Espriella con dos bancadas grandes por fuera de su control en el primer semestre, cuando lo habitual es un romance de al menos una legislatura. El Pacto Histórico ya está en oposición declarada. Si el Centro Democrático se pasa a la independencia de facto, la Casa de Nariño tendría que gobernar desde el primer día con las dos bancadas más numerosas del Congreso mirándolo con distancia, una por convicción ideológica y la otra por orgullo herido.

Y no, lo del uribismo no es una pataleta fácil de atender o reprender. El historial de distanciamiento entre Uribe y el círculo cercano de Abelardo de la Espriella es nutrido. Además, ni en el equipo del empalme fallido, ni en el gabinete armado hasta el momento hay representación del Centro Democrático, pero sí del Partido de la U, que apenas tiene ocho senadores. Y ni hablar del aislamiento en el que está Paloma Valencia, que no dudó ni diez minutos en unirse a la campaña de De la Espriella luego de la primera vuelta.

La pelea de fondo: quién manda a la derecha

Detrás de la pulseada por la presidencia del Senado, que en últimas dura apenas un año por la rotación entre partidos, hay una pregunta más grande: quién controla la derecha colombiana de cara a las elecciones territoriales de 2027 y, sobre todo, de cara a la sucesión presidencial de 2030. El uribismo lee la jugada de Deluque como un intento del abelardismo de construirse una bancada propia, distinta del Centro Democrático, que le permita gobernar sin depender del favor de Uribe y, de paso, sembrar una alternativa de derecha que no responda al expresidente. El Centro Democrático, por su parte, no está dispuesto a quedarse sin ninguna de las dos presidencias del Congreso apenas dos semanas después de haberse declarado, con matices, partido de gobierno.

La cuenta de votos, hasta este jueves, favorece con claridad a Deluque: suma alrededor de 40 senadores (a 12 del número mágico) frente a los 18 de Henríquez. La derrota matemática del Centro Democrático parece cantada salvo alguna sorpresa de aquellas que aparecen de vez en cuando en el Congreso. Ese giro de trama podría venir con una alianza circunstancial entre el uribismo y el petrismo. Es cierto, hasta ahora esos puentes no se han tendido ni hay un acuerdo en ciernes, pero algunas declaraciones, incluso del mismo Uribe, abren una pequeña puerta.

“Si los amigos del Pacto Histórico, del petrismo y del Partido Verde, quieren garantías, las tienen todas”, dijo el expresidente. Además, reveló que le han hecho saber la intención de Petro de reunirse con él.

Pero más allá de si la coalición exprés ‘petrouribista’ ve la luz o no, lo que está en juego ya no es tanto si Henríquez gana, sino qué haría el uribismo después de perder: si se traga el golpe y sigue jugando de gobierno, o si convierte la derrota en argumento para reclamar autonomía durante los próximos cuatro años.

“Sería un golpe bajo, que si fuera el primero se podría manejar, pero no es el primero, ni el segundo, ni el tercero”, dijo un senador uribista electo.

Diferente piensa el exconcejal Daniel Briceño, el congresista más votado del nuevo Congreso. Según él, ‘hay que trabajar juntos sin dejar de competir en las elecciones regionales del otro año’, y asegura que ha habido avances de reconciliación entre Uribe y Abelardo de la Espriella.

‘Tenemos que sacar el país adelante’, le dijo Briceño a CAMBIO.

En todo caso, esas dudas en un partido que hace unos años presumía de disciplina, son las que le quitan —o deberían quitarle— el sueño a Rodrigo Lara.

El dilema incómodo del Pacto Histórico

La ironía de esta historia es que las llaves de la votación no las tiene ni el uribismo ni el abelardismo, sino la izquierda que ambos dicen combatir. El Pacto Histórico está, al mismo tiempo, en el mejor y en el peor escenario posible. Tiene los 25 votos que podrían inclinar cualquier resultado y amargarle la primera victoria legislativa al nuevo gobierno, pero sabe que votar por Honorio Henríquez, uno de los senadores que impulsó el archivo de la reforma a la salud durante el gobierno Petro, sería una traición ideológica difícil de explicarle a sus bases. Votar por Deluque, en cambio, lo expondría a la acusación contraria: la de salvarle la primera prueba al gobierno que dice combatir. La senadora María José Pizarro ya salió a despejar cualquier acercamiento, y el propio Iván Cepeda prefirió dejar la puerta entreabierta con una frase que no compromete a nadie: que el Pacto "no está cerrado a ningún diálogo político".

Ese callejón sin salida es el que ha puesto sobre la mesa, en conversaciones reservadas entre compromisarios, la posibilidad de un tercer nombre. Una figura que no cargue con el desgaste de Deluque frente al uribismo ni con el estigma de Henríquez frente a la izquierda, y que le permita al Pacto votar sin quedar retratados en ninguno de los dos bandos.

Es un invento por necesidad para crear una tercera vía que sorprenda en la plenaria del lunes. Así llegó Iván Name, hoy preso, a la presidencia del Senado en 2023. Una candidatura de última hora, con votos de oposición y de gobierno, que dio el golpe en la votación y sacó del camino a Angélica Lozano.

De hecho, ese antecedente también empieza a revivir en la memoria tanto de algunos congresistas uribistas como de la coalición abelardista. Un tercer nombre, publicitado horas antes de la votación que propicie la fuga de votos de los otros bloques. Pero todas las ideas están en borrador.

En todo caso, si existe ese nombre todavía no se ha revelado en público, y su aparición dependerá de cuánto avance, en las próximas horas, las negociaciones entre partidos.

Lo único seguro, a pocos días de la instalación del nuevo Congreso, es que el gobierno de Abelardo de la Espriella va a estrenar el Legislativo con una victoria numérica poco holgada y una herida política. Ganar el Senado con Deluque puede costarle, en simultánea, la cordialidad de un Centro Democrático que se siente desplazado. Y en un gobierno que necesita mayorías estables para sacar adelante su ambiciosa y controversial agenda, esa factura puede llegar más rápido de lo que canta la aritmética del 20 de julio.

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