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Jorge Enrique Abello
Puntos de vista

Las uvas deben ser pisoteadas para hacer vino

Carta a mi hijo Antonio

Te vi en el parque, el atardecer se colaba por entre las ramas de los árboles y las hojas. Había muchos niñas y niños, trepados como micos en los juegos, arrastrándose como tigres cazadores por los pastos, o gritando como cacatúas sobre los palos de mango. El tránsito era imposible; todos corrían en diferentes sentidos como electrones locos al rededor de los columpios, los sube y baja hacían las veces de olas de hierro y la brisa de la tarde levantaba polvo del Sahara que alguna vez arrastraron los vientos hasta allí para fertilizar la selva y los bosques de esta tierra mágica del Caribe colombiano que es Barranquilla.

Entre la muchedumbre de nanas, munchkins* y magos te destacabas por tu sonrisa: brillante como la faz de la luna y dulce como un espada de caramelo. Así entraste a este mundo por primera vez: sonriendo, y así entras a todos los mundos que habitan este: sonriendo. Tu sonrisa es la espada más victoriosa, así como el canto desde la cárcel de Miguel Hernández y tus ojos miel el lugar donde yo sueño.

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