
Cada semana, cuando me pongo a pensar sobre qué voy a escribir la siguiente columna de opinión, hago un listado mental de las cosas que he hecho y que creo que valen la pena comunicar por este medio. Sería muy pretencioso de mi parte creer que lo poco o mucho que he logrado sirve como ejemplo. Son más las veces que me he equivocado que las que he acertado, pero considero que mi experiencia puede serle útil a alguien. Al fin y al cabo vivimos por nuestros sueños, y esos sueños son los que le dan sentido a la vida.
Mi primer sueño, por ejemplo, fue material: quería una moto. No tuve que esforzarme mucho por cumplirlo, porque mi hermano mayor me la regaló. Desde entonces es mi vehículo favorito porque me ayudó a sacar adelante mi primer emprendimiento y pude conocer buena parte del país. No hay un medio de transporte más agradecido que la moto porque es barata, se tanquea con poca gasolina, es rendidora y muy fácil movilizarse en ella. Por eso siempre he creído que la moto representa la verdadera revolución social.
Mi segundo sueño fue más trascendental: vivir por mi propia cuenta con el resultado de mi trabajo. Eso me tomó más tiempo, pues a mí me empezó a ir relativamente bien después de los 40 años. Fue mucho lo que luché hasta que la estabilidad empezó a llegar poco a poco. Una vez superé mi primera obligación, que era sostener la familia, pude dedicarme a que los que trabajaban conmigo estuvieran mejor. Eso también lo logré poco a poco, distribuyendo utilidades en la medida en que crecía la fábrica. Es que yo conozco las angustias de no tener los ingresos que uno cree que se merece. Por eso puedo decir que la clave para calmar esas angustias y progresar es trabajar duro, ser buena persona y no desesperarse, porque el éxito termina llegando. Y ese éxito debe ser compartido. Es un error muy común querer sacarle provecho a la mano de obra, cuando lo que hay que hacer es valorar al trabajador para sacarle el éxito. Así fue como pasé de ser un emprendedor que fracasó muchas veces a convertirme en un empresario con una siderúrgica, una cementera y un pequeño ingenio azucarero.
Mi tercer sueño fue, precisamente, tener un ingenio. Este sueño lo vislumbré por primera vez a finales de los años sesenta, cuando era contratista de corte, alce y transporte de caña en San Antonio de los Caballeros, un corregimiento que queda en Florida, Valle del Cauca. Mientras trabajaba con un magnífico equipo de corteros de caña para uno de los ingenios más grandes de la región, soñaba con poder montar, algún día, mi propio ingenio, con el fin de intentar cambiar varias cosas de la industria azucarera. Este sueño lo pude cumplir hace 15 años no más, pero sigo concentrado en sacarlo adelante en el norte del Cauca, una zona que lo que más necesita es empleo, estabilidad social y desarrollo.
Mi cuarto sueño era conocer un gran hombre que se llamó Pepe Mujica. La vida me dio la oportunidad hasta de conversar con él cuando fui alcalde y Juan Manuel Santos organizó una cumbre en Cali a la que invitó al expresidente uruguayo para respaldar los acuerdos de paz. Pepe Mujica tuvo la valentía de venir a decirnos a los colombianos que la guerra no puede ser la filosofía de ninguna sociedad y que no hay mayor riqueza que estar vivos. Incluso dijo que, en términos económicos, la guerra sale mucho más costosa que la paz, y nos recordó el valor incalculable que hay en el perdón y la reconciliación.
Y mi quinto sueño, que todavía me trasnocha porque es el más importante de mi vida, es que los empresarios colombianos se esfuercen en intentar adoptar la distribución del ingreso en sus compañías para que noten la diferencia. No se necesitan hacer grandes cambios administrativos o financieros. Es suficiente con tener la voluntad de mirar a sus colaboradores a los ojos, hablarles con la verdad, propiciar un ambiente de confianza total y tener la generosidad de compartir un negocio para que tengan mayores posibilidades de progreso.
Después de haber hecho de todo en la vida, a mis 81 años tengo la certeza que la distribución del ingreso es lo que mejor funciona en las empresas y lo que más le conviene al país. Quizá por eso fue que me dio por ser alcalde y hasta hace unos meses, ser presidente. No para decretar esa distribución, porque ésta no puede ser obligatoria, sino para encontrar la mejor manera de influir en que los demás también distribuyan el ingreso. Porque de eso también se tratan los sueños: de volverlos visibles y viables.
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