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Cuando el poder se convierte en relato, la realidad deja de importar. Pero tarde o temprano, la realidad siempre cobra la palabra.
Poder

El culto a Petro: análisis de Yohir Akerman

Una parte importante del país sigue defendiendo al Gobierno del presidente Gustavo Petro con devoción religiosa, incluso cuando la realidad contradice su discurso. Esta no es una crítica al progresismo. Es un intento por entender cómo nace, y cómo se sostiene, un movimiento político que paulatinamente se ha ido convirtiendo en lo que pareciera funcionar más como un culto o secta política. Análisis.

Por: Yohir Akerman

El presidente Gustavo Petro habla como si el país viviera una revolución. Como si las masas estuvieran en la calle y el poder económico temblara. Como si Colombia hubiera girado por completo hacia un nuevo paradigma político. Pero basta con detenerse unos minutos en la realidad, en los datos, en las instituciones, en los balances, para advertir lo contrario y es que estamos ante un gobierno que, en nombre del cambio, ha reproducido muchas de las viejas lógicas oscuras del poder. De las mismas que por años el petrismo atacó.

La noche del 15 de julio, el presidente Gustavo Petro volvió a dirigirse al país. Lo hizo en cadena nacional, con un discurso que parecía más un ritual que una rendición de cuentas. Habló de dialécticas, de acumulación de capital, de procesos históricos y de teorías del poder, como si estuviera dando una clase de filosofía política en lugar de informar a una ciudadanía confundida y agobiada. Su tono oscilaba entre el de un profeta y el del profesor; sus frases, entre lo ininteligible y lo mesiánico. No mencionó políticas concretas, ni acciones específicas, ni reconoció errores. Habló de cosas imposibles. No habló de las EPS que colapsan, ni de las regiones tomadas por el crimen, ni de los ministros que se contradicen. Habló, más bien, como quien predica ante fieles ya convencidos. No habla de soluciones, sino que encarna una venganza. Y eso se siente como poder para quienes lo eligieron.

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