
De la Espriella y su juramento ante las tropas: el detrás de cámaras de su visita al Batallón Pichincha
Crédito: Cortesía
Abelardo de la Espriella comenzó su primer día como presidente lejos de la Casa de Nariño y rodeado de uniformes militares. Tras su posesión en la Universidad Santiago de Cali, voló en helicóptero hasta el Batallón Pichincha para convertir en realidad una de sus primeras decisiones como jefe de Estado: visitar un cantón militar en sus primeras horas en el poder. Crónica.
Por: Jonathan Beltrán
La calle Quinta no lucía como la vía más emblemática de la capital del Valle del Cauca en la jornada de este 7 de agosto. Desde la Plaza de Toros hasta la Universidad Santiago de Cali, las vallas metálicas convirtieron uno de los corredores más reconocidos de la ciudad en un robusto perímetro de seguridad levantado alrededor de la posesión de Abelardo de la Espriella.
Llegar al Batallón Pichincha implicó una extensa travesía entre el laberinto de barreras metálicas, puestos de vigilancia y uniformes militares. En pleno Día Sin Carro, hasta los taxistas debían medir con cronómetro el tiempo de cada parada. Diez segundos frente a los controles bastaban para que los militares se acercaran a la ventanilla, detuvieran el vehículo y pidieran las acreditaciones de sus ocupantes.
Frente al acceso principal del cantón, un sargento y un teniente repasaban una lista con los nombres de los periodistas nacionales e internacionales acreditados para cubrir la llegada del presidente más votado en la historia de Colombia. Un resaltador verde junto al nombre abría la puerta al evento; una marca roja significaba recoger las cámaras, dar media vuelta y abandonar la zona de inmediato.
El siguiente control comenzaba con un olfato entrenado para detectar explosivos. Las maletas debían quedar en el suelo mientras cinco pastores belgas malinois las rodeaban y recorrían los equipos en busca de cualquier rastro sospechoso. Superada la inspección canina, llegaba la revisión a mano: un soldado abría cada bolsillo, levantaba cámaras, cables y computadores y examinaba el contenido antes de permitir el paso al cantón.
El despliegue de seguridad tenía razones de fondo más allá del protocolo de la posesión presidencial. Hace apenas cuatro meses, el Batallón Pichincha fue blanco de un atentado con cilindros bomba perpetrado por las disidencias de las Farc. Con ese antecedente aún en la retina de los colombianos, De la Espriella escogió esa unidad militar para escenificar el mensaje de “mano dura” que ha marcado el tono de su proyecto de ‘Patria Milagro’.
Firmes por la Patria y por De la Espriella: la postal militar del nuevo Gobierno
En múltiples zonas de los 6.400 metros cuadrados del Batallón Pichincha, los cadetes repetían una y otra vez los recorridos que tendrían que ejecutar cuando llegara De la Espriella. Los saludos y las formaciones también hacían parte de los ensayos realizados bajo el sol caleño, que marcaba 33 grados centígrados. “Hoy es un día muy importante para las Fuerzas Militares. Todo está paralizado por el presidente y debe ser así, para que todo salga bien”, explicó un oficial al ser consultado por el cierre de bancos, tiendas y casinos de la unidad militar.

Hasta la conexión a internet marcó el relevo de Gobierno. En cuestión de minutos y tras la llegada de militares retirados que aplaudieron a De la Espriella en cuanto se ciñó la banda presidencial, la red de internet a la que debían conectarse los periodistas dejó atrás su antiguo nombre de “Cantón Pichincha 2” y apareció como “Defensores de la Patria”, una señal más de la transmisión de mando de Gustavo Petro al líder del movimiento político de derecha.
En medio de la larga espera por el arribo de De la Espriella, el calor hacía estragos entre los cadetes y obligaba a los oficiales a buscar cualquier sombra disponible. “Esto va para largo y esta gente se nos va a desmayar”, le dijo la teniente Rodríguez al sargento Céspedes antes de habilitar un dispensario de bebidas para mantener en pie a quienes llevaban más de seis horas esperando al presidente en el cantón militar.

