
Durante décadas, la izquierda colombiana construyó, con inteligencia, persistencia y un enorme costo humano, una auténtica vocación de poder. Hizo oposición cuando hacerlo implicaba riesgos tremendos y en un país donde los partidos tradicionales, ganaran o perdieran, terminaban arropados con la misma cobija.
Hace cuatro años la izquierda llegó al gobierno, en un corto verano. Hoy regresa a la oposición. Aunque perdió la Presidencia, no salió derrotada en los términos que habrían querido sus adversarios. Aumentó su caudal electoral y se consolidó como la principal fuerza política en el país, con fuerza en el Congreso y en la calle. Su opción de volver al poder es alta, y por eso el nuevo Gobierno se prepara para destruirla moralmente.
La autoridad moral de la izquierda ha descansado sobre tres pilares: haber sido la principal víctima de la violencia política, representar un ideario solidario y humanista, y su talante democrático. Pero ninguna corriente política está hecha de seres superiores. Hay personas íntegras y oportunistas, generosas y mezquinas, progresistas y profundamente conservadoras. La verdadera fortaleza de la izquierda no ha sido nunca su supuesta superioridad moral, sino una tradición de pensamiento crítico capaz de revisar sus propios errores y corregirlos.
Este es el momento hacer el balance y ejercer una autocrítica honesta antes de que otros demuelan su legado. La izquierda de los 12,7 millones de votos carga con cuatro años de gobierno con reformas que hay que defender a capa y espada; pero también con errores imposibles de eludir. La oposición que comienza no es la misma que se ejercía cuando no se conocían las responsabilidades de gobernar, ni sus limitaciones. Debe ser más sobria, más reflexiva, más madura y mucho más efectiva.
Iván Cepeda ha asumido la responsabilidad por los resultados, un gesto valioso, aunque insuficiente. Su apuesta por una campaña austera y distante del espectáculo fue coherente con sus convicciones. Sin embargo, también cabe preguntarse si una estrategia de comunicación más abierta y unos recursos mejor invertidos habrían permitido conquistar el estrecho margen que faltó. Estaba mucho en juego.
Claro que reducir la derrota a la campaña sería un error. Muchos ciudadanos votaron haciendo un balance del Gobierno Petro. Varias de sus políticas nacieron de diagnósticos acertados, pero no lograron convencer a una mayoría de que su vida cotidiana estaba mejorando. La percepción de deterioro del sistema de salud fue devastadora para miles de colombianos. En seguridad tampoco logró consolidarse una estrategia clara. La prueba es que el país queda con un millón de víctimas adicionales. La Paz Total deja como lección que las grandes expectativas son armas de doble filo.
Los escándalos de corrupción erosionaron lentamente la confianza en el proyecto progresista. Más dañinos que los escándalos fueron los silencios y la ausencia de correctivos ejemplares. Petro terminó gobernando, en demasiadas ocasiones, con las mismas prácticas clientelistas que prometió desmontar y con rasgos nepóticos impresentables. Fue allí donde la izquierda comenzó a perder una parte esencial de su autoridad.
A ello se sumó un problema de liderazgo. Petro posee una imaginación política excepcional y una capacidad poco común para abrir debates públicos, pero esa virtud convivió con un estilo de gobierno errático y áspero con los aliados. Ejemplo de ello fue la relación con el centro político, primero acogido como parte del proyecto y luego expulsado como responsable de los fracasos.
En un plano más sociológico, la izquierda consiguió instalar la desigualdad en el centro del debate nacional y dar voz a sectores históricamente excluidos. Sin embargo, no logró construir un relato convincente para quienes desean prosperar, emprender y mejorar sus condiciones de vida. Igualdad y prosperidad no deberían ser valores enfrentados.
Todo esto ocurrió mientras la derecha internacional perfeccionaba una narrativa capaz de convertir a la izquierda en un nuevo basilisco, mezcla de comunismo y criminales. Esa estrategia es la mascarada del neocolonialismo ha sido eficaz en toda América Latina. Pero sería un error descargar en ella todas las explicaciones de la derrota.
La corriente que gobernará desde agosto buscará desmontar buena parte del legado reformista, no tanto con argumentos técnicos sino morales. Como se nota ya en el empalme, usará el lenguaje religioso para satanizar y demonizar la herencia de Petro. El bien contra el mal, la catástrofe contra el renacimiento. Su narrativa no es otra que la refundación de la patria, en la que están empeñados desde hace un cuarto de siglo.
Por esa misma razón, el llamado de Iván Cepeda a la desobediencia civil, aunque tiene una carga ética defendible, es inoportuno y apresurado. La izquierda perdió. Reconocerlo es una condición para seguir defendiendo la democracia con la frente en alto. El debate sobre su nacionalidad y la lealtad a la patria colombiana deberá abordarlo el Congreso que se instala en pocos días, y en el cual Cepeda tendrá un papel preponderante.
La izquierda debe presentar un balance sincero de la experiencia de gobierno antes de que sus adversarios, montados en el Arca de Noé, la escriban a su antojo. Presentar una agenda legislativa que le haga contrapeso a la contrarreforma en marcha. Tender puentes con otros sectores democráticos para lograr el soñado acuerdo nacional, con base popular, en defensa de los derechos y la paz. Y sobre todo prepararse para la disputa por el poder local el próximo año, que ya se prevé como el escenario más complejo.
Si la izquierda quiere volver al poder tendrá que demostrar su talante democrático irreductible. Proteger su autoridad moral y su legado progresista será la batalla política más importante de los años por venir.
Posdata: Gustavo Gallón hará mucha falta en estos años donde los derechos humanos corren peligro. Gratitud por su vida, su trabajo y su compromiso para sacarnos de la barbarie. Paz en su tumba.
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