
Algunos de mis cuadros favoritos pertenecen al pintor noruego Edvard Munch, cuya sensibilidad siempre me ha parecido que se anticipó a los tiempos que corren en este presente y quien de alguna manera supo darle una identidad al desencanto y el desasosiego de la sociedad finisecular que debía recibir el siglo XX con bombos y platillos. Un poco los pintores expresionistas contradecían el esplendor impresionista que, con sus festejos, colores y algarabías, mostraban un mundo exterior luminoso. Los expresionistas se encerraban en sus estudios y buhardillas para retratar con mayor nitidez el fracaso humano y su profundo escepticismo frente a la idea de progreso.
Tres de esos cuadros favoritos son Madonna, Atardecer en el paseo Karl Johan y, por supuesto, el mas famoso y universal de su obra: El grito, que ha sido tantas veces parodiado y que se ha convertido con el tiempo en objeto de estudio de muchos académicos e historiadores del arte y como fuente de muchos escritores. Siempre me inquietó el Atardecer en el paseo Karl Johan como una perfecta postal contra el crecimiento de la ciudad y la industrialización. Los protagonistas son seres alienados, iluminados por una suerte de reflector que los hace ver como zombis que se toman las calles en el apocalipsis. Ese cuadro es de 1892 y quizás allí se intuía lo que después Franz Kafka vendría a explotar en toda su obra. El cuadro de Munch me ha generado muchas preguntas a partir de sus personajes vacíos con miradas ausentes.
A propósito del boom del libro La generación ansiosa (por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes,) del psicólogo neoyorquino Jonathan Haidt, regreso al cuadro de Munch para intentar comprender el presente y pareciera que el tiempo fuera el mismo, solo que ahora hay aparatos digitales. El cuadro parece retratar la misma ansiedad de hoy donde poco interactúan los personajes y el individualismo prevalece tanto en aquellos años análogos como en la sociedad digital de ahora.
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