
Muchos sectores han destacado los discursos conciliadores de Abelardo de la Espriella y de Iván Cepeda tras la segunda vuelta de la elección presidencial que, con una apretada diferencia -de menos de un punto porcentual-, le dio el triunfo al primero el pasado domingo. Los dos, sin embargo, trazaron líneas rojas que nos dejan frente a una gran incertidumbre sobre la proyectada paz política. Y también sobre el futuro.
Lo que nos espera es más que incierto. Particularmente, por la demoledora certeza de que Colombia está literalmente partida por la mitad, como lo demostraron los resultados electorales con los que De la Espriella ganó la Presidencia de Colombia por una escasa diferencia de 250.830 votos. Obtuvo el 49,66 por ciento (12.959.542 votos); y Cepeda, el 48,70 por ciento (12.708.712 votos), según el 99,99 por ciento de las actas contabilizadas.
Es cierto que el presidente electo no mostró revanchismo en su discurso. Prometió gobernar para todos, incluida la mitad del país que no votó por él, y dar garantías a la oposición. Sin embargo, a la señal de paz le sumó advertencias. Por ejemplo: “Petro y Cepeda, absténganse de desatar un incendio social. Aquí no va a haber tercera vuelta en las calles".
También Cepeda, quien encabezará desde el Congreso la oposición al gobierno entre agosto del 2026 y agosto del 2030, dijo estar dispuesto al diálogo. Pero afirmó que no permitirá que “retrocedan las conquistas sociales” del saliente gobierno de izquierda, encabezado por Gustavo Petro.
Lamentablemente, es muy frágil la paz política que transmitieron en sus discursos De la Espriella y Cepeda en la noche del domingo 21. El lunes, incluso, el candidato izquierdista reprochó la “ambigüedad” del mensaje de su contrincante en la campaña electoral.
Es claro que, a pesar de las palabras conciliadoras, siguen gravitando hechos y desconfianzas mutuas que podrían detonar en confrontaciones futuras.
Aunque en entrevistas previas a la segunda vuelta presidencial De la Espriella prometió no reversar beneficios sociales, ya como presidente electo fue explícito en que está recibiendo una “Nación dividida, endeudada”, en que no iba a “prometer milagros” y en que se “requieren sacrificios”.
No hay que olvidar que De la Espriella tuvo como una de sus banderas electorales la reducción del tamaño del Estado, y cada recorte podría convertirse en un detonante de la movilización social de una buena parte de los 12 millones de colombianos que votaron por el proyecto de izquierda que representa Cepeda.
Sobre los futuros recortes, el dato más concreto que dio De la Espriella fue su intención de desmontar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), institución nacida del acuerdo de paz con las Farc en la que víctimas del conflicto armado con esa guerrilla han podido encarar a sus victimarios y han obtenido verdades que buscaron durante muchos años.
Si bien De la Espriella necesita el apoyo del Congreso para una eventual eliminación de la JEP, porque desmontarla implica una reforma constitucional, solo el intento provocará, como es predecible, un terremoto político. La bancada del Pacto Histórico en el legislativo, que sí apoya la JEP, no es mayoría, pero sí es la más numerosa y tendría capacidad para bloquear ese tipo de iniciativas, si suma a otras fuerzas políticas de centroizquierda.
Otra oferta manifiesta y polémica que hizo De la Espriella en campaña fue la de retirar a Colombia de organismos multilaterales como la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
No hay que ser imaginativo para visualizar la inconformidad que el cumplimiento de esta promesa provocaría entre quienes no votaron por el presidente electo.
Y hay más leña para el fuego que hoy parece apagado: el alineamiento explícito del próximo gobierno con la mano dura de Donald Trump en el combate a las drogas, que pasa, según ha dicho el mismo De la Espriella, por darle prioridad a la fumigación de los cultivos de hoja de coca por encima de la sustitución voluntaria de esos cultivos ilícitos.
Es seguro que el combustible para avivar inconformismo con decisiones como esta no vendrá de la oposición institucional que encabezará Cepeda desde el Congreso, pues es bien conocida su lógica reflexiva, serena y respetuosa de las leyes.
Pero cabe pensar que el combustible puede provenir de una oposición paralela: la de Gustavo Petro en la calle y enviado mensajes por su cuenta de X. La lógica del mandatario, quien dejará el cargo el próximo 7 de agosto, es distinta: es impulsiva, desafiante de la institucionalidad y proclive al verbo incendiario que caldea ánimos.
La elección del domingo solo resolvió quién presidirá a Colombia en los próximos cuatro años, pero un presidente con menos del 50 por ciento de la votación y una diferencia de menos de un punto porcentual con el otro finalista de la segunda vuelta no tiene el capital político para hacer cambios profundos sin negociar con la otra parte del país.
De la Espriella no tiene el margen de maniobra suficiente para cumplir a rajatabla muchas de sus estruendosas promesas electorales y para “reconstruir “el país, como llama él a lo que se propone cambiar. Y esta realidad genera muchas interrogantes sobre la viabilidad de la reconciliación política que asomó sin demasiado entusiasmo por una rendija el domingo en la noche.
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