
Este año ha sido nombrado y dedicado a la figura y la trayectoria de Delia Zapata Olivella, mujer negra, afrocolombiana, que nació hace cien años, el 1 de abril de 1926. Aunque los centenarios dedicados por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes —antes Ministerio de Cultura— a hombres e intelectuales del país han contado con algo de despliegue mediático en los medios corporativos y en la discusión pública, este parece haberse quedado restringido a lo propuesto por el Ministerio que en unos días cambiará de sentido para intentar instalar valores reaccionarios y evangélicos como los de la homofobia, la hispanidad o la racialización estructural como explicación para la desigualdad en Colombia.
Este Gobierno que termina en apenas nueve días bautizó el Centro Nacional de las Artes como Delia Zapata Olivella: se trata de una hermosa edificación dedicada a las artes vivas, ubicada en el barrio La Candelaria, de Bogotá, que es la prolongación del Teatro Colón, y que comenzó su desarrollo, planeación y construcción en el Gobierno de Juan Manuel Santos, y fue inaugurado en este cuatrienio del Gobierno del Cambio que recién empezaba. El Centro Nacional de las Artes quiso homenajear a una de las mujeres que más insistió en reivindicar los saberes y sabores de la corporalidad de la gente negra, que entiende que el cuerpo no está separado del alma ni del pensamiento, sino que es su expresión más rotunda y profunda.
Delia Zapata Olivella hizo parte de una generación de afrocolombianos que entendieron que era necesario emprender una lucha intelectual y sensible por el reconocimiento de las poblaciones negras esclavizadas desde el siglo XVII en África, que llegaron a Colombia y a otros países de América para ser parte de una empresa del horror al usar a la humanidad como fuerza de trabajo sin derechos de ninguna clase.
Estas poblaciones que llegaron al puerto de Cartagena, en su mayoría, y que fueron separadas a lo largo y ancho de América de sus troncos familiares y culturales de procedencia, crearon nuevas formas de organización social y cultural sincréticas que representaron las primeras luchas de emancipación del continente: en Haití, los jacobinos negros se terminarían levantando contra los revolucionarios burgueses que los inspiraron; en el norte de Colombia, Benkos Biohó fundaría el primer territorio autónomo y libre de América, el Palenque de San Basilio, y así sucesivamente, en diversos litorales y sabanas de nuestra geografía, los pueblos negros se constituyeron como culturas que definirían, junto a otros grupos poblacionales, la verdadera riqueza de nuestra nación, que una y otra vez, desde su creación como república ha querido insistir en su esencia hispánica, blanca, andina y católica despreciando sus otras fuentes trascendentales como los indígenas y los pueblos negros.
Delia y su hermano Manuel Zapata Olivella, ella, artista, coreógrafa e intelectual, él, médico, escritor, novelista y activista por los derechos y la liberación de los pueblos esclavizados del mundo, entendieron muy pronto que si no se recuperaba la tradición y los sistemas culturales como formas de conocimiento, y no como folclor, la exotización y la racialización continuarían legitimando las formas de exclusión. Por ello, desde los años cincuenta, cuando llegaron a Bogotá a la Universidad Nacional de Colombia, entendían que la expresión de esos sistemas culturales debía ser reivindicada a través de publicaciones, investigaciones, acciones artísticas y una decidida apuesta política por ganar espacio en el sentido común de una idea de nación excluyente, católica y profundamente avergonzada de su propia composición social y humana.
Aprendió a bailar desde niña en Cartagena, ciudad a la que se trasladó su familia, aunque nació en el municipio de Lorica, Córdoba. Su padre fue un permanente protector de la curiosidad: insistió en que estudiara ––fue de las primeras mujeres que hizo el bachillerato en Colombia––, y tenía acceso a libros y al cine en los solares de aquella ciudad que en su centro histórico aún tenía presencia de los habitantes vernáculos antes de convertirse en una capital amurallada para el disfrute de las élites nacionales, y después globales, como centro de diversión estacional.
