
Ya no podía hablar, gruñía suavemente para comunicarse, estaba a horas de que aumentaran la dosis de morfina que lo arrullaría hasta que la Blanca Dama viniera a ese último encuentro. Los síntomas de ahogamiento eran cada vez más fuertes, sin embargo, Frank, como todo en su vida, decidió nadar en contra de la corriente y con señas pidió un último cigarrillo, una última bala de nicotina para ese cuerpo que ya desbordaba la copa. En complicidad con los médicos de la Clínica Marly y su infinita compasión, que agradeceré toda la vida, cerramos las válvulas de oxígeno de la habitación para no volar en mil pedazos y complacer a quien pronto se despediría de la vida. Frank fumó sin decir adiós. Dos noches antes, en esa misma cama de hospital, me había confesado que no le gustaba la muerte, Frank sentía que morir era como ir caminando a oscuras y tropezar para caer en un plato gigante de sopa fría; lo que le parecía un fin muy destemplado para una existencia tan aventurera como la suya.
La primera vez que lo vi, yo tendría 8 años. RTI transmitía La mala hora de Gabriel García Márquez en televisión y Frank era una suerte de cabo de la policía, creo. Con poca resolución, muchas rayas y en blanco y negro su gravitas atravesaba la pantalla para instalarse en la memoria del espectador por siempre. Años después, lo volvería a ver arrastrando el ataúd de su madre por las calles de un pueblo a lo Juan Rulfo en El gallo de oro. Una escena que cambiaría la forma de ver y hacer la televisión. Su nariz aguileña, el bigote cerrero y la mirada de buitre que nunca lo abandonó, contrastaban con el bello corazón que palpitaba en su pecho. Cuando lo conocí, ya lo tenía partido por la mitad. Un infarto de 36 horas que no quiso atender de inmediato, se lo dejó aplastado como la proa del Titanic. A Frank no le entraban las balas, pero una bella mujer oriental casi lo mata cuando decidieron separar sus destinos para que ella retornara a su país.
Llegó a Nueva York el mismo día que llegaron los Beatles para tocar en el Shea Stadium. Le gustaba bromear pensando que todo ese alboroto era por su llegada. Trabajó como caricaturista y en dibujo publicitario, mientras pulía el acento para viajar a Los Ángeles y seguir su carrera como actor. En Hollywood participó en innumerables wésterns televisivos. Trabajó incluso en una película con Glen Ford y Rita Hayworth. La recordaba algo triste, algo opaca por el tiempo, con la mente en otra parte, quizás en el back yard de Orson Welles. Se hizo gran amigo de San Peckinpah y fueron vecinos en Arizona. Allá Frank tuvo una tierra en el desierto por un tiempo. A Peckinpah le gustaba beber con él. Se pasaba las noches enteras viendo Van Goghs, Picassos y Monets de su colección personal. Los archivaba cuidadosamente sin exhibirlos nunca en las paredes de su casa. De vez en vez lo llamaban a manejar carros y hacer doble de acción en sus películas, cosa que a Frank le encantaba. En una de esas faenas se rompió la espalda haciendo el truco de “la tierra cavada”. Al galope debía ser arrojado del caballo por el impacto de un rifle sobre su pecho. Para hacerlo más real, ataban al doble con cuerdas a un jeep que iba en dirección contraria a la acción, de tal manera que al recibir el golpe salía despedido del animal para caer sano y salvo en tierra cavada amortiguando el impacto. Frank cayó en la roca por fuera de la marca. Pasó toda la noche sobándose la espalda con ungüento para caballos para aliviar el dolor; puro remedio de vaqueros. Al otro día se levantó a seguir apostando el pellejo como si nada hubiera pasado, tenía tres vértebras aplastadas que le causaron dolor toda la vida y temblor en la mitad del cuerpo. Debió aprender a mitigarlos a través de la meditación que le brindaba el arte del bushido (La espada). Se convirtió en esgrimista, talló en madera su sable para que exactamente con ese mismo peso y balance se lo fundieran en acero. Nunca limpió la sangre que vertió en diversos encuentros en Japón. Fue humilde y habló poco de eso, como corresponde al honor de un guerrero. Frank Ramírez, además de gran actor, fue un delicado pintor. Apoyaba suavemente el lápiz sobre el papel y esperaba que el estertor de su mano derecha se detuviera por unos segundos para dibujar un trazo y otro y otro, hasta con paciencia ir resolviendo fábulas y dibujos llenos de humor y detalle sobre el mundo erótico de las mujeres que habían pasado por su imaginación y de pronto por su vida, no lo sabemos.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














