
A principios del siglo XX, la Amazonía colombiana era un territorio en disputa, principalmente en el interfluvio Caquetá Putumayo, donde los coletazos de la esclavitud cauchera aún se sentían profundamente. La tristemente famosa Peruvian Amazon Company, alias’La Casa Arana’, había masacrado miles de indígenas esclavizados, a los que obligaban a ordeñar árboles de caucho por todos esos ríos, y aquellos que se resistían eran cazados como presas, y a los rebeldes ejecutados con penas “ejemplares”. Curiosamente, ese modelo se empieza a derrumbar no sólo por la creciente competencia de las plantaciones de caucho en Asia, sino por la investigación de Roger Casement, diplomático británico que denuncia las atrocidades que se daban en la selva, y que fue magistralmente descrito en la novela El sueño del celta, de Vargas Llosa. Los Arana habían contratado a Eugenio Robuchon, científico francés, para que elaborara un informe con todas las oportunidades económicas que representaban los territorios entre el Putumayo y el Caquetá. Robuchon no alcanza a publicar (1907) un importante avance de su travesía desde Iquitos, por el Amazonas, para luego subir desde la desembocadura del Putumayo hasta el Igara Paraná, en Chorrera cruzar por trocha hasta el Caquetá, en Araracuara, y bajar hasta las bocas del Cahuinarí, donde decide internarse en ese territorio, con su temido perro Otelo, para nunca más aparecer ni él ni su temido mastín. La fiebre del caucho, previa a la Segunda Guerra Mundial, había generado una explosión de investigadores que desde diferentes países veían en la Amazonía una fuente enorme de recursos y conocimientos provenientes de culturas indígenas diferenciadas entre si, y con profundo manejo del territorio. Las descripciones que hacen Thomas Whiffen, para los ingleses, y Koch Grumberg para Alemania, son ejemplos del extraordinario nivel de detalle y conocimiento que se generó en aquella época, que infortunadamente nuestro país no logro recoger, conectar y desarrollar como correspondería a una nación con visión de largo plazo.
Posteriormente viene la guerra con el Perú, donde estos territorios quedan oficialmente bajo el dominio colombiano, pero con un enorme impacto para pueblos indígenas sobrevivientes, pues además de la fragmentación que había generado la esclavitud cauchera, un grupo enorme de tribus completas fueron llevadas a territorio peruano, como es el caso de las tribus Murui del Igara Paraná, que fueron trasladadas al rio Ampiyacu, en el Perú, y que recién empiezan a reconectarse con sus ancestros un siglo después. Lo mismo ocurre con tribus como la de los Cocama, Ocaina, Bora y Tikuna, que entre el ocaso cauchero y la guerra quedan partidas por decisores económicos y militares que pretendían usarlas como base social para sus intereses.
Una vez acabada la guerra, viene la terrible decisión del Gobierno colombiano de construir una cárcel de máxima seguridad en Araracuara, en donde además de “recluirlos en el infierno de la selva”, se planteó desarrollar una colonia agrícola donde los penados transformaran esa “selvas improductivas” en cultivos. Obvio, nunca se consideró el impacto de meter una cárcel de máxima seguridad en un territorio indígena, con tremendas implicaciones socioculturales, y donde una cultura de enorme conocimiento y sofisticación en el manejo de la selva fue puesta en contacto con las expresiones más violentas, rudimentarias y pobres culturalmente de ‘occidente’, como es su sistema carcelario.

Por allá en los años 70, cuando se ordena el cierre de la colonia penal (1937-1971), empieza un periodo donde hubo una transición, pues se determina que el terreno ocupado debería ser reorientado hacia la búsqueda de alternativas para el desarrollo de la Amazonía colombiana, que empieza con el proyecto Proradam, que marca el desarrollo de la primera cartografía detallada y unificada para Colombia de toda la Amazonía en suelos, geología, vegetación y aguas, generando un hito histórico para el pais. Como traída por la fuerza espiritual de los chamanes y pensadores de las malocas de entonces, se abre una oportunidad para la región a través del programa de cooperación entre Colombia y Holanda -con la Universidad de Wagenigen-, gestionado durante el Gobierno de Alfonso Lopez. En las siguientes tres décadas, un enorme grupo de investigadores llegó a Araracuara, y desde todas las disciplinas fue construyendo lo que hoy es gran parte del conocimiento acumulado que posee el pais sobre esa parte de la Amazonía.
Sin embargo, los “dueños espirituales” de Araracuara, uno de los sitios más importantes para el chamanismo amazónico, y por donde pasan todos los pensadores en su viaje de “curación del mundo” durante el ritual del mambeo, evidenciaban que había un desequilibrio que acrecentaba con graves consecuencias. Empezando el siglo XXI, las antiguas Farc estaban en toda su expansión, y empezaron a colonizar el territorio, empezando el impulso a la extracción de oro con balsas de mineros que traían desde el piedemonte e inundaban todos los ríos. Al mismo tiempo se metían a las malocas, a las casas, a las camas, y los jóvenes indígenas se convertían en buzos, “pesquisadores”, cocineros y, de paso, militantes. La investigación científica se fue diluyendo, las instalaciones fueron siendo devoradas por la selva y por los conflictos entre la nueva generación de “dirigentes indígenas” y la institucionalidad, y hoy solo queda una ruina tenebrosa donde antes floreció la ciencia.
Dos décadas después, y una luego del acuerdo de paz de 2016, el mercado internacional de países y empresas consumidoras “sin traza de responsabilidad” del oro -y otros minerales, según parece-, de la coca y de la marihuana arrasan este territorio (otra vez, como hace un siglo, con persecución, muerte, desplazamiento y reclutamiento forzado y sumisión general), donde se concentran todos los parques nacionales más importantes de la región y los resguardos indígenas más grandes y bien conservados del país, que constituyen la matriz principal de bosques de la que dependen los ríos voladores que alimentan las ciudades del interior del país, y que no saben “de dónde viene el agua” más allá del grifo, o del “embalse”.
Un siglo de historia podría permitir tomar decisiones de Estado donde la necesidad de generar información para proteger la seguridad climática nacional debe ser una prioridad. Y por lo tanto la recuperación de Araracuara como centro piloto de investigación nacional e internacional debe ser un propósito prioritario para el Gobierno nacional, la comunidad internacional y la sociedad civil organizada. Esto es lo que constituye un activo estratégico de seguridad nacional, así para algunos sea preferible ver cómo el esclavismo del siglo XXI acaba con nuestro patrimonio natural y cultural. No vaya y sea que otros países tengan la excusa perfecta para meterse a “salvar el patrimonio de la humanidad”.
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