
El maestro Cabrujas, uno de los más grandes guionistas de televisión latinoamericana, solía decir: “Si te pierdes en la estructura, regresa siempre al conde, él te guiará a la salida”. Fernando Gaitán cada vez que estaba en aprietos escribiendo las escenas de alguno de sus éxitos, se sentaba frente al ajedrez que siempre estaba dispuesto en su oficina y comenzaba una partida con el primero que se le atravesara, mientras meditaba en el conde; buscando la blanca mano del aristócrata personaje para salir del apuro.
Seguramente alguna vez en su vida habrá escuchado ese nombre, pero si por casualidad ha pasado inadvertido para usted amigo lector; o simplemente no tiene ni idea de lo que le estoy hablando, permítame entonces presentarle quizás a uno de los más enigmáticos, misteriosos y maravillosos personajes de la literatura.
El conde de Montecristo nace bajo la pluma del gran escritor de origen antillano Alexander Dumas; inspirado en la figura de su padre, un centauro negro, húsar de Napoleón, de los mejores esgrimistas de su época; tan fuerte que decían era capaz de pararse debajo de una viga con su caballo, colgarse de ella y hacer una flexión elevando también al animal que aprisionaba entre sus piernas. Tan valiente era que cuando atacaba con su brigada, la descarga la hacía 15 metros adelante de los demás jinetes. Por su fiereza al romper las filas enemigas, algunos lo confundían con el mismísimo Napoleón y quedaban muy sorprendidos al verlo alto, negro y fornido; muy diferente a la descripción que habían escuchado del emperador.
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