
“Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”. Así comienza Lev Tolstói su bellísima Anna Karéninna, que antes de ser rebautizada para la posteridad, se llamaba: Historia de dos familias.
El domingo en la tarde, mientras veía la ceremonia de cambio de mando presidencial, hubo dos imágenes que me llamaron profundamente la atención y que me recordaron la paradójica historia de la infortunada Anna, que pagó con su vida la decisión de dejarlo todo, incluso su hijo, por un amante que al final del día no cumplió lo prometido y el buen Levin; que buscando cambiar el mundo rural de la Rusia zarista encontró el amor, pero no la igualdad a la que aspiraba.
La primera imagen fue la del presidente electo, que desde la Plaza de Bolívar, con su espada en una urna y frente a lo que fue el antiguo Palacio de Justicia, hecho pira humana hace tres décadas en una batalla urbana entre el M-19 y el Ejército colombiano, que aún nos sigue costando las más tristes lágrimas; nos recordó en su discurso de posesión que Colombia sigue dividida en dos sociedades y que durante su mandato aspira a que nos unamos para convertirnos en una sola sociedad basada en la “paz total”.
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