Domingo de Ramos. Muchos en este país, de mayoría católica, irán a las iglesias a oír al cura aunque no le entiendan ni la mitad de lo que dice. Algunos darán unas pocas monedas y uno que otro billete, creyendo que con eso cumplen con el mandato cristiano de la caridad. Se sienten tan generosos porque compran empanaditas a las señoras de la parroquia a la salida de la misa, pero le tacañean la propina al que les cuida el carro mientras posan de maravillosos seres humanos, bien vestiditos, saludando a los vecinos de los que unos minutos después rajan, y todos terminan mirando ansiosos sus teléfonos celulares que llevan en la mano, y se sumergen en esa adicción que los tienen cada vez más apáticos y ensimismados, en busca de algunas dosis de dopamina. En ese momento, ya nadie recuerda la enseñanza bíblica que traía la lectura del día.
Tranquilos, queridos católicos perfectos. El anterior párrafo, fácilmente puede ser mi descripción. La de ustedes, no. Qué va.
Igual es en las otras iglesias y en las demás religiones. Rogamos perdón por nuestras conductas, pedimos fervorosamente que se nos cumpla una inmensa lista de necesidades, prometemos lo divino y lo humano, deseamos que la paz sea contigo y salimos a enfrentarnos con el que sea. Y por lo que sea. Solo yo tengo razón.
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