En una amplia explanada, la imponente tarima esperaba al nuevo presidente, flanqueada por las banderas de los 32 departamentos del país. En el centro, un atril custodiado desde las alturas por un francotirador; a los lados, una decena de vehículos militares completaba la escena.
Mientras De la Espriella pronunciaba su juramento en la Universidad Santiago de Cali, las pantallas del Pichincha transmitían cada momento de la ceremonia. Cuando terminó la ceremonia, el lugar estalló en gritos de júbilo entre las filas reservadas para militares en retiro y los integrantes de las delegaciones nacionales e internacionales que se desplazaron inicialmente hasta el cantón militar.
El reconocimiento de tropas de De la Espriella ante un Ejército debilitado
A las 5:10 de la tarde, mientras en la Universidad Santiago de Cali avanzaba la alabanza que hacía parte de su ceremonia de posesión, De la Espriella salió del auditorio para asistir al reconocimiento de tropas. Cinco minutos después, el helicóptero FAC 002 aterrizó en el cantón militar del Batallón Pichincha, donde el nuevo presidente descendió para encontrarse con las tropas que desde ese momento quedaron bajo su mando.

El ruido del helicóptero alertó a las familias de los militares que viven en el cantón. Con sillas desarmables y camisetas de la Selección Colombia, salieron a buscar un lugar desde donde pudieran seguir el acto. En cuanto De la Espriella se ubicó ante el atril, se organizaron bajo los árboles a la expectativa de escuchar sus primeras palabras frente a las tropas.
“Militares y policías de la Patria, tengan la certeza de que este Gobierno los protegerá como debe ser, como héroes de Colombia. Conmigo como comandante tendrán un defensor a todas horas. En sus manos está una tarea fundamental de la Patria Milagro”, sostuvo el nuevo mandatario en una intervención que generó gritos y hasta lágrimas de las familias de militares presentes.
En su discurso, De la Espriella prometió reforzar la Fuerza Pública y dotarla de las herramientas necesarias para enfrentar al crimen organizado y al narcotráfico. Pero detrás de esas palabras hay una institución que llega al cambio de Gobierno con las cuentas en rojo. El informe de empalme del Ejército Nacional reveló un faltante de 1,6 billones de pesos para cubrir la nómina de este año y una brecha de 19,3 billones para garantizar el sostenimiento de sus operaciones en todo el país.

Ante un Ejército que llega debilitado por la falta de armamento, munición y equipos especializados, las palabras que más encendieron al público fueron las que apuntaron directamente a sus principales reclamos durante el gobierno anterior. De la Espriella insistió en su promesa de desmontar la Jurisdicción Especial para la Paz, anunció un aumento de la inversión en Defensa y aseguró que los militares volverán a tener respaldo político y jurídico para enfrentar a las organizaciones al margen de la ley.
Del discurso de mano dura al desafío de recuperar las capacidades militares
En el Batallón Pichincha, incluso entre quienes recibieron con entusiasmo la llegada del nuevo Gobierno, había un ambiente menos triunfalista: la apuesta de mano dura de De la Espriella tendrá que enfrentarse a unos grupos armados ilegales cada vez más grandes. El nuevo presidente asumirá el mando de una Fuerza Pública que se enfrenta a 28.802 integrantes de organizaciones armadas ilegales, una cifra que representa un aumento del 90 por ciento con respecto a las cifras de 2022.
“El liderazgo desde la Presidencia es importante, pero es un momento complicado realmente. Los ilegales avanzan muy rápido en inteligencia y tienen más herramientas que las tropas en algunas zonas”, explicó a CAMBIO un teniente que, junto a su familia, reconoció que el rezago de la Fuerza Pública frente al incremento de las filas armadas.
Con el atardecer caleño tiñendo de naranja y azul el cielo, De la Espriella se extendió durante poco menos de una hora y media en su discurso frente a los altos mandos militares. Cuando las luces comenzaron a encenderse en el cantón y los uniformados emprendieron la salida hacia la avenida Quinta, quedó una sensación compartida: comienza un nuevo capítulo para la Fuerza Pública, pero la verdadera prueba estará en los territorios más golpeados por la violencia.

Con la ceremonia concluida, las vallas que durante horas cercaron las calles de Cali comenzarán a levantarse y la ciudad recuperará poco a poco su ritmo habitual. En el Batallón Pichincha y en la capital vallecaucana, sin embargo, permanecerá el recuerdo del atentado de abril y el temor a que la violencia vuelva a golpear a las tropas y a la ciudadanía en el próximo cuatrienio.
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