
Las políticas de cultura, o mejor, de las culturas, son un terreno en disputa. De un lado está el capital que todo lo que toca lo convierte en mercancía. Y, del otro, están las culturas que emergen en todos los rincones del país. No existe un solo lugar, un barrio, un municipio, una vereda donde no haya expresiones culturales.
El deber de los gobiernos es, en primer lugar, reconocer las culturas, las artes y los saberes, preservarlas, ponerlas en contacto, propender por su desarrollo, y garantizar las culturas para todos como un derecho inalienable. Los derechos humanos son económicos, sociales y culturales y son indivisibles
En la Constitución del 91 se logró que quedara en letra de molde la Cultura como fundamento de la nación. Es que una sociedad se funda y se transforma de manera constante desde y con unas culturas y un territorio. Eso somos, un país con una diversidad cultural enorme y con un territorio privilegiado con una biodiversidad asombrosa. Somos cultura y somos territorio.
En Colombia la institucionalidad de las culturas es relativamente reciente. Se remonta a los años 60s con la creación de Colcultura y en 1.997, en el gobierno del presidente Samper, gracias a la Ley que promovió Manuel Cepeda, se creó el Ministerio de Cultura, hoy de las Culturas, las Artes y los Saberes.
Estamos a las puertas de que se instale un nuevo gobierno, el del señor De la Espriella. Y no deja de ser paradójico que, aparte de todas las desproporcionadas propuestas y amenazas, lo primero que aparece en letra escrita por parte de su gobierno, es un texto sobre las políticas de cultura.
Y de nuevo emerge de manera unilateral uno de los sujetos de la disputa, un gobierno que toma partido y quiere convertir las artes y los saberes en mercancías y a los creadores y creadoras en emprendedores.
Esta discusión ya la habíamos tenido en el gobierno del presidente Duque con la famosa Economía Naranja. Que quede claro, como dijimos entonces, que no negamos para nada la existencia de las industrias culturales que existen y deben ser reguladas por el Estado. Hay ejemplos importantes que emergieron de esa discusión como la Ley del Espectáculo Público (LEP), mediante la cual los grandes espectáculos empresariales deben dejar un porcentaje convertido en parafiscal que va con destino a las infraestructura de centros culturales y teatros alternativos.
Hoy en día, gracias a esa ley, la mayoría de las salas independientes tienen iluminación y silletería nueva, algunos grupos han podido adquirir salas propias y, otros, adecuarlas en beneficio de los miles y miles de espectadores que asisten a las funciones de teatro, música y danza en las 250 salas independientes de teatro del país.
Existen algunas artes que por su carácter y sus costos son empresariales como el cine y la televisión. Es deber del Estado apoyarlas y regularlas para que las artes, sin desmedro de la libertad de creación, hagan parte de sus contenidos.
Pero por el otro lado existen miles y miles de personas y grupos dedicados a las culturas, las artes y los saberes, centenares las fiestas populares regionales y locales.
Por fortuna existen las convocatorias y la concertación que no es otra cosa que el diálogo histórico entre la institucionalidad y los artistas independientes. Gracias a la concertación y a las mesas de trabajo se han logrado, no sin debate, muchas políticas y programas.
La concertación y las convocatorias no son para que las entidades y/o las personas vivan de ella. Es un estímulo necesario, un apoyo. Gracias a ellas han emergido muchos nuevos artistas. Y quienes se dedican a las artes de manera permanente reciben un apoyo que deben devolver a la sociedad en funciones y talleres. Es un estímulo multiplicador, una inversión en cultura que, a su vez, genera cultura.
En este gobierno que termina, además del incremento presupuestal muy significativo en educación y cultura, se logró crear un instrumento que posibilita la relación orgánica entre los ministerios de Educación y de Culturas como es el SINEFAC, Sistema de Formación y Educación Artística, y se crearon leyes como Artes al Aula que están posibilitando que todos los niños y jóvenes accedan a la formación artística desde edades tempranas. Es una inversión en la creatividad y la sensibilidad de los niños y jóvenes. El niño o niña que aprenda a manejar un instrumento, no querrá nunca manejar un fusil.
Se le cambió el nombre al Ministerio de Cultura para que se incluyeran los saberes de las comunidades indígenas afrodescendientes y de organizaciones sociales y se dio un salto enorme en la necesidad de convertir los patrimonios materiales e inmateriales en memoria viva. Se desarrollaron decenas de programas cultuales con las víctimas del conflicto. Y se instauró la necesidad de estimular y mantener la equidad de género en los proyectos y programas.
Se comenzó a desarrollar la Cultura de Paz, que no es otra cosa que contribuir a transformar los imaginarios de guerra y de violencia en imaginarios de Paz. Y otorgarle a la Paz la Dimensión Cultural.
Se priorizó la atención a las regiones reconociendo y visibilizando la enorme riqueza y diversidad cultural que las compone y las integra.
El texto del gobierno del señor De la Espriella, plantea anular las convocatorias con el pretexto de que estas lo que han hecho es repartir la pobreza. Qué equivocados están. De lo que se ha tratado es de reconocer y repartir la cultura que es una riqueza inconmensurable.
Señor De la Espriella y señores nombrados para el empalme, no se equivoquen. La Cultura tiene que ver con los modos de ser, de pensar y de decidir de las sociedades y las personas. No es solo un asunto político, es el asunto político por excelencia porque tiene que ver con lo que somos en el territorio, en el mundo y en la época.
Hay un largo camino recorrido y muchas obras tangibles e intangibles construidas. Existen cientos de bibliotecas, museos, centenares de orquestas y de grupos de teatro y de danza, centenares de fiestas populares y miles y miles de grupos de jóvenes grafiteros que cantan rap y champeta.
No intenten reducir la cultura a los negocios. La cultura es el alma de la nación. Es la que nos da el sentido profundo de pertenencia y soberanía. Es la memoria y la esperanza. Es lo que nos sostiene.
Señor De la Espriella, la Cultura es el alma de la nación, y no está en venta.
* Dramaturga. Directora del Teatro La Candelaria
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