
Hay partidos que parecen terminar antes del silbato.
No porque se haya acabado el tiempo, sino porque un equipo deja de creer que todavía puede cambiar el resultado.
Argentina se negó varias veces a hacerlo durante este Mundial.
Necesitó el alargue contra Cabo Verde. Perdía dos a cero frente a Egipto en el minuto 78 y marcó tres goles en catorce minutos. Inglaterra le ganaba la semifinal hasta el minuto 84; siete minutos después, Argentina estaba clasificada.
No llegó a la final de manera perfecta.
Llegó por obstinación.
Por una forma casi irracional de creer que, mientras quedara un minuto, todavía quedaba un partido.
En la vida también existen minutos 78.
Hace poco, un conocido recibió uno de esos diagnósticos que dividen la vida entre un antes y un después. Todavía no conoce todas las respuestas, pero ya tuvo que decidir cómo quiere enfrentar las preguntas.
También ocurre en una relación que parecía rota y, sin saber todavía cómo, decide intentarlo una vez más. En un resultado que amenaza años de trabajo. En una transformación que se estanca. En un equipo que deja de creer.
En esos momentos aparecen dos clases de personas: las que empiezan a preparar el PowerPoint de la derrota —con cascadas que explican el fracaso de manera visual y elegante— y las que todavía buscan por dónde entrarle al partido.
No hablo de negar la realidad.
La realidad debe mirarse completa, especialmente cuando duele. Pero reconocer que vamos perdiendo no equivale a aceptar que ya perdimos.
La lucidez sirve para saber dónde estamos.
El coraje, para decidir qué hacemos desde allí.
España fue superior en la final y encontró el gol en el alargue, cuando Argentina ya jugaba con diez hombres. No tendría sentido cambiar la realidad para hacerla más bonita.
Pero tampoco sería justo contar la historia de Argentina solamente desde su último resultado.
Después de tantas remontadas resulta difícil saber dónde termina la capacidad futbolística y dónde comienza una confianza compartida que les impide sentirse derrotados antes del silbato.
Argentina lleva décadas entrenando esa obstinación fuera de una cancha.
Cuando llegué a vivir allí, hace veintitrés años, un dólar costaba alrededor de tres pesos argentinos. Hoy ronda los mil quinientos: casi quinientas veces más. Poco antes de mi llegada, durante la crisis de 2001, el país había visto sucederse cinco presidentes en once días. Después vinieron nuevas devaluaciones, controles, cepos e inflaciones que volvieron inútil cualquier comparación sencilla.
No se trata de romantizar el desorden ni de convertir el sufrimiento en una virtud. Ningún país debería acostumbrarse a vivir al borde del abismo. La resiliencia no puede ser la coartada de quienes tienen la responsabilidad de construir estabilidad.
Pero algo ocurre allí después de cada caída.
Abren el negocio a la mañana siguiente. Llenan los teatros. Escriben libros. Discuten en los cafés. Inventan empresas. Hacen ciencia, cine, música y fútbol. Se desesperan y vuelven a empezar.
Le dan y le dan y le dan.
Siguen para adelante.
Pablo Alabarces ha estudiado esa cultura del aguante. Aguantar puede ser resistir, no retroceder y demostrar que uno no abandona. En su mejor versión, sostiene a un equipo que pierde dos a cero en el minuto 78.
Pero el aguante también puede convertirse en una trampa: hacernos creer que aceptar un límite es cobardía, que reconocer al vencedor es rendirse o que responder con violencia demuestra carácter.
Mientras queda tiempo, no darse por vencido puede ser una virtud.
Después del silbato, no aceptar que se perdió deja de ser resiliencia.
Es negación.
Tras la final hubo una pelea y la FIFA abrió una investigación. No me interesa reconstruir quién empujó primero ni convertir estas líneas en un alegato penal o futbolístico.
Me interesa algo más sencillo.
Incluso cuando el dolor es comprensible, seguimos siendo responsables de lo que hacemos con él.
Roberto Ayala reconoció que había reaccionado mal y dijo que se disculparía personalmente con Dani Olmo. Pero también explicó su conducta como respuesta a una supuesta provocación. Olmo negó haber dicho algo y sostuvo que aquella versión no era cierta.
La discusión ya no cambia la imagen.
Pedir perdón importa. Pero asumir de verdad exige resistir la tentación de repartir una parte de nuestra responsabilidad entre quienes recibieron el daño.
Equivocarse puede ocurrir en un instante.
Hacerse cargo exige algo que dura mucho más: carácter.
Scaloni lloró.
Antes de quebrarse reconoció que España había sido superior. No señaló a un jugador. No responsabilizó al árbitro. No convirtió el dolor en acusación.
Después, sencillamente, no pudo continuar.
El técnico también puede llorar.
Todavía les pedimos a los líderes que no tiemblen, no duden y no se quiebren. Confundimos fortaleza con impasibilidad. Creemos que mostrar lo que sentimos disminuye nuestra autoridad.
