
La ola de calor intenso vivida esta semana en Europa marca registros históricos de alta temperatura, en ciudades y países, así como con respecto de la época del año, con imágenes que muestran cese de actividades en colegios, trenes con problemas por el calentamiento excesivo de rieles, alarmas para pedir a la población disminuir actividades en sitios cerrados, y hasta especulación por una demanda incontrolada de aparatos de ventilación y enfriamiento.
Ver para creer: Europa en medio de la crisis climática, mientras que algunos negacionistas siguen haciendo campaña política en tanto que el barco se hunde.
No es un fenómeno aislado, sino un claro impacto continental de un proceso de calentamiento focalizado en esta parte del mundo, al tiempo que en otras partes del hemisferio norte aún esperan entre las expectativas generadas por la información de las agencias climatológicas mundiales, y la anestesia profunda que genera el Mundial de fútbol. Veremos qué pasa en julio y agosto a este lado del continente, donde se proyecta una entrada poderosa de las ondas de calor.
Con los precios del petróleo disparado, la inestabilidad del acuerdo entre Estados Unidos e Irán y los temores europeos frente a Putin, lo que se alcanza a observar es una desesperada carrera por lograr quitarse de encima la dependencia energética de países que ya ni son aliados ni predecibles, y por tanto se encuentran turbinas eólicas en cuanto pedazo de tierra o plataforma marina hay posibles, así como plantas alimentadas con gas o energía solar donde se pueda, y una red eléctrica que suple necesidades de movilidad y consumo en viviendas. Así mismo, en el transporte terrestre, fluvial y marítimo cada vez más los medios de movilización de carga y pasajeros han transitado a energías renovables, y su proceso es masivo.
Es decir, no hay duda: la decisión política de estos países está dirigida hacia una transición lo más rápida posible, pero con las previsiones de que no haya un potencial desabastecimiento por efectos del cambio político global. Sensato y en la vía correcta.
Sin embargo, también hay que decirlo, muchos de estos países han perdido parte importante de su cobertura forestal, dándole paso a desarrollos de agricultura intensiva, minería y poblamiento, que en algunos casos son tan fuertes, que hay más bosques urbanos que en zonas rurales, dejando enormes áreas sin el efecto mitigador de los bosques. También es cierto que otros países han logrado recuperar parte de sus zonas de conservación, en medio del debate con los agricultores, que en casos —como el francés o el holandés— han sido protagonistas de enormes debates sobre el uso del suelo, y en particular sobre los subsidios y la presión sobre zonas de expansión agrícola.
Y allí también se articula esta tensión con la entrada en vigor, el año que viene, de la reglamentación europea de “debida diligencia” para evitar consumo de productos provenientes de áreas con deforestación, que incluye las seis principales cadenas asociadas con la presión de la frontera agrícola sobre los bosques a nivel mundial: carne, aceite de palma, soya, cacao, café y madera. Entonces, aquí también está la otra conexión de política sobre cambio climático que hace una gran diferencia con otros países del mundo con gran demanda de alimentos, y es precisamente esta reglamentación la que ha generado un enorme movimiento —principalmente en los países tropicales—, en donde tanto industrias nacionales como inversiones internacionales han ido girando progresivamente hacia una práctica de monitoreo, generación de información, evidencia y articulación de sistemas que permitan ubicar las diferentes cadenas dentro del concepto mundial de DFC (Cadenas Libres de Deforestación, por su sigla en inglés), para acceder a los más importantes mercados mundiales, cuya demanda hoy se convierte en un poderoso factor de ordenamiento productivo y ambiental en el mundo.
Estando en una reunión con los principales gestores de información y análisis sobre DFC reunidos esta semana en Noruega, pude constatar cuántos avances hay hoy en el área tropical del mundo, así como los cuellos de botella, casi todos ellos relacionados con la dificultad de articular las políticas de financiación del sector agrícola con el ordenamiento territorial, así como con las capacidades de los sectores productivos para contar con información de catastral calidad, y más aún donde los sectores de transformación de alimentos puedan y deban acceder a información oficial y en tiempo real que permita seleccionar proveedores de calidad y con trazabilidad demostrable en todo el conjunto de materias primas utilizadas.
Un gran reto para países que, como Colombia, apenas arrancan en este camino, y donde su seguridad económica está íntimamente amarrada a la capacidad para hacer una transición de sectores productivos que deberán articular información ambiental, catastral, de movilidad de productos y de ordenamiento. Y también cuyos gobiernos puedan tener claridad sobre la inconveniencia de los estímulos perversos de financiación que hay sobre la ampliación de la frontera agropecuaria (y, de paso, el ‘lavado’ proveniente de la minería ilegal y el narcotráfico), donde la información con esa opacidad tendrá que transparentarse en su entrada al mercado global, sí o sí.
El desarrollo del ‘súper Niño’ ha sido avisado por todas las formas posibles, y será un marco de bienvenida al gobierno entrante en Colombia; también, las expectativas de crecimiento de sectores agrícolas y minero-energéticos se verán en medio de una demanda mundial creciente, mientras los eventos climáticos extremos pondrán a prueba la capacidad de ponderar el apetito del crecimiento económico con la adaptación climática que requerimos para tener viabilidad como país, en este siglo de sino ardiente.
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