En los cabildos de Getsemaní, San Diego y Torices, la comunidad preparaba las danzas, los reinados y las comparsas, y al menos durante un semestre del año, todas y todos se comprometían con la celebración de la vida y de la ancestralidad cultural. Llegó a la Universidad Nacional, en Bogotá, a la Facultad de Bellas Artes. Quería ser artista y practicó la escultura. Sin embargo, la soledad del estudio iba en contravía de la vocación de lo que estaban conformando con su hermano Manuel, autor de novelas y textos definitivos como Chambacú, corral de negros, En Chimá nace un santo o Changó, el gran putas, para entender la complejidad de los saberes y las culturas afro que se habían difuminado por el mundo, provenientes de diversas etnias de África, y que en Colombia habían sido separadas.
Con Manuel constituyó la primera compañía de danza, pero con la conciencia de que era la investigación sobre el territorio lo que podría configurar una verdadera sistematización de esas culturas populares que eran excluidas de los centros del poder nacional. Viajaron de pueblo en pueblo: llevaba una máquina de coser y los elementos médicos de Manuel, que ya se había graduado. Ponían un letrero en los pueblos donde comenzaron su peregrinaje, en varias subregiones del Caribe, como la depresión momposina. “Manuel ponía ‘Médico’, y yo ‘Modista’”. Durante el día trabajaban para en las noches aprender las danzas, los mitos, los giros lingüísticos que les enseñaban los campesinos después de la faena. Ella cosía trajes de esas mismas tradiciones, dibujaba los pasos, las coreografías, y él escribía: la etnografía del afecto se puso en marcha desde entonces: el cuerpo es un testimonio y contiene el pasado ancestral.
La herencia de Delia Zapata Olivella para un país como Colombia es inmensa. Ella, al lado de su hermano, y de antropólogos como Aquiles Escalante, Nina S. de Friedemann, Gloria Triana, Jaime Arocha, Adriana Amaya, Alfonso Múnera, Amanda Hurtado, Javier Ortiz Cassiani o Francisco Flórez, entre muchas otras y muchos otros que han dedicado décadas y años a examinar con curiosidad los sistemas de conocimiento de los pueblos negros en Colombia, y sus diferencias, conexiones, formas de organización, religiosidad y simbolización, han sido definitivos para que podamos entender que nuestro país no navega en un relato unívoco nacional, y que pretender aquello es despreciar las inmensas posibilidades de una diversidad cultural que es definitiva para la paz y la reconciliación del país.
Las danzas de Delia Zapata se convirtieron en un suceso en ese país encerrado en los centros urbanos de los años cincuenta. La gente del interior o de las zonas andinas comenzó a entender cómo el cuerpo y la sofisticación de la música con la elegancia de las danzas sincréticas eran la expresión de un país desconocido y sometido a ser parte de eso que hoy seguimos llamando, no sin ignorancia, la “Colombia profunda”, periférica o territorial. Pero también sirvió para poner en el centro la discusión sobre la permanente racialización de las gentes negras de nuestro país que siguen siendo sometidas al desprecio, y la burla, tal como sucedió estos cuatro años con la vicepresidenta Francia Márquez Mina.
Delia Zapata Olivella cruzó las fronteras de Colombia en 1954 y antes que muchos intelectuales blancos le mostró al mundo la complejidad y riqueza de nuestro país.
A un siglo de su nacimiento, en este centenario, los colegios, la conversación pública, los medios de comunicación y la sociedad deberían detenerse en el acontecimiento fundamental que significó su vida, su obra y su legado pedagógico, político y epistemológico para la construcción de nuestra principal riqueza que es la bioculturalidad regional de Colombia como nuestra única y verdadera identidad; sin ello, cualquier acuerdo nacional estará siempre lejos de cumplirse: ninguna nación o pueblo del mundo se ha hecho digno y fuerte despreciando a las culturas de los pueblos que las conforman. Ninguna nación del mundo ha podido avanzar en caminar junta si se impone una única fe como proyecto cultural.
Adenda. Recomiendo el especial realizado por la revista Gaceta, del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, para comenzar a leer e investigar sobre el legado de Delia Zapata Olivella, disponible aquí: https://gaceta.co/contenidos/delia-zapata-olivella/
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