Scaloni recordó lo contrario.
Un líder no pierde autoridad cuando llora después de una derrota.
La pierde cuando utiliza al equipo para no asumirla.
Messi permaneció frente a la tribuna intentando contener las lágrimas, hasta que no pudo. Había en su mirada algo más grande que el resultado: la certeza de que acababa de mirar por última vez a su gente desde una cancha mundialista como jugador.
A los 39 años y después de seis mundiales, no protestó contra la historia. Agradeció a sus compañeros y a la gente. Habló con orgullo del camino. Felicitó a España.
Mientras algunos se enfrentaban y otros pedían repetir el partido, miles salían a agradecerle al equipo.
Todo ocurrió casi al mismo tiempo.
Quizá esa sea una imagen más honesta de cualquier sociedad: no una reacción colectiva, sino distintas respuestas frente al mismo dolor.
Durante unas semanas hablamos como si una selección fuera un país. Millones dijeron ganamos cuando Argentina remontó y perdimos cuando España levantó la copa. Esa es una de las ficciones más poderosas del fútbol.
Pero una derrota no revela la identidad de una nación.
Expone el carácter de cada uno.
La frustración no fabrica nuestro carácter.
Lo expone.
Días antes, en Colombia, la eliminación también había dejado expuesto algo doloroso.
Jáminton Campaz desperdició una oportunidad frente a Suiza durante el alargue. Colombia terminó eliminada en los penales y alguien decidió que aquella pelota que no entró autorizaba a amenazarlo de muerte a él y a su familia.
Treinta y dos años después del asesinato de Andrés Escobar, volvimos a acercar peligrosamente un error dentro de una cancha a una sentencia fuera de ella.
Deberíamos haber aprendido que ninguna pelota perdida convierte a un jugador en enemigo.
Mucho menos en blanco.
No fueron todos los colombianos. Nunca lo son. Pero basta una amenaza para recordar que todavía hay quienes confunden exigir con destruir y frustrarse con adquirir permiso para hacer daño.
Falcao cuestionó con dureza la estructura del fútbol colombiano. Su diagnóstico puede discutirse.
Su destinatario, no.
Señaló al sistema, no a Campaz.
Se puede prender el ventilador sin arrojar a una persona frente a él.
Exigir no es culpar.
Cuidar no es encubrir.
Podemos reconocer un error sin reducir una vida a ese error. Podemos cuestionar un sistema sin sacrificar a quien falló la última jugada. Podemos perder sin necesitar a alguien sobre quien descargar nuestra frustración.
También hay una advertencia para quienes dirigimos organizaciones: ningún equipo puede depender siempre de marcar tres goles después del minuto 78.
El heroísmo repetido suele revelar que alguien planificó mal, decidió tarde o dejó crecer problemas que debieron resolverse antes.
Un buen líder sabe conducir una remontada.
Uno mejor construye equipos que no necesitan vivir remontando.
La épica puede salvar un partido.
No puede reemplazar una estrategia.
Y algunas remontadas no consisten en regresar al lugar donde estábamos.
Consisten en aprender a jugar juntos de una manera distinta.
Pero incluso el equipo mejor preparado puede perder. Cuando ocurre, comienza otro partido: el de la dignidad.
Allí ya no se juega contra el rival, sino contra la necesidad de inventar una excusa, encontrar un culpable, desconocer la realidad o convertir el dolor en violencia.
Ese partido también se puede perder.
Escribo estas líneas desde Argentina, el país que me recibió hace veintitrés años.
Viví en ocho países y en todos, alguna vez, me recordaron que yo no era de ahí. En Argentina también fui extranjero: colombiano y bastante moreno. Nunca viví personalmente las expresiones de racismo que otros sí han denunciado.
Eso no invalida sus experiencias.
Pero tampoco vuelve falsa la mía.
Allí fui recibido. Hice amigos, trabajé, aprendí y dejé una parte de mí. También me llevé algo que ya nunca pude devolver:una parte de mi corazón se hizo argentina.
No necesito absolver a un país de sus contradicciones para quererlo.
Tampoco convertirlo en una virtud uniforme para agradecerle.
Argentina no es su selección. No es la pelea, Scaloni llorando, Messi despidiéndose, quienes pidieron repetir el partido ni quienes salieron a recibir al equipo.
Es todo eso.
Y millones de vidas que no caben en una cancha.
Gracias, Argentina.
No por haber sabido perder. Ningún país sabe una sola cosa.
Gracias por haberme mostrado tantas veces que una caída no tiene por qué ser el final.
Por recordarme que, mientras quede tiempo, hay que seguir jugando.
Pero también que, cuando el tiempo termina, comienza una prueba distinta: aceptar la realidad, cuidar a quien falló y no abandonar a quien dejó el alma a nuestro lado.
El coraje consiste en no declararse derrotado antes de tiempo.
La dignidad, en saber cuándo el partido terminó.
Solo por hoy